Tántalo, el poeta desesperado

por Gilberto Santaolalla

Tántalo, el poeta desesperado

Introducción

Tántalo, el poeta desesperado. Los mitos son modelos narrativos que dan significado a nuestra existencia, ofreciendo sentido a un mundo que no lo tiene. Existen una serie de mitos predominantes que surgen de nuestro carácter como seres humanos. Sin embargo, bajo la actual crisis social, nuestros mitos han dejado de cumplir su función de dar sentido a nuestra existencia, Rollo May diría: “los mitos predominantes ya no se ajustan a las diferentes circunstancias del hombre, pues la frustración se expresa mediante su destrucción y la búsqueda solitaria de la identidad interna.” La forma de tales mitos puede variar, pero su necesidad estará siempre presente.

      Realizaré en este ensayo una revaloración filosófica acerca del mito griego de Tántalo, a la luz de dos conceptos: La poesía de Hölderlin vista desde la perspectiva de Martin Heidegger y el concepto de desesperación de Søren Kierkegaard, buscando despertar la comprensión de las cuestiones últimas de la existencia humana y su aplicación a nuestra época.

Acto I. Tántalo

Esposo de Eurianasa y padre de Pélope, Níobe y Bróteas. Amigo íntimo de Zeus, fue invitado a los banquetes olímpicos. Tántalo delató los secretos de Zeus y robó los alimentos divinos para compartirlos con los mortales. Antes de que este crimen fuese descubierto, cometió uno peor. Un día, Tántalo invitó a los dioses a un festín en su casa y se dio cuenta de que la comida que tenía no era suficiente, por lo que decidió cortar en pedazos a su hijo Pélope, añadiéndolo al cocido. Todos los dioses reconocieron lo que tenía el guiso y se retiraron horrorizados.

Acto II. Tántalo poeta

 “Pleno de méritos, pero es poéticamente como el hombre habita esta tierra”.

Friedrich Hölderlin

Zeus desquiciado ruge por Tántalo.

      Afirma Heidegger que la esencia de la poesía es crear un lenguaje, siendo éste el más inocente pero también el más peligroso de los bienes que se les han dado a los hombres, pues “con él crea y destruye“, y por ende, manifesta su ser.

      A partir del lenguaje, el hombre muestra su pertenencia a la tierra, lo que lo hace ser el heredero y aprendiz de todas las cosas. Aquí es que el “poeta endemoniado” [1] aprehende todo a su alcance y se mantiene vinculado a una aspiración más alta; es un canal que se nutre de la fuente (los dioses) y alimenta al fin (los hombres). En este sentido dirá Heidegger que “el ser testimonio de la pertenencia al ente en totalidad acontece como historia”. Es decir, que aquel vinculado a lo alto (el poeta) es testigo de algo, y ese “algo” es historia sólo si es compartida, si es común para los hombres. Los dioses han dado al hombre el habla y así puede dialogar. Sólo en el diálogo es que existe la posibilidad de apropiarnos de nuestra historia.La posibilidad se mantiene siempre que el habla sea diálogo, que sea el medio para llegar al otro. El habla es de nuestra propiedad, es nuestra manera de compartir pensamientos, experiencias y sentimientos. De aquí que el habla permita el diálogo y, por lo tanto, nos permita ser históricos, ser en los otros.

      Imagino a Tántalo orgulloso de sí, codeándose entre los dioses, apreciándose como uno más de ellos, compartiendo los alimentos, escuchando las discusiones, viviendo los dilemas y temiendo la furia. El estómago debe de volcársele por saber que no hay marcha atrás, que su velo ha desaparecido, que la belleza y la crudeza de la existencia son uno solo.

      Sin embargo, todo lo anterior pasa a un segundo plano cuando un pensamiento llega a él, tanta dicha debe de ser compartida, lo consume la idea de morir siendo el único en haber contemplado la gracia. Tántalo sabe que debe compartir esto con sus similares. Y es aquí cuando decide delatar los secretos de Zeus, dando la ambrosía a la humanidad; cuando el pensamiento se rebela en habla, convirtiéndose en diálogo; cuando decide para sí, por la humanidad. Tántalo sabe sobre el castigo (ha sido testigo de la ira), pero al mismo tiempo sabe que es la única manera de crear historia, de permanecer, de habitar su existencia.

      Tántalo es humano y busca resarcirse. Hay confusión. Tántalo es dilema, los dioses o la humanidad. El manto divino le nubla, “debe” aún agradar a los dioses. Es un hombre ético [2]. Elige a los dioses. Decide sacrificar su propia carne (Pélope). Erra ante los ojos de Zeus. No hay salvación. Es condenado al Tártaro.

Acto III. Tántalo desesperado

Se abre el telón. Escenario de grises y marrones. Reina la pesadumbre y lo estático. Estamos en el Tártaro. Un viejo árbol se yergue a tres cuartas partes del escenario. Lo bello y robusto que es pone en duda su vejez. Moran en él gran variedad de frutos, capturados eternamente en el esplendor de su madurez, brillantes y de texturas delicadas y perfectas. De entre los frutos se distingue una gruesa cuerda. De ésta pende un cuerpo atado por la cadera a una gruesa rama. Es un hombre. El vasto pantano cubre sus piernas y cadera. Su cuerpo flácido y resignado en apariencia. El Tártaro es atemporal, eterno a los ojos del hombre y un instante para el capricho de los dioses. Este es el castigo de Tántalo, todo al alcance de su voluntad, pero lejano ante el intento de apoderarse de algún fruto o del espeso líquido del pantano. No sacia su envión.

      Me imagino a Tántalo recordando aquella decisión: elegir a los dioses o la humanidad. Ya no es más un esteta, pues decide. Y sabe que no es una elección única (todo lo contrario) pues cada día la ratificará y con ella se elegirá, y elegirá también a los hombres.

      Pienso en la angustia experimentada por Tántalo. Condenado a elegir eternamente por la humanidad, condenado a ser libre. Tántalo ha elegido habitar sus fantasías, hacer de la verdad de los dioses una vivencia y no sólo un pensamiento romántico y esperanzador. Surge el diálogo entre Tántalo y sus amigos, y así también la historia del hombre.

      Veo nuevamente a aquel cuerpo colgando del árbol. Tántalo debe de estar agotado. Agotado de angustia, pues en todo momento es síntesis, polaridad. Y en este sentido es que Tántalo esta en el proceso de llegar a ser en todo momento. Agotado sí, mas no resignado.

      Tántalo se rebela a un estado, quiere dejar de ser aquello que le han dicho los dioses que es y cree de sí mismo: el condenado a la insatisfacción, el asesino de su carne. Se elige, se rebela, lucha por apropiarse de su existencia y rechaza el castigo absurdo. En éste sentido desespera de sí mismo, quiere deshacerse de ese yo que le imponen, de lo que es y deja de ser a cada momento. Tántalo desea desprenderse de su yo, del yo que es, para devenir un yo de su propia invención, ser una elección de su elección, es decir, Tántalo elige elegirse.

      Pero diría Kierkegaard: “En primer término viene la desesperación de lo temporal […] luego la desesperación de sí mismo en cuan­to a la eternidad. Después llega el desafío…la desesperación gracias a la eternidad”. ¿Y cuál es éste desafío para Tántalo? Los primeros días, lo carnal; buscará una y otra vez alcanzar los frutos del árbol y contener el agua en sus manos, y las mismas veces verá retroceder la satisfacción ante su voluntad. Impaciente se quejará de su condición. Maldecirá el día que tuvo que elegirse. Se preguntará una y otra vez la razón de su castigo, buscará una causa, y una y otra vez encontrará argumentos laberínticos, de intrincada complejidad y vacías razones. Y sobre su cabeza la perfección de Zeus lo baña de temor. Veo a Hölderlin susurrando a su oído: “Poco nos conocemos a nosotros mismos, pues llevamos dentro un dios que nos domina”.

      Estará en éstos tres movimientos rutinariamente. Algunos días más en lo físico, otros en la razón y las más de las veces en el temor. Habrá demencia y asombro, y la nada al final del día, los mismos cuestionamientos atormentándolo. Su satisfacción y conclusiones se desvanecerán como el atardecer. De ésta manera Tántalo permanecerá preso de sí mismo, del tejido intelectual, de lo artificioso y de lo planeado: es un condenado.

      Pero llega la remembranza. No hay capítulos, ni épocas, simplemente un ser, su historia condensada. Los años del placer, los tiempos draconianos, las preguntas incesantes, la obscuridad desoladora, la rebeldía del inconforme, todo está ahí, tan densamente presente que olvida su castigo. Tántalo se hace consciente de su Yo infinito. La fuerza primitiva vuelve a su origen. No siempre hay explicaciones, ni razones, ni sentido en este mundo. Es un momento de liberación para Tántalo. Se le ve arrancado de sí. Su desafío es ahora rebelión consumada. Ahora su castigo le pertenece. Su estadía en el Tártaro es una ratificación de su libertad.

      Tántalo es testigo de la elección por el hombre, del heroísmo, de la humanidad. Su rebeldía deja ver y da existencia a los dioses mismos.

Acto IV. Tántalo siglo XXI

¿Cómo daría la bienvenida nuestra sociedad a Tántalo? Le desataría del árbol. Lavaría su cuerpo y le acostaría (por horas) en un reposet alineado a un televisor. Se escucharía al fondo: ¡Un Combo Triple con papas y refresco grandes para el heleno! Aprendería sobre la sociedad del espectáculo, sobre su “democracia” y su “libertad”, sobre la negación del malestar y la tristeza. La vida como sinónimo de acumulación, y acaso también filosofía para morir.

      Me imagino a Tántalo desorbitado, desilusionado por el camino construido por la humanidad. Sus dilemas han sido desechados, el hombre ha elegido obedecer.

      ¿Qué hemos hecho para fundirnos los unos con los otros en una pangea de intenciones, esperanzas y actitudes? Es cómodo ser uno más. Se nos dice qué pensar y hacer, y nos limitamos a obedecer. Verdades construidas a partir de los intereses de unos pocos. Y aún y cuando somos conscientes del espejismo, se nos suministra dosificadamente los placebos que necesitamos, tomándolos entre nuestros dedos y tragándolos con dolor. Somos “uno mismo”, pero no por la cercanía e interés por dialogar y acompañar al otro, todo lo contrario, “uno mismo” en replicar valores, emociones y actitudes. No hay desesperación, ese movimiento auténtico que surge cuando nuestra angustia es grande, cuando sentimos aprisionado nuestro corazón, cuando tenemos ganas de volver el estómago, abandonados y arrojados hacia lo único seguro en esta vida: la muerte. Hemos dejado de elegir por nosotros. Hemos dado la espalda a la tragedia.

      Soy Tántalo, protagonista de mi existencia. Sin desesperación no hay consciencia. Me decido por los hombres. Tengo el valor para existir endemoniadamente: creador, atormentado, descontento, apasionado, listo para consumirme en el abismo.

Bibliografía

  • Graves, R. (2008). Los mitos griegos. España: Ariel.
  • Heidegger, M. (2004). Arte y Poesía. México: FCE.
  • Jamme, C. (1999). Introducción a la filosofía del mito. España: Paidós.
  • Kierkegaard, S. (1998). Tratado de la desesperación. México: Gradifco.
  • Martínez, Y. (2009). Filosofía Existencial para terapeutas y uno que otro curioso. México: LAG Ediciones.
  • May, R. (1992). La necesidad del mito. España: Paidós.
  • Zweig, S. (2005). La lucha contra el demonio (Hölderlin – Kleist – Nietzsche). España: Acantilado.

[1] “… Llamo demoníaca a esa inquietud innata, y esencial a todo hombre, que lo separa de sí mismo y lo arrastra hacia lo infinito hacia lo elemental… fermento atormentador y convulso que empuja al ser, por lo demás tranquilo, hacia todo lo peligroso… y hasta a la anulación de sí mismo… Pero en todo hombre superior, y más especialmente si es de espíritu creador, se encuentra una inquietud que le hace marchar siempre hacia adelante, descontento de su trabajo”. (Zweig, 2005)

[2] “Si lo estético se centra en el cuerpo, el estadio ético se encuentra centrado en la psique o mente, se dirige hacia el interior. Se encuentra ligado a deberes y reglas, pero a aquellas que se encuentra internalizadas. La libertad está limitada por lo social y el individuo suele sentirse en pecado o falla”. (Martínez, 2009)

Por Gilberto Santaolalla

Ciudad de México (1977). Psicoterapeuta con 11 años de práctica. Maestro en Filosofía. Esposo y padre. Entusiasta de la filosofía, la escritura creativa, la carpintería, los oráculos y la fotografía. Aprendiz del fuego.

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