Psicoterapia Fenomenológica Existencial: la atención como método

“La mente debe estar vacía, a la espera, sin buscar nada, pero dispuesta a recibir en su verdad desnuda el objeto que va a penetrar en ella.”

Simone Weil

En la página de Fundamentos de la Psicoterapia Fenomenológica Existencial explico, de manera breve, en qué consiste el método fenomenológico existencial. Un ejercicio que pretender poner en pausa —no de negar— el conocimiento previo, para poder centrarnos en la experiencia tal como se presenta.

Pero una página de presentación tiene límites de espacio que un blog no tiene. Así que quiero usar esta entrada para ampliar la idea de que la epoché fenomenológica —esa “puesta en pausa” de nuestros juicios— no es un invento del siglo XX.

¿Por qué hablar de esto justo ahora?

Y quiero ampliarlo, además, sin fingir que esto ocurre en el vacío. Existimos —pacientes y terapeutas— en un momento cultural muy específico: el que Nietzsche diagnosticó hace más de un siglo con su anunciamiento “Dios ha muerto”. No como noticia religiosa, sino como constatación de que el punto fijo desde el cual solíamos medir el bien, la culpa y el sentido de nuestros actos, se ha ido retirando poco a poco al paso de las décadas que nos preceden y, de manera vertiginosa, en los últimos años.

Ya no hay, para la mayoría de quienes llegan a mi consulta, un catálogo heredado que les diga qué hacer con su libertad, ni una cosmología que garantice que el misterio al que se asoman tiene, en efecto, un fondo. El método fenomenológico no resuelve esa orfandad… nada humano lo puede. Pero sí ofrece, creo, una manera honesta de habitarla.

¿Qué es, en el fondo, poner en pausa el juicio?

Husserl llamó a esto epoché: una suspensión momentánea del juicio para poder ver lo que aparece antes de explicarlo. No hace falta ser experto en fenomenología para reconocer el gesto —yo mismo lo practico en consulta sin pretender dominar todo su andamiaje filosófico: antes de nombrar lo que un paciente trae, antes de decidir si es angustia, duelo o algo distinto, intento simplemente mirarlo. No es indiferencia. Es, más bien, una forma de atención que se abstiene de nombrar antes de haber mirado.

Hace ya tiempo escribí sobre los ejercicios espirituales de Askesis y Prosoche en la Antigüedad, retomando a Pierre Hadot. La prosoche —la atención a uno mismo, “vigilancia continua, concentración de uno mismo estando en el presente”— no es tan distinta, en su estructura, de lo que le pido a mi propia atención cuando estoy frente a un paciente.

Los estoicos no tenían el vocabulario de Husserl, pero practicaban algo cercano: mantenerse “despierto” no sólo a lo que hacen, sino a lo que son. Con una diferencia que no quiero pasar por alto: los estoicos ejercían esa vigilancia dentro de un cosmos que aún tenía logos, un orden racional y providente que les garantizaba que lo hallado en esa atención sería, de algún modo, bueno. Nosotros en el siglo XXI, por el contrario, ya no tenemos esa garantía. Practicamos una prosoche desnuda, sin cosmos que la respalde —y quizá por eso mismo, más difícil, más necesaria.


¿Por qué Simone Weil me ayuda a afinar lo que ocurre en la Psicoterapia Fenomenológica Existencial?

Hace poco escribí sobre la atención en Simone Weil, y mientras lo escribía me daba cuenta de que estaba describiendo mi propio quehacer clínico. Weil dice que la atención “consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable al objeto”. Cámbiese “objeto” por “paciente” y se tiene, casi textualmente, la actitud que el método fenomenológico existencial le exige al terapeuta. No se trata de llenar el encuentro terapéutico con lo que ya creo saber sobre la angustia, el duelo o el sentido (por poner algunos ejemplos), sino dejar que el modo particular en que este paciente habita esas categorías se muestre por sí mismo.

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Weil advierte algo que también he tenido que aprender en consulta: que la atención no es esfuerzo muscular, no es fruncir el ceño y concentrarse con fuerza. “La fatiga no tiene ninguna relación con el trabajo”. Un terapeuta que se esfuerza demasiado por entender rápido suele estar, en realidad, proyectando —llenando el vacío con su propia necesidad de tener una respuesta. La Psicoterapia Fenomenológica Existencial (y la atención a la que nos invita Weil) pide lo contrario: tolerar el no saber, permanecer ahí un rato más.

¿Y si no hay nadie al final de la espera?

Hay, no obstante, una honestidad que debo evidenciar. Weil escribe esa “espera de Dios” desde una fe que la mayoría de mis pacientes no comparten, ni yo les pido que compartan. Vivimos, la mayoría, como herederos de la muerte de Dios . Y eso significa que la atención que practicamos en consulta no nos promete que, al final de la espera, algo o alguien vendrá a llenarla. Sostener la atención hoy es, a veces, sostenerla sobre un fondo que quizá no responda. Sin embargo, no por eso deja de valer la pena intentarlo: el misterio no necesita garantía divina para presentarse como incógnita digna de mirarse.


¿Qué tiene que ver <<desaparecer de sí>> con la escucha en la Psicoterapia Fenomenológica Existencial?

David Le Breton apunta una distinción que también resuena aquí: la diferencia entre una fatiga impuesta y una fatiga elegida, entre “borrarse” por agotamiento y “desaparecer” un poco de sí mismo para dejar espacio a lo que llega.

Escuchar fenomenológicamente —sin la prisa de clasificar, interpretar o resolver— exige justamente eso: una impersonalización momentánea y voluntaria del terapeuta, un desdibujarse para que el modo de ser del paciente pueda desplegarse sin la interferencia constante de mis propias categorías.

No es disociarme del encuentro. Es, más bien, lo contrario: una presencia tan cuidadosa que no necesita imponerse.

Y aquí vuelvo a la misma advertencia: mi desaparición, como terapeuta, es elegida. La de muchos de mis pacientes, no. Buena parte de lo que hoy se nombra como “vacío” o “no saber quién soy” no es sólo un síntoma individual, es también el eco de una cultura que ha retirado las identidades ya hechas —el rol, la tradición, el lugar asignado de antemano— sin ofrecer gran cosa a cambio. La cultura Occidental está enferma.

Cuando ese vaciamiento no se elige sino que se padece, la tarea del terapeuta cambia. No se trata de disminuirme a mí mismo para hacer espacio, sino de ofrecer, con mi propia presencia imperfecta, algo del sostén que las referencias perdidas ya no ofrecen.


¿La atención sostenida requiere estar en el mismo lugar para la Psicoterapia Fenomenológica Existencial?

En ocasiones me hacen esta pregunta quienes viven fuera de Ciudad de México, o incluso fuera del país, y se preguntan si un proceso a distancia puede sostener la misma calidad de encuentro que uno presencial.

Weil puede ayudarme a dar respuesta: la atención “no es una especie de esfuerzo muscular”; no depende de la proximidad física de los cuerpos, sino de la calidad de la escucha.

Recibo pacientes de manera presencial en mi consulta en Coyoacán, Ciudad de México, y también acompaño procesos a distancia con personas en otras ciudades de México y del mundo, y lo que he confirmado es que el método fenomenológico existencial no pierde su fuerza por la pantalla que medie el encuentro. Lo que sostiene la terapia no es la geografía compartida, sino la atención compartida.

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Vivimos, además, en una cultura que ya venía desconectada del misterio mucho antes de que existiera la videollamada —una cultura, dirían tanto Nietzsche como Weber después de él, desencantada, vaciada de lo sagrado que antes organizaba la atención comunitaria. En ese paisaje, una hora de escucha sostenida y sin agenda propia —presencial o a distancia— se ha vuelto un bien escaso. Que ese encuentro ocurra a través de una pantalla no lo despoja de su valor; lo que hoy falta no es proximidad física, sino la disposición —cada vez más rara— de prestarle a alguien una atención que no busca nada a cambio.

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¿Qué revela todo esto sobre el extranjero que llevamos dentro?

Hay algo que empieza a asomarse cuando uno practica esta atención con constancia: que el paciente —y con frecuencia también el terapeuta— aparece ante sí mismo como un poco extraño.

Como en el espacio que sostengo desde hace tiempo, Un extranjero en tu casa por una noche, la fenomenología nos recuerda que no somos del todo transparentes a nosotros mismos: que hay zonas de nuestro propio ser-en-el-mundo-con-otros que sólo se iluminan cuando alguien más (con atención sostenida, sin prisa por explicarlas) nos acompaña a mirarlas.

Esta extrañeza, sospecho, se ha agudizado en nuestra época y no es casualidad. Cuando existían referencias morales y cosmológicas compartidas, uno podía no saber quién era del todo, pero al menos sabía qué se esperaba de él, qué lugar ocupaba en un orden más amplio. Retirado ese orden, cada uno queda a solas con la tarea (nada pequeña y mucho menos despreciable) de construir sus propios valores sin que nadie externo autorice.

Ejercer la libertad en esas condiciones no es liviano. Es, con frecuencia, la fuente misma de la angustia con la que se llega a terapia. El extranjero que llevamos dentro no es sólo un hallazgo fenomenológico interesante. Es, también, el rostro que toma la libertad cuando ya no tiene dónde apoyarse.


¿Qué tiene que ver todo esto con mi práctica de Psicoterapia Fenomenológica Existencial?

Ampliar Fundamentos de la Psicoterapia Fenomenológica Existencial con esta entrada no es, para mí, un ejercicio académico. Es, literalmente, la manera en que sigo afinando —después de dieciséis años— lo que hago cuando estoy frente a un paciente. Cada lectura, cada texto retomado, termina revelándome algo distinto sobre mí mismo, donde mi práctica no es algo añadido a mi que me pongo y me quito, sino que me constituye vitalmente. Esto es, en el fondo, lo que sostengo bajo el nombre de Psicoterapia Fenomenológica Existencial: no una técnica que aplico, sino una forma de estar dispuesto que seguiré afinando mientras siga acompañando procesos psicoterapéuticos.

Te invito a recorrer el sitio leyendo con calma su contenido. No dudes en ponerte en contacto conmigo… será un gusto poderte acompañar, aquí en Coyoacán o a la distancia.

¿Qué tanto te has permitido, últimamente, quedarte con lo que no entiendes todavía —sin que nadie afuera venga a decirte qué significa?


Referencias:

Simone Weil, A la espera de Dios. “Reflexiones sobre el buen uso de los estudios escolares como medio de cultivar el amor a Dios”. Madrid: Trotta, 5a edición, 2009.

Pierre Hadot, Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Tr. Javier Palacio. Madrid: Siruela, 1a edición, 2006.



Sobre el autor:

“Para encontrarse en lo infinito es menester discriminar y unir”.

I’Ching

Libro de las Mutaciones