La ciudad que eres, con la población que te habita, con sus asambleas en lo profundo para tratar un tema que preocupa. Todos se conocen desde siempre en ese interior tuyo morada de lo íntimo, que nadie más comprende como sus habitantes lo hacen. Son tus recuerdos y tus sueños; son tus temores y tus vergüenzas; son tus nociones de ti mismo y tus puntos ciegos, quienes en ti, dialogan sin cesar. Todos se conocen desde siempre pues se criaron juntos desde tu niñez. Se saben las tretas juveniles para engañarse, para convencerse. Saben sobre qué insistir con vehemencia y también sobre lo que nunca se habla pues sospechan que la paz entre todos puede verse amenazada.

Un día pasa por ahí un Extranjero: el hijo de la guerra le llaman. Pernocta en tu ciudad por una noche. Observa desde su ventana la asamblea de tus habitantes. Has sido tu quien lo has acomodado en aquella posada en el centro de tu ciudad. Escucha con atención la bulla de tus reuniones y valora desde ese lugar privilegiado: uno de un total desconocimiento de las razones y motivos por las que se discute sobre ciertos temas y no por otros y, además, de un modo particular que puede comprobar por observar cómo se discute. Ese forastero es el único en esa interioridad ficticia que es ajeno y que posee el báculo del desconocimiento sobre lo tuyo. Es un nómada feroz en una lejanía cercana respecto a lo que alcanza a escuchar de ti. Es un desposeído de tierras en una cercanía lejana respecto a lo que puede susurrar por encima de tu hombro.

Y es ahí donde radica la posibilidad de su poder transformador que te ofrece con sumo respeto: en poder opinar sobre lo que no le es ajeno (pues también es un hombre que se relaciona con otros) sin representar para él un conflicto de interés pues, finalmente, él no vive ahí en tu ciudad y, por lo tanto, no teme ser exiliado de donde sólo está de paso. Y aunque fuera invitado nuevamente nunca más su carácter de extranjero podría cumplirse pues en amigo o conocido, o en consejero o bufón, se convertiría, y esas figuras cumplen otras funciones en tu ciudad interior.

Él, el que sacude el avispero, el que expresa libertad, no teme reprimendas por opinar sobre tu vida y sus cosas fijas pues, finalmente, a la mañana siguiente tomará sus cosas y partirá a otra ciudad. Incluso te paga por quedarse en tus posadas aunque no rechazará si tú, a cambio de su punto de vista, le recompensaras con unas monedas de oro, un modo convencional de agradecer sus servicios.

¿Qué te ofrezco en concreto?

  • Un diálogo de apoyo.
  • Escuchar atenta y pausadamente −durante el tiempo que sea necesario− lo que tu decidas compartirme.
  • ¿Qué me puedes compartir? Un problema, un dilema, una situación, un sueño por realizar, un conflicto, una pena, etc.
  • ¿Cuánto tiempo tengo? El tiempo que tu consideres necesario para plantear tu problemática. Me tienes que avisar previo a nuestra cita cuánto tiempo requerirás.
  • Una vez que hayas abierto conmigo aquello que has decidido compartir yo podré, por poner algunos ejemplos comunes, hacer lo siguiente:
    1. Hacer algunas preguntas que me permitan aclarar lo que he escuchado.
    2. Decirte lo que pienso al escucharte: sobre ti, sobre cualquier actor que juegue un papel en tu narrativa, sobre el mundo que habito al escucharte, etc.
    3. Decirte cómo me siento: compartirte mi despliega emocional al imaginar (desde mis propios referentes) cómo debe de estar siendo para ti esta situación.
    4. Recomendarte uno o varios libro para leer que podrías revisar para dar un sentido a tu propia experiencia.
    5. Sugerirte una o varias películas o documentales que podrías revisar para dar un sentido a tu propia experiencia.
    6. Podré sugerir algún “remedio”.
    7. Podré sugerir que converses con alguien más.

¿Qué costo tiene?

Es una donación voluntaria. Sólo espero que sea justa y adecuada a tus posibilidades económicas y al valor intangible que obtengas una vez que nos reunamos.

Contacto

Puedes contactarme por Whatssapp o escribirme a gilberto@dialogoexistencial.com



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