Ni nuestra madre ni nuestro padre pueden ser nuestros mentores

Diálogo Existencial — a partir de James Hillman, El código del alma

LEMOINE (The Interior of a Woman Painter’s Studio, 1789)

Para Helena, Luz y Jacques


Hay algo que algunos de nosotros pedimos a nuestros padres sin darnos cuenta: que, además de cuidarnos, sepan quiénes somos y quiénes estamos llamados a ser. Esperamos de ellos orientación, reconocimiento y, a veces, incluso la mirada capaz de descubrir nuestra vocación.

Pero… ¿deben actuar los padres como mentores?


¿Pueden nuestros padres ser nuestros mentores?

James Hillman, en El código del alma, propone una distinción —quizá incómoda y quizá liberadora— entre quienes nos crían y quienes son capaces de ver nuestra “bellota”.

“Cuando te enseño, no soy tu madre” — cita Hillman a una madre dirigiéndose a su hijo, una frontera que convendría tenerla clara. Líneas antes Hillman apunta la otra mitad de la misma advertencia: uno de los errores más dolorosos que cometemos es esperar de un padre la visión, los beneficios y la enseñanza estricta de un mentor, o esperar de éste cobijo y preocupación por nuestra vida cotidiana.

Dos frases y dos figuras — padre, madre — y un mismo error de fondo: pedirle a quien nos cría lo que solo puede darnos quien nos mira desde otro lugar.


Ser es ser percibido

Para que una vocación pueda «crecer hacia abajo» — es decir, hundir raíces en la vida concreta, con todo lo que eso implica — necesita ser percibida. Quien percibe nuestra vocación es casi exclusivamente un o una mentora: alguien capaz de percibir no solo lo que somos, sino lo que llegaremos a ser. Nuestras crisis permiten al mentor tener cierta “clarividencia de la bellota”.

VAN SANT (Finding Forester, 2000)

El mentor que ve más allá

El capítulo abre con Manolete: su manager Camará vio en él, antes que nadie, lo que llegaría a ser. Ese acto de percepción fue el punto de inflexión de su carrera. Hillman multiplica los ejemplos: William James y Gertrude Stein, Phil Stone y Faulkner, el maestro Henslow y Darwin, la señorita Wood y Truman Capote, Roosevelt y Lyndon Johnson. En cada caso, una mirada externa reveló la bellota que el propio portador aún no reconocía.

Y sobre estas parejas Hillman dice algo que conviene no dejar pasar: “la edad y el género no parecen importar”. Ahí está la señorita Wood viendo a Capote, o William James a Gertrude Stein — la mirada del mentor no está atada al espejo del propio sexo, como sí puede estarlo, a veces, la fantasía de un padre o una madre sobre su hijo o su hija.


¿Qué es un mentor para James Hillman?

Un mentor, en este sentido, no es simplemente alguien que aconseja o enseña. Es alguien capaz de percibir una posibilidad antes de que haya terminado de hacerse visible. Su tarea no consiste en fabricar una vocación, sino en reconocerla; ver en la persona algo que todavía existe apenas como promesa y ayudarle a encontrar una forma en el mundo.


El componente erótico de la tutoría

Hoy por hoy, dice Hillman, tener ese don de percepción sobre los dones de alguien más puede fácilmente caer en las ideas de favoritismo por parte de un profesor, atracción sexual, o un “egoísmo mezquino”. Es decir: “es muy escasa la caridad restante en nuestras actuales explicaciones de lo que sucede entre dos personas, sobre todo cuando una es más joven y la otra, mayor; una tiene influencia y la otra no”.

Ya no podemos creer del todo en esas relaciones presididas por los afectos del corazón. Hemos aprendido a ver con los ojos de los genitales; no podemos imaginar unas atracciones que se basen en la imaginación. Pero lo que atrae a Mentor/a y mentorado/a a esas parejas era una visión común — se enamoraron con una fantasía.

Cuando la imaginación puede enamorarse de la fantasía de otro, eso es, para Hillman, el “arte de la tutoría”: una percepción creativa en los asuntos humanos, con “un componente erótico” que los ojos genitales no revelan, porque no es eso lo que busca la bellota.

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La percepción como don transformador

Ver a alguien no es solo observarlo: es un acto que confiere existencia, que transforma. “Ver es creer, y creer en lo que uno ve confiere al instante creencia a quien recibe esa vista.” El mentor no inventa al alumno; detecta lo que ya está ahí, pero que necesitaba ser nombrado.


La bellota es visible en el cómo

Contra la idea terapéutica de que la bellota está oculta en el inconsciente y hay que excavar para encontrarla, Hillman propone lo contrario: se muestra en el cómo de cada acción visible. No el hecho de que Manolete torea, sino cómo torea. No que Gertrude Stein escribe, sino cómo escribe. Los ojos del corazón ven singularidades, no categorías — “cómo son es quiénes son”.


¿Por qué nuestros padres difícilmente pueden ser nuestros mentores?

Esperar que los cuidadores principales, los padres/madres, vean la bellota en el interior de su hijo, sepan quién está ahí en esa pequeña nuez y atiendan a sus intereses, es esperar demasiado. Por eso los maestros y mentores vienen al mundo.

Los padres cuidan, no son mentores. Los padres cobijan, alimentan, sostienen la disciplina cotidiana, llevan a los hijos a la escuela y procuran un hogar seguro. El mentor no debe hacer todo eso, tiene un papel, una tarea: reconocer la carga invisible que uno lleva consigo y tener una fantasía al respecto que se corresponda con la imagen del corazón. El mentor aporta un conocimiento especializado, así como los consejos y la atmósfera de una tradición.

VAN SANT (Finding Forester, 2000)

Conviene, sin embargo, no fundir “padre” y “madre” en el genérico “los padres”: lo que este pasaje le reclama de más al padre es visión — que vea lo que su hijo llegará a ser, como Camará vio a Manolete. Lo que le reclama de más a la madre, en la otra cita, es enseñanza y guía estricta — el terreno propio del mentor, no el de la crianza cotidiana. Son dos exigencias distintas, aunque el error de fondo — pedirle a un padre o madre lo que le corresponde a un mentor — sea el mismo.


Cuando los padres intentan convertirse también en mentores

Cuando como padres buscamos ser también mentores — que nuestros hijos sean nuestros pupilos — se produce una ruptura entre “aprendices y mentores”: nos acostumbran a ser tratados así, y entonces en otras relaciones buscaremos lo mismo, “que me traten como alumno”. La confusión de las expectativas tiene también como resultado el resentimiento frecuente de los “hijos adultos”, quienes se quejan de que sus padres nunca los asesoraron con precisión, jamás reconocieron su naturaleza interior.

HICKS (Shine, 1996)

El mentor no siempre tiene forma humana — y tal vez no siempre necesita el nombre de “mentor”

Nos quejamos de nuestros padres no solo por su ausencia, sino también por la falta de mentores sin advertir, muchas veces, que sí tenemos acceso a otro tipo de mentores: figuras de ficción o históricas que pueden llegar a ser mentores imaginarios. “Los libros también pueden ser mentores, incluso proporcionar un momento de iniciación.”

Uno espera menos de sus padres naturales, y resulta más fácil tolerarlos cuando ha descubierto el otro árbol familiar del que depende la vida de su alma.

Y aunque Hillman está hablando exclusivamente de los mentores, creo que lo podemos ampliar más: a cualquier persona que percibe a otro. Él mismo da pie a esto cuando escribe que “por ello buscamos amantes, mentores y amigos capaces de ver cómo somos realmente y de hacernos felices” — el mentor es solo el nombre más formal de algo que también puede pasar en una amistad o en un amor: alguien que ve, con los ojos del corazón, lo que aún no habíamos llegado a ser.

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La fantasía de los padres y las otras figuras que rodean al niño

Hillman da tres condiciones para que la imaginación de un niño se alimente bien:

  • que los padres o los familiares más allegados que cuidan de un niño tengan una fantasía acerca de ese niño;
  • que haya hombres excéntricos y señoras peculiares en el entorno del niño;
  • y que las obsesiones se traten con cortesía.

La primera es tarea de los padres. La segunda ya no: son esos “hombres excéntricos y señoras peculiares” que rodean al niño sin ser sus padres — mentores en potencia, antes incluso de que alguien les dé ese nombre. La tercera —tratar las obsesiones con cortesía— es, en el fondo, lo que hace Fred Rogers (mejor conocido en Norteamérica como Mr. Rogers).

Y hay algo que confirma que, para el propio Hillman, ambos temas son dos caras del mismo problema: apenas termina de nombrar la falacia de los padres —los biógrafos, “la mala madre”, el narcisismo de preguntarse “¿lo estoy haciendo bien?”— anuncia que en ese mismo capítulo va a tocar la “fantasía paterna y materna”. No son dos capítulos distintos que casualmente comparten vecindad: es un mismo argumento que se despliega en dos tiempos — primero lo que le pedimos de más a un padre o una madre, después lo que solo puede darnos alguien más.

Fred Rogers, el padrino de los niños

NEVILLE (Won’t you be my neighbor, 2018)

Fred Rogers parece encarnar de una manera muy particular esa tercera condición de Hillman: tratar las obsesiones con cortesía.

No porque intentara dirigir la vida de los niños ni porque pretendiera saber quiénes debían llegar a ser. Hacía algo más difícil: tomaba en serio aquello que para un adulto puede parecer pequeño, absurdo o incómodo. El miedo, los celos, la rabia, la curiosidad, la tristeza. Todo eso que a la mayoría de los adultos pudiera representar una incomodidad o un no saber qué hacer con ello, Mr. Rogers les concedía un lugar.

Quizá por eso resulta sugerente pensarlo como una especie de padrino. No sustituye al padre ni a la madre, ni ocupa del todo el lugar del mentor tradicional. Pero ofrece algo de esa misma familia de experiencias: una mirada que no reduce al niño a lo que debería ser.

Rogers parece decirle: eso que sientes merece ser escuchado; eso que imaginas tiene derecho a existir.

Y quizá ahí comienza también la posibilidad de una vocación.


Comentarios finales

Porque antes de que alguien pueda reconocer nuestra bellota, tiene que existir un espacio donde pueda mostrarse sin ser inmediatamente corregida. Las obsesiones infantiles —aquello que un niño dibuja, pregunta, colecciona o imagina una y otra vez— pueden ser pasajeras, pero también pueden contener una forma todavía incipiente de lo que después organizará una vida.

Tratar esas obsesiones con cortesía no significa convertir cada capricho en destino. Significa no apresurarse a clausurarlo.

El padre y la madre ofrecen cobijo. El mentor puede llegar a reconocer una vocación. Y figuras como Fred Rogers ayudan a conservar abierto el espacio imaginativo donde algo singular todavía puede aparecer.

Tal vez por eso necesitamos también ese otro árbol genealógico del que habla Hillman: maestros, amigos, escritores, personajes o voces que, sin criarnos ni conocernos íntimamente, nos conceden algo decisivo: permiso para prestar atención a aquello que insiste dentro de nosotros.

No nos dicen necesariamente quiénes somos.

Pero ayudan a que no dejemos de mirar.


Referencia:

James Hillman, The soul’s code: In search of character and calling. New York: Ballantine Books, 1996.



Sobre el autor:

“Para encontrarse en lo infinito es menester discriminar y unir”.

I’Ching

Libro de las Mutaciones