La soledad de Michel de Montaigne

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Solemos reconocer en nosotros dos tipos de soledades: la interpersonal o la intrapersonal. Sin embargo, Montaigne nos clarifica una tercera: vayamos a dónde vayamos, acompañados o solos, rodeados de otros o aislados, “ningún viaje nos libera de nosotros mismos pues nos llevamos con nosotros”.

Soledad interpresonal

La soledad interpersonal se refiere “al aislamiento de otros individuos” por razones geográficas, falta de habilidades sociales, lo amenazante que nos puede resultar intimar con el otro o un determinado estilo de personalidad (neurótico o patológico) que, como dice Irvin Yalom, “imposibilitan la existencia de una interacción social gratificante”.

Sea como sea, solemos estar en pertenencia o en alejamiento, siendo recordados u olvidados pues, como dice Montaigne, “no hay nada tan disociable y sociable como el hombre: lo primero por vicio, lo otro por naturaleza”. Es decir, nos separamos de los otros por sentir que comenzamos a dejar de ser nosotros para comenzar a ser ellos, o nos reunimos con los otros por angustia de quedarnos solos y desvalidos, para terminar siendo los otros y no nosotros. ¡Menudo dilema!

Soledad intrapersonal

Por otra parte, el aislamiento intrapersonal, constituye una disposición al mundo, a través de la cual nos separamos de algunas partes de nosotros mismos. Comúnmente dejamos de pensar acerca de aquello propio que nos estorba o molesta, disociando (evadiendo, haciendo a un lado) cualquier experiencia personal que nos remita, nos recuerde o nos avive escozor, molestia, intranquilidad, angustia. En este movimiento de disociación aceptamos los deberes sociales, políticos, sexuales, culturales, etc., como si fueran los propios deseos, “enterrando nuestra propia capacidad potencial”.

¿Capacidad potencial para qué? Cabe acotar que “potencial” se refiere a posibilidad. Entonces, enterrando la posibilidad de considerar una nueva experiencia como una posibilidad más del Mundo, poniendo en duda nuestro mundo, cuestionando el cómo hemos construido nuestro mundo, poniendo sobre la mesa una manera distinta de ser ante tal o cual situación. Dice Montaigne: “Por eso, no basta con apartarse del pueblo; no basta con cambiar de sitio; debemos apartarnos de las disposiciones populares que están en nuestro interior; hay que separarse y retirarse de sí: «ya he roto mis cadenas, dirás: como el perro rompe el lazo a fuerza de tirones, pero en su huida arrastra un buen trozo de cadena al cuello».”

Binswanger (psiquiatra suizo pionero en el campo de la psicología existencial) describe así el aislamiento intrapersonal: “Aunque de niña [su paciente Ellen West] era completamente independiente de las opiniones de los demás, ahora le ocurre justamente lo contrario. Ya no sabe lo que realmente siente ni cuál es su opinión. Éste es el estado más solitario de todos, porque hay una separación casi completa entre el individuo y su organismo autónomo”. En otras palabras, el aislamiento intrapersonal nos orilla a terminar siendo lo que se dice que se debe de ser en vez de ser aquello que nos decimos que debemos de ser. Todos experimentamos lo anterior… todos.

Sin embargo, existe un tercer tipo de aislamiento, de mayor dificultad para ser reconocida, pues permea, cubre a los otros dos tipos. Inclusive, se puede decir que los tres tipos de aislamiento son similares desde el punto de vista subjetivo; es decir, se viven como si se tratara del mismo sentimiento. El tercer tipo se conoce como soledad o aislamiento existencial, y es el tipo de aislamiento en el que me interesa profundizar a raíz del ensayo de Montaigne.

Soledad Existencial

¿Qué es la soledad existencial? Es el aislamiento básico subyacente que pertenece a la existencia, un aislamiento que permanece aún y cuando estemos rodeados de miles de personas, siendo o no gratificante. La soledad existencial nos separa irremediablemente de los demás, pues el otro no es yo y yo no soy el otro. Es también aquel experienciar que nos separa del mundo, pues el mundo, el universo, el cosmos, es lo que es, y yo, soy lo que soy y no soy aquello, pues sólo soy una parte del todo.

Para los griegos, el Cosmos era el orden, la unidad, a pesar de los dualismos visibles (e.g. calor-frío, luz-obscuridad, líquido-sólido), pues sin unidad no podría afirmarse una verdad. ¿Y por qué interesaba a los griegos la verdad? Pensaban que si la verdad no fuese una no habría necesidad ni de ciencia ni de comunicación, es decir, no existiría lo que nos es común a todos y que compartimos.

Lo ontológico

De aquí surge una palabra conocida para la Psicoterapia Existencial: lo ontológico. Lo ontológico se refiere a lo que es del ser y ellos (los griegos) le adjudicaban cinco géneros: el ser en sí, el reposo, el movimiento, lo mismo y lo otro. Los filósofos suelen decir que, ontológicamente, se requiere que algo permanezca, que el cambio requiere de algo que no cambie, algo intemporal y perfecto, porque si algo no es perfecto, le falta algo y cambiará. Sin embargo, la verdad es invisible a los ojos, requerimos de la razón para mostrar lo que está “oculto”, pues la percepción (nuestros sentidos) es ilimitada y, en cambio, la razón no necesita ver para saber.

¿Entonces cómo saber? Por medio de la intuición, sólo por ella comprendemos la verdad. La intuición no permanece, pues a mayor preparación mayor intuición. ¿Preparación de qué? Para morir, como dice Sócrates. Y Heidegger dice: “la angustia adviene, escuchas o no”. Escuchamos o no la intuición que nos hace ser conscientes por un instante de lo verdad, el todo. Pero hay un problema: expresar lo que hemos “captado”. Ahora mismo tengo ese problema, cabe decir. Expresar la intuición es complicado, pues hay distintas maneras de decir lo mismo (lo ontológico), cosas que a oídos humanos suelen escucharse contradictorias.

Intuición y soledad

Lo anterior, la expresión de nuestra propia intuición del mundo, suele arrojarnos invariablemente al tema de la soledad. ¿Por qué? Porque la intuición de lo que es atrviesa nuestros “filtros”, las cosas a las que damos valor, las cosas que repudiamos, cómo hemos construido nuestro mundo, nuestras cegueras, etc., y este sentido, tenemos una particular manera de experimentar la vida, tan particular que es única. Sí, única. Podremos encontrar acuerdos con los demás en la manera que percibimos un vaso, una mesa o un automóvil, pero la manera en que intuimos la vida es única. Nuestra experiencia del mundo nunca podrá ser experimentada por el otro, a lo mucho comprendida.

“La palabra destruye y es débil a la vez, pues no puede decirlo todo”. ¿Qué es todo? No podemos decir todo lo que nos aqueja, lo que nos preocupa, lo que nos hace sentir vivos, las palabras son insuficientes, no se puede “agarrar” la intuición y guardarla en una caja; no se le puede describir y examinar, objetivizar. 

Y así, todo se disuelve en una nada; recuerdo a Camus: “El mundo se nos escapa y después vuelve a ser él”. Y surge aquí nuestra soledad trágica: el aislamiento existencial. Trágica porque es lo que es, por que nos es común a todos, porque es real, crudamente real. Nietzsche la define: “Lo trágico es la vida tal como es, sin justificaciones, sin providencia, sin perdón… es la voluntad de afirmarla toda, de aceptarla toda, incluyendo el sufrimiento y la alegría, sin resentimiento ni nihilismo. Es el amor del destino o del azar, del devenir y de la destrucción; es el sí por excelencia, sin religión y sin moralina. Es el sentimiento de que lo real hay que tomarlo o dejarlo, junto con la voluntad alegre de tomarlo”.

Soledad, libertado y Psicoterapia Existencial

Yalom comenta en su libro Psicoterapia Existencial: “El aislamiento existencial es un valle de soledad, al cual se puede acceder por múltiples avenidas. La confrontación con la muerte y con la libertad, por ejemplo, conducirán al individuo de una manera inevitable hasta ese valle.” La conciencia de nuestra finitud (de nuestra muerte), no sólo física sino también de las posibilidades de vida, nos hacen avivar nuestra condición de soledad existencial pues, “el acto de morir sigue siendo la experiencia humana más solitaria”. Sobre este tema recomiendo ver el post Terry Pratchett – Eligiendo morir.

Y por otra parte está el catalizador de la libertad, “la soledad de actuar como padre de uno mismo”. Es decir, la libertad entendida como la responsabilidad que tenemos de hacer o dejar de hacer en nuestra vida. Y esto implica “abandonar la creencia de que hay otro que crea y protege de uno”. Somos los únicos responsables de nuestra existencia y asumir dicha responsabilidad es un acto puro de libertad, pues implica la elección reflexionada acerca de la posibilidad (dentro de tantas) que elegimos y de nuestras renuncias. Hace que nos apropiemos de nuestra vida. Además, “existe una profunda soledad inherente al acto de la propia creación: uno se da cuenta de la indiferencia cósmica del universo”. Es decir, sólo depende de mí.

La soledad de Montaigne

Y en este punto rescato de Montaigne: “La ambición, la avaricia, la irresolución, el miedo y las pasiones no nos abandonan porque cambiemos de región: «Y la negra quietud va sentada tras el jinete». Nos siguen con frecuencia hasta los claustros y hasta las escuelas de filosofía. Ni los desiertos ni las rocas excavadas ni el cilicio ni los ayunos nos libran de ellas: «la flecha letal está clavada en el flanco».”  El ensayo del que extraigo ésta cita (y las siguientes) tiene por nombre “La Soledad”. Claramente Montaigne está haciendo referencia a la soledad existencial, aunque propiamente no le anexe el adjetivo “existencial” y que los otros dos tipos de aislamientos se entremezclen.

¿Qué nos está diciendo Montaigne? Como él mismo dirá más adelante, vayamos a dónde vayamos, acompañados o solos, rodeados de otros o aislados, “ningún viaje nos libera de nosotros mismos pues nos llevamos con nosotros”.

Es importante decir que Montaigne fue un filósofo preocupado no por el pensamiento, sino por la vida, las inquietudes y el trastorno. Para él, la Filosofía era siempre filosofía aplicada, no había filosofía pura, pues era inaccesible, poco práctica, pues para él sólo se podía filosofar a propósito de otra cosa (la muerte, los niños, la soledad, la educación, la experiencia, etc.). Dice Montaigne que, entre todas las disciplinas, “la filosofía es la que nos enseña a vivir”. Y agregaría que, normalmente la invitación a aprender a vivir implica la invitación de aprender a morir.

¿Qué “hacer” con nuestra soledad?

Más adelante advierte Montaigne: “Por eso, no basta con apartarse del pueblo; no basta con cambiar de sitio; debemos apartarnos de las disposiciones populares que están en nuestro interior; hay que separarse y retirarse de sí: «ya he roto mis cadenas, dirás: como el perro rompe el lazo a fuerza de tirones, pero en su huida arrastra un buen trozo de cadena al cuello».” No podemos escapar de la soledad existencial, es una condición ontológica, una condición común para todos los seres humanos sin que esto abogue por una sola manera de vivirla. Querer escapar es alimento neurótico, es la angustia malgastada pues, tarde o temprano, explotará como válvula de escape.

“Por tanto, debemos replegarla y retirarla en su interior. Ésta es la verdadera soledad, que puede gozarse en medio de las ciudades y de las cortes de los reyes; pero se goza con más comodidad aparte.” Montaigne invita a que nuestra dicha dependa sólo de nosotros mismos, no de las ataduras de los otros. “Poseemos un alma que puede replegarse en sí misma; puede hacerse compañía, tiene con qué atacar y con qué defender, con qué recibir y con qué dar. No temamos, en esta soledad, pudrirnos en el tedio del ocio: «En estas soledades, sé una multitud para ti mismo».” Sólo recalco aquí la palabras “gozo”. ¿Gozar la soledad? Sí, pues quien no es capaz de gozarse a sí mismo no podrá encontrarlo en o con los demás. Es una tarea propia.

Montaigne satiriza con la idea de cómo hemos (o como solemos) ver más por los otros que por nosotros, como si no nos bastaran ya nuestros problemas. “Nuestros asuntos no nos daban bastante preocupación; asumamos también, para atormentarnos y quebrarnos la cabeza, los de vecinos y amigos”. Y nos sugiere que: “Ya hemos vivido bastante para los demás; vivamos para nosotros al menos este extremo de la vida.”

Pareciera que Montaigne sugiere veladamente un individualismo. Me parece que no, recordemos que el título del ensayo es “La soledad”. El autor sabe de ella, vive esa soledad existencial. Sabe y vive que por más acompañado que esté, por más esposa, hijos, criados, amigos, conocidos que tenga, la soledad está ahí, y advierte sobre el riesgo de poner en los otros nuestra vida, de cargarles a ellos con esa responsabilidad, pues aunque lo intentemos hacer nos será imposible pues la conciencia reflexiva estará ahí, recordándonos, culpándonos sobre lo que hemos dejado de hacer por nosotros.

Y dice el autor llegando al final del ensayo: “Hay que desatar esos lazos tan fuertes, y a partir de ahora amar esto y aquello, pero no casarse sino consigo mismo. Es decir: que el resto nos pertenezca, pero no unido y adherido de tal manera que no podamos desprendernos de ellos sin desollarnos y arrancarnos a la vez alguna parte nuestra. La cosa más importante del mundo es saber ser para uno mismo.” “… que nos pertenezca”, dice. Y la pertenencia es un acto de responsabilidad, de elección y libertad.

Elegimos pues cómo vivir esta soledad trágica que nos acompañará hasta el último momento de nuestra vida, pues es hasta ese momento que nuestras posibilidades terminan.

¿Qué queda ante la soledad? El cuidado de sí, el sörge dice Heidegger, pues al cuidarnos cuidamos la unidad y la verdad. ¿Y cómo cuidar? Sólo por vía de la amistad, por la vía del diálogo es que nos cuidamos. Y sólo el diálogo nos acerca a la verdad. Nos cuidamos “del morir”, el más importante; y nos cuidamos “del cuerpo”, pues el filósofo no puede cometer suicidio, pues en caso de hacerlo significará, como dice Camus, que “suicidarse es una falta de comprensión. Es un desconocimiento. Es cobardía”.

Y en última instancia leer a Montaigne hace que nuestra soledad esté un poco más acompañada.

Referencias:

  • Michel de Montaigne. Los ensayos (Libro I, capítulo XXXVIII). Ed. Acantilado. Barcelona. 2008. pp. 322-328.
  • Irvin Yalom, Psicoterapia Existencial. Ed. Herder. Barcelona. 1984. Pp. 425-470.
  • Comte-Sponville, André. Montaigne y la filosofía. Ed. Paidós. España. 2009.

Por Gilberto Santaolalla

Ciudad de México (1977). Psicoterapeuta con 11 años de práctica. Maestro en Filosofía. Esposo y padre. Entusiasta de la filosofía, la escritura creativa, la carpintería, los oráculos y la fotografía. Aprendiz del fuego.

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