Fundamentos de la Psicoterapia Existencial

Angustia, relacionalidad, diálogo y verdad como formas de acercarnos a la existencia concreta
La psicoterapia existencial parte de una pregunta sencilla pero no evidente: ¿cómo habita cada persona su propia existencia? No se limita a corregir síntomas ni a adaptar a una persona a una idea previa de normalidad, sino que busca abrir un diálogo atento con aquello que aparece en la vida concreta: la angustia, la duda, el conflicto, la soledad, la responsabilidad, el deseo, el sentido y las formas en que cada quien se relaciona consigo mismo, con los otros y con el mundo.
Esta página reúne algunos fundamentos de la psicoterapia existencial tal como los entiendo en Diálogo Existencial: la angustia como posibilidad de apertura, la relacionalidad como condición de nuestra experiencia, el diálogo como camino de transformación y la verdad como una construcción viva, situada y siempre inacabada.
Si quieres conocer cómo estos fundamentos se traducen en un proceso de acompañamiento individual, puedes leer la página Psicoterapia Fenomenológica Existencial Individual. Si quieres conocer quién sostiene este espacio, puedes leer Sobre el psicoterapeuta.
La angustia existencial
La angustia existencial (como uno de los fundamentos de la Psicoterapia Existencial) es el germen de todos nuestros intentos por abrazar, negar o reclamar las incertidumbres de una vida humana fundamentada en la relacionalidad. Si aceptamos que la angustia engloba la respuesta humana a las condiciones fundamentales de la existencia entonces valorarla como mala, debilitante o problemática acorta su potencial creador.
Así, para la Psicoterapia Existencial, la angustia contiene la posibilidad de ser experimentada como estimulante. Pero sólo nos resulta vigorizante, dice Ernesto Spinelli, si somos capaces de “permitir la reorganización y reconstrucción de un significado nuevo que pueda ser aceptado y apropiado” por nosotros.
Sin embargo, cuando no somos capaces de construir un nuevo significado, o cuando el único sentido que logramos armar se nos presenta como peligroso y desestabilizante, entonces la angustia es experimentada como una destrucción y una amenaza a nuestra propia vida y a la continuidad de ésta tal cual la hemos “conocido”.
Es así que, en la búsqueda de disminuir los aspectos incómodos de nuestra angustia buscamos desesperadamente afirmarnos verdades, hechos y declaraciones que se mantengan fijas, negando con esto aquellas instancias de nuestra experiencia que dudan o retan nuestras afirmaciones de certeza y de sentido fijo. Perdemos entonces el fermento de la duda como posible catalizador de una nueva consciencia pues se encuentra, una vez más, ahogada por nuestra desesperación.
Tipos fundamentales de angustia
A pesar de la connotación negativa que tiene la angustia existencial (como he buscado explicar arriba) su experienciar nos recuerda que nuestra existencia está permanentemente amenazada.
Así, siguiendo a Paul Tillich, existen tres tipos perfectamente “normales” y no neuróticos en los que la angustia se manifiesta:
a) la amenaza óntica que cuestiona mi autoafirmación, es decir, el hecho de que yo continúe siendo el que me digo que soy,
b) la amenaza moral, que destruye mi idea de que existo como una “buena” persona para los demás y
c) la amenaza espiritual, que cuestiona que yo exista efectivamente como persona única y no como un individuo más, indistinguible del resto.
Estos tres tipos de angustia nos recuerdan (de manera fundamental) que: nosotros y las cosas a nuestro alrededor tienen un fin, que somos responsables de nosotros mismos y que cualquiera que vive creativamente en sus significados se afirma a sí mismo como participante de ellos.
La angustia existencial como estímulo
Es así que puedo afirmar que la angustia existencial puede también ser una oportunidad para despojarnos de actividades rutinarias y mecánicas en las que suele transcurrir (en algunas ocasiones) nuestro día a día.
La relevancia que tiene comprender lo que nos sucede no es sólo porque sea un momento terrible e incómodo que nos alarma, en que nos sentimos solos, abandonados, dejados de la mano de aquello en lo que confiamos. Sino que en la angustia y en la plena consciencia de estar ahí —con coraje—, no habrá nada más que nos distraiga.
Es una valiosa oportunidad de encontrarnos a solas con nosotros mismos; de escuchar en silencio cómo el misterio de la vida emerge con sus asuntos y dilemas más vitales. Es ahí donde revaloramos lo que somos, nuestro proyecto personal, lo que realmente queremos llegar a ser. Así, como dice van Deurzen, “[e]nfrentar la angustia es lo que nos hace tener coraje. Evadirla, tratar de escapar de ella sólo nos dará desesperación.”
Lo que nos aflige existencialmente
Nos preocupa existencialmente nuestra vida concreta, lo habitual, lo que nos es inmediato en ella: la ida al trabajo, nuestras relaciones que nos dificultan o sustentan, nuestro cuerpo y cómo nos señala el paso de los años, las nuevas oportunidades laborales, las necesidades económicas, la idea que tienen otros de mí, nuestro deseo sexual insatisfecho, las creencias y hábitos sociales que nos hacen dudar sobre lo que debemos de hacer y si es —o no— lo correcto; nuestra relación con Dios, el como somos (o seamos) vistos por los otros, el sentido de nuestra vida, nuestra seguridad, y un largo, largo etcétera.
En concreto, porque nos ocupa nuestra existencia es que “vivimos en una incesante preocupación por nosotros mismos” (E. Fink) pues somos los únicos seres (los seres humanos) a los que su ser “le va por su ser mismo” (Heidegger), es decir, que en esa implicación cuidamos de nosotros mismos: morimos, trabajamos, luchamos, amamos y jugamos.
Admitir nuestra condición inacabada ante el movimiento constante de la vida no es tarea fácil ni definitiva, pues está en juego nuestra existencia y nadie, más que nosotros, somos responsables de ocuparnos de ella. Nadie puede vivir por nosotros, ni morir por nosotros, ni sufrir o amar por nosotros: experimentamos soledad.
Relacionalidad: existir siempre en relación

La Psicoterapia Existencial parte de que todo conocimiento y experiencia humana es resultado de nuestra relacionalidad con el Mundo. Este punto de vista —co-constituído— argumenta que todo lo que ya somos o lo que podemos llegar a ser, todo lo que reflejamos, definimos o distinguimos, sólo puede ser puesto dentro de un contexto relacional de ser-en-el-mundo.
De lo anterior, la división entre sujeto y objeto es cuestionada por la Psicoterapia Existencial a partir de su cercanía con la Fenomenología Existencial. La tendencia analítica-racional de enfocarse en un fenómeno que se asume como intrapsíquico (e.g. Yo soy lo que pienso de mí sin la necesidad de nada más) es puesto en duda, favoreciendo un punto de vista que sitúa al fenómeno individual psíquico como un proceso continuo en el que diferentes fuerzas se interrelacionan en nosotros. De esta manera, ningún individuo puede ser comprendido aisladamente, sino siempre como un ser-en-relación-con, es decir, en relacionalidad con el ser (cosas, personas, ideas, pensamientos, creencias, mitos, etc.)
Así, la Psicoterapia Existencial promueve darnos cuenta de nuestra relación relacional, en la que paciente y terapeuta son como cómplices. En la exploración terapéutica del paciente, la calidad y cantidad de sus relaciones son examinadas como proveedoras primarias de significado al propio self/mundo del paciente. Es decir, en palabra más claras, pone atención en la manera en que nos relacionamos con los demás pues estas reflejan (también) los significados que hemos construido sobre el mundo y que nos llevan a relacionarnos de una manera particular con éste.
El diálogo como camino psicoterapéutico

El interés y la intención del psicoterapeuta existencial consiste en nutrir un diálogo con el paciente y que, a través de reflexionar acerca de su situación (aquella que ve como problemática), puedan ser exploradas nuevas posibilidades. Oportunidades en cuya invención o perfeccionamiento el paciente participa activamente. Estas transformaciones consisten y resultan del diálogo, del flujo de una nueva manera de contarnos nuestra historia.
Un proceso dialéctico por definición no se resuelve, no llega a una conclusión, pues en el momento que creemos “agarrar” la verdad, ésta se nos escapa. Sin embargo, el proceso dialógico es un acompañamiento que orienta el manejo de las tensiones de la existencia humana. Los conflictos se generan continuamente para ser superados y sólo para ser reinsertados en nuestra vida de una manera diferente. Las paradojas son inevitables y la vida fluye desde fuerzas contradictorias que trabajan en contra y con otras fuerzas.
De lo anterior, la verdad no puede ser revelada; no hay una descripción ni una interpretación correcta de un acontecimiento. Cada descripción, cada interpretación es una versión de la verdad. La verdad se construye a través de la interacción de los participantes y es contextual (lugar, tiempo, quien la experimenta, con quienes la experimenta, etc.).
La interpretación, la comprensión y la búsqueda de la verdad nunca cesan, pues a partir de nuestro encuentro generamos reflexiones que nos llevan a entender el mundo y a los otros de una manera diferente y, así, a entendernos diferente a nosotros mismos: un círculo infinito.
Si algo de lo que has leído resuena con lo que estás viviendo, puedes conocer con más detalle mi forma de acompañamiento en la página Psicoterapia Fenomenológica Existencial Individual.
También puedes leer Sobre el psicoterapeuta para conocer mi recorrido, mi formación y la manera en que llegué a este oficio.
Si quieres iniciar un proceso psicoterapéutico individual o resolver alguna duda antes de hacerlo, puedes escribirme por WhatsApp.


