“¿Quién soy?” Judith Butler

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“¿Quién soy?” Judith Butler

¿Quién soy? ¿Cómo me narro aquello que me digo que soy? ¿Cómo narro a otros eso que me narro a partir de lo que me digo que soy?, son preguntas comunes en la Psicoterapia Existencial. Parece haber un abismo entre nosotros; un abismo conocido por todos nosotros: diferentes en la semejanza. Butler plantea una interpretación del reconocimiento hegeliano donde las propias preguntas que surgen de nuestra obscuridad son ya el reconocimiento que hacemos del otro. Reconocer al otro no establece como condición de posibilidad la claridad de uno, de una total coherencia con nosotros mismos, parece bastar para Butler la tolerancia impuesta a nosotros de no esperar tener todas las respuestas para uno con a priori al reconocimiento de la otredad en el rostro ajeno. “El reconocimiento de la propia opacidad o la de otro no la transforma en transparencia.” No hay luz que no surja de una obscuridad y, sin embargo, también hay “cosas” que nunca brotan de ella. Humildad y generosidad ante mí y ante el otro. Nada se cierra, nada se concluye en la cotidianidad misma que tiene la pregunta ¿Quién soy?, no se remata, no se sazona nada; las preguntas quedan abiertas y, en la medida que adoptemos dicha sentencia, la exigencia de certeza deja de ser. Reconocer entonces es aceptar los límites epistémicos que implica “tender a saber” quién es el otro, donde inclusive nosotros mismos podemos ser otro para nosotros mismos. No es un tema de conocimiento, sobre lo que se puede, sino de limitante, sobre lo que no se puede.

Para Hegel, buscamos ser reconocidos pues deseamos ser y para ello persistimos, ¿por qué? Persistimos pues queremos ser reconocidos pues queremos ser. No podemos “terminar” de ser sin el reconocimiento del otro. Parece entonces para Butler que, aquel deseo que nos llevaba a querer ser nosotros termina siendo desplazado por el deseo de querer ser reconocidos.

Reconocer no es sólo “formular y emisión de juicios sobre los otros.” También reconocemos mediante la aprehensión del otro. El juicio moral establece una distancia entre el que enjuicia y el que es enjuiciado, el que hace un juicio moral desde sus valores sobre los actos de otro del cual no tenemos idea de qué y cómo experimenta sus actos (e.g. el individuo que sufre de sus facultades mentales y mata a su familia en un ataque delirante). Para Butler la ética no encuentra identidad con hacer juicios. Los juicios tampoco “puede hacer las veces de teoría del reconocimiento.”

¿Quién eres? Violencia ética cuando no se asume la posibilidad tiránica que implica para alguien “tener” que responder a una pregunta que, dadas sus múltiples respuestas, siempre encontrará una diferencia radical entre lo que se piensa que se es y lo que se puede decir acerca de aquello.

La condena, un tipo de violencia en nombre de la ética, pues se destruye la vida en pro del cumplimiento de un castigo; queda puesto de lado entonces la autonomía, “la capacidad de autorreflexión y reconocimiento social” del condenado.

Damos cuenta de nosotros para otro, aun y cuando este “dar cuenta” sea intrapsíquico (si ese términos hace justicia a nuestra consciencia vivida). El darse cuenta se estructura mediante el lenguaje: nos decimos las cosas, narramos nuestros pensamientos de una manera y no de otra. Se pregunta Butler si, al dar cuenta, establecemos una relación con otro. Cuando me narro, cuando narro mi Yo, esa narración se modifica en función de interlocutor que hace las veces del Tu. Es decir, no es la misma “A” que se narra cuando A à B (A que tiende a hablar a B), que cuando A à C, o inclusive A à A. Las diferentes posibilidades de interacción con diferentes interlocutores modifican aquellos que vamos narrándonos en las diferentes posibilidades, influenciando sin lugar a dudas de diferente manera (y siendo influenciados también) por los diferentes Tu’s. Sobre el papel de las “interrupciones fundamentales”, la sensación de continuidad necesaria y el papel que juega la construcción de relatos, de cara a la fragmentación radical o de una aislamiento paranoico. La narración que nos hacemos de nosotros siempre estará sujeta a “normas”, externalidades, “lo que se dice”, formas impropias. Además, nos contamos a nosotros mismo desde un supuesto origen que recordamos, vamos siendo (históricamente) aquel que va guardando hechos históricos que, bajo la ilusión de establecer verdad, se van repitiendo una y otra vez, quedando en meras fantasías. Los “relatos coherentes”, que en opinión de Butler promueve el psicoanálisis, pueden correr el riesgo de malinterpretar. La trampa del inconsciente, la justificación de lo “aparentemente fuera de mi alcance” pero que me sirve como mecanismo de acumulación de aquellas cosas que, por una u otra razón, decido clasificar como inaccesible, sin agencia mía.

No todo puede ser analizado, ni dicho, ni comprendido… mucho quedará en la obscuridad de lo inefable. La importancia de la relación, siguiendo a Levinás, la ética como primera filosofía. El Yo como conjunto de relaciones y procesos, un devenir, y no una entidad fija, terminada.

Para cerrar esta breve reflexión, cito a la autora: “Considerar que una persona debe rendir cuenta de su vida en forma narrativa puede significar, incluso, exigir la falsificación de esa vida a fin de cumplir el criterio de cierto tipo de ética, una ética que tiende a romper con la relacionalidad.” Pedirle al otro que responda “¿Quién eres?” puede resultar en una violencia ética al ejercer cierta violencia en contra de sí mismo.

Referencia:

Judith Butler, Dar cuenta de sí mismo. Violencia ética y responsabilidad, Tr. Horacio Pons. Buenos Aires: Amorrotu, 1ª edición, 2009.

 

Por Gilberto Santaolalla

Ciudad de México (1977). Psicoterapeuta con 11 años de práctica. Maestro en Filosofía. Esposo y padre. Entusiasta de la filosofía, la escritura creativa, la carpintería, los oráculos y la fotografía. Aprendiz del fuego.

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