Mi frijolito

Para Helena

Germinaste por encargo... pero igual tu nobleza pudo haberse mostrado
si la suerte o el descuido
te hubiese arrojado.

Ése experimento que por generaciones se repite: puede ser la niñez patria para algunos u obligación estéril para otros.

La simpleza es sorprendente: un frijol, algodón, agua y un contenedor. El líquido justo: ni más ni menos. La exposición al Sol: mandatoria.

Brotaste en probeta, abriendo camino por el sustrato textil,
apuntando siempre a lo alto,
echando raíz en el momento preciso.

Nos entregaron tu custodia y a La Madre te entregamos.

Y en ella enraizaste, suponemos, pues no vemos más eso que buscas en la obscuridad,
   en lo húmedo,
      en lo incómodo,
donde la dificultad es soberana.
Tus pálidos capilares aman lo nutricio,
entre gusanos y rocas,
entre hojas secas y moho.

Y entonces emprendes, con descomunal esfuerzo, la búsqueda del Padre,
   hacia arriba,
   no sin temor,
   alejándote de la Tierra para entrar en los cielos.

Te apoyas de aquello que encuentras con tus tentáculos epicótilos que aman los enredos.
Muestras tus anchas narices verdes, esas que olfatean y persiguen la luz.
Te conviertes en un repliegue de vida que va hacia arriba y hacia abajo, necesariamente.
Te transformas en un pliegue de vida que va hacia afuera y hacia adentro, imperceptiblemente.
Das paso a lo que eres, sin ir más allá y sin limitar todo lo que has de ser,
   alegremente.
Y ante la presencia de Perséfone y sus diamantes oscuros,
sin previo aviso tus ojos morados brotan por todos tus brazos.
Diminutos deseos de trascendencia que, llegado el momento, tendrán que negarse para dar paso a tus hijos,
   que son a imagen y semejanza de ti,
   pero distintos en los pequeños detalles,
   en los dibujos de su piel.

Y, de repente, te intercambias; cambias dentro de ti y hacia afuera. Dejo de ver tus ojos morados y los párpados de muerte dan paso al final.
Diminutas son tus bayas,
sonrisas de todos los tamaños
te cuelgan como aretes
de perlas alineadas.

Y los ataques nocturnos
en los diluvios de verano
de los pausados infinitos
que devoran tus memorias.

Y así de tu simiente única brotan tus hijos:
   de lo uno lo múltiple.
Tu consciencia
   que guardada en ése riñoncito
plétora vital es,
pues de los dioses te has sabido acompañar. 

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Por Gilberto Santaolalla

Ciudad de México (1977). Psicoterapeuta con 11 años de práctica. Maestro en Filosofía. Esposo y padre. Entusiasta de la filosofía, la escritura creativa, la carpintería, los oráculos y la fotografía. Aprendiz del fuego.

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