Pequeñas acciones disidentes

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Para aprender a ejercitar nuestro espíritu libre, Nietzsche recomendaría una serie de “¡[…] pequeñas acciones disidentes […] !”

Pequeñas acciones disidentes
Caspar David Friedrich (Hombre y mujer contemplando la luna, 1818/1824)

Cristianismo y decadencia

El origen de Occidente —en opinión de Nietzsche— se sustenta en un “hombre […] formado por el fenómeno histórico del cristianismo”1, con sus pautas de desarrollo decadentes y nihilistas. Nietzsche busca comprender dicho fenómeno como fundamento cultural de Occidente pues la posibilidad de superación está, primero, en su comprensión genealógica.

Para Nietzsche los valores cristianos2 no han hecho más que estancar al hombre, entorpeciendo su superación. Nuestra pretensión particular de sentirnos y ser visto como <<buenas personas>> nos ha llevado a realizar “actos sociales bajo los impulsos de la simpatía, del desinterés particular y del interés general”3, poniendo en riesgo, en su opinión, nuestra individualización, a entender, el encuentro y la escucha de uno mismo.

Individuo vs. comunidad

Así, Nietzsche rechaza la falsa idea cúspide de ver al individuo sacrificándose en sus necesidades particulares (“que el ego se oscurezca”, “transformar radicalmente, debilitar y hasta suprimir al individuo”, “derrocha la existencia individual”), al limitarse por una serie de derechos y deberes que los hagan “sentirse como miembros e instrumentos útiles de la colectividad”. La comunidad requiere la subordinación del individuo en pos de “la fe común”5 que beneficia individuos homogéneos. Los individuos estándar siguen hábitos comunes que aseguran la conservación de la colectividad, aunque corren el riesgo (por herencia) de embrutecerse.

Sin embargo, aunque en nuestros días ya no respondemos a valores cristianos sino económicos, es común en ambos casos que el sometimiento de lo propio haga enfermar a los hombres de resentimiento. El malestar experimentado no se intercala con nuestro bien, sino que se busca exorcizar al transferirlo al exterior. La decadencia es el crecimiento del mercado como rector valorativo de la vida que desestima el espíritu.

El desplazamiento de lo divino ha demandado intensificar la injerencia que tiene la razón en la vida humana. Valoramos la vida ya no desde lo personal sino que nuestra incompletud humana elige lo gregario por costumbre, por temor a disentir de las formas sociales aprendidas y, por ende, ser mal vistos. Así, pasamos de largo de nosotros mismos pues preferimos sentirnos útiles a la colectividad.

Ser humano: el ser que valora

Valoramos en correspondencia a una concepción particular de percibir, sentir y pensar el mundo. Ser humano es ser de valores: el ser que mide todo. Mide y con ello tiene una actitud de mesura. Lo que no es medible es olvidado por la razón. La novedad (con su vitalidad inherente) se diluye en el silencio de su olvido. La mesura, al menoscabar la vitalidad, se agota en ella misma pues se es insuficiente.

Entonces nos plisamos, no como el que se recoge pues cuenta con un hogar propio que le sirve de resguardo en las tormentas, sino se encoge, se muestra corto, apocado, sin hogar ante el vacío de pequeñas dimensiones pero que posee, como un agujero negro, una densidad inmensa que avasalla la pobre consciencia de aquel que su medir le sirve de poco frente a la vastedad del mundo y su inaprensibilidad definitiva. Se achica <<el bueno>>, por respeto, como el camello ante el Dragón.

El bueno y el malo

El bueno olvida el origen de la tradición, ésta se hace cada vez más remota. La tradición se sacraliza y suscita respeto. Antes, opina Nietzsche, se tenía un convenio y se hacía tradición con ello, pues no se formalizaba. Lo que no se formaliza, se olvida en su origen y, tiempo después, se toma como sagrado (definitivo). Ante lo sagrado cada generación re-edifica. La tradición se vuelve coacción, aunque los beneficios de ese originario convenio ya no sean los mismos, de manera que “[e]n todas las épocas [dice Nietzsche] han hallado aquí su plaza fuerte los débiles: tienden a perpetuar el convenio de un tiempo, la condescendencia”.6 El malo, en oposición, es el que se emancipa de la tradición, el que es peligroso para la comunidad, más que para él.

Disidentes: ejercitar nuestro espíritu libre ante la tradición

Para aprender a ejercitar nuestro espíritu libre, Nietzsche recomendaría una serie de “¡[…] pequeñas acciones disidentes […] !” ¿Ser disidente de qué? Ser disidente (cismático) de la costumbre, de la tradición9 (“[…] cuanto menos esté determinada la vida por la tradición, más estrecho será el radio de acción de la moralidad”) a partir de criticar particularmente el pequeño actuar incongruente que tenemos día a día.

¿Cómo pretende Nietzsche que seamos disidentes ante la costumbre moral? Actuar en contra, con libertad y consciencia intelectual, en sentido opuesto a lo que adormece. Ser <<malos>>, en sentido crítico. Referente a la moral dominante, comenta que:

[…] actuar en alguna ocasión contra lo que se juzga preferible, ceder en la práctica mientras nos reservamos nuestra libertad intelectual; comportarse como todo el mundo y así compensarles con cortesía y amabilidad del, por así decirlo, carácter disidente de nuestras opiniones […] adormece la conciencia intelectual.

Por lo tanto, el que no posee una libertad intelectual no puede actuar disidentemente, pues seguirá la costumbre de actuar así. Entonces, sólo el hombre libre puede actuar inmoralmente, que es lo desafiante para Nietzsche. De lo contrario, ante la posibilidad de someter nuestra individualidad y adecuarnos a las normas de la sociedad, hemos de tener como posible consecuencia el entumecimiento de nuestra conciencia, la extinción de nuestras ideas disidentes.

Progreso espiritual y disidentes

Así, los “individuo disolutos”12 (entregados a los vicios), con su inseguridad y poca moralidad, es de quienes depende, en opinión de Nietzsche, “el progreso espiritual”, pues esos individuos disolutos introducen (“inoculan”) la novedad en las comunidades mediante su desestabilización (inclusive intencionadamente) y la multiplicidad de escenarios.

La idea de una inoculación de novedad que se asimila en el torrente comunitario y ayuda a que el sistema se supere recuerda la importancia de lo “debilitante” para el progreso. Dos fuerzas necesarias para el “debilitamiento parcial”: mantenerlo y desarrollarlo. El sentimiento comunal y las naturalezas que degeneran contrapuestas para el progreso en general.

¿Puede la contemplación en tiempos convulsos ser un acto disidente —que va en contra de nuestros hábitos gregarios— que nutra nuestra libertad?

Referencias:

1 José Emilio Esteban Enguita, «Ecrasez l’infâme!» Cristianismo e historia de Occidente en Nietzsche, Estudios Nietzsche, 6, 2006, p. 12.

2 Advierte sobre la compasión y su influjo en el resto de nuestros sentimientos, y como somos compasivos principalmente para sentirnos y ser vistos como buenas personas. En el Zaratustra Nietzsche critica la indicación cristiana de no causarle vergüenza al que sufre, sino, por el contrario, ser compasivo con él. Reprocha el «dar sin esperar nada a cambio» del cristiano, pues ve en ello una manera impuesta de no ser egoístas (pues es <<lo malo>>), de tener que ver primero por el otro, rehuyendo a uno. Dudamos si recibir o no el halago, la buena cara, el cumplido, pues creemos que “«no [lo] hemos merecido»“. (CS, §69) Sentimos vergüenza cuando creemos que nos merecemos lo que el otro hace por nosotros o dice de nosotros. Entonces, para Nietzsche, si hemos creído que no merecemos nada en la vida entonces el sentimiento de vergüenza se vuelve habitual, justificado dogmáticamente como la gracia de Dios sobre nosotros. Somos entonces los avergonzados todo el tiempo.

3 Friedrich Nietzsche, Aurora, Tr. Germán Cano. Madrid: Biblioteca Nueva, 1ª edición, 2000.

5 Friedrich Nietzsche, Humano, demasiado humano, Tr. Alfredo Brotons. Madrid: Akal, 3ª reimpresión, 2013.

6 Friedrich Nietzsche, El caminante y su sombra, Tr. Germán Cano. Madrir: Gredos, 1ª edición, 2011.

9 La tradición está integrada por: a) la costumbre moral (aquella que relaciona nuestras acciones con la procedencia y origen de nuestras costumbres) y b) la moralidad (lo habitual y la falta de cuestionamiento que no pone en duda la procedencia y origen y su relación con el presente).

12 HH, §224.

Por Gilberto Santaolalla

Ciudad de México (1977). Psicoterapeuta con 11 años de práctica. Maestro en Filosofía. Esposo y padre. Entusiasta de la filosofía, la escritura creativa, la carpintería, los oráculos y la fotografía. Aprendiz del fuego.

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