Las tres transformaciones del espíritu según Nietzsche

“Tres transformaciones del espíritu os menciono: cómo el espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño”.

Nietzsche, De las tres transformaciones en Así habló Zaratustra
Las tres transformaciones del espíritu según Nietzsche
Las tres transformaciones del espíritu según Nietzsche: camello, león y niño.

Como consecuencia de la muerte de Dios Nietzsche considera posible (tal vez cabría decir obligada) una metamorfosis1 de la esencia del hombre: la conversión por la que se transita de la autoalienación a la libertad creadora que se conoce a sí misma.

Crítica a la tradición

Como ya he apuntado en otras entradas de este blog, para Nietzsche (en contraste a Platón) el hombre libre debe de ser inmoral (malo, noble). Debe dejar de responder a morales gregarias para poder “depender en todo de sí mismo y no de una tradición”2. En su opinión, la tradición sustentada en las virtudes socráticas hace del hombre un animal, pues la justicia, la templanza y la valentía responden a una necesidad de certeza, es decir, asegurar nuestra sobrevivencia mediante la búsqueda de alimento y el esquivo de nuestros enemigos.

El gran dragón

El gran dragón —símbolo del pensamiento “«tú debes»”— representa para Nietzsche esa tradición que aprisionan al hombre mediante mandatos: valores morales milenarios que se asumen «objetivos». Es, al mismo tiempo, “«último dios»” y “«viejo amo»” que resplandece con su gruesa piel y escamas milenarias, pero sin develar su interior. Es sólo apariencia que se impone autoritariamente. Se le percibe turbio, la razón de los hombres se obscurece, nos confundimos. Así, ante el dragón, se hace preciso que, quien lo ve y desea des-ofuscarse, lo haga con otros ojos.

Tradición y ciencia

Lo tradicional cree en las últimas noticias de la ciencia; alardea sobre su avance en “las cosas primeras y últimas”.3 La ciencia entendida como sustituto de la religión, pues solapa a sus seguidores mediante promesas de seguridad. Sin embargo, para Nietzsche, “[e]n absoluto tenemos necesidad de estas seguridades respecto a los horizontes más remotos para vivir una humanidad plena y excelente: tan poco como la hormiga tienen necesidad de ellas para ser una buena hormiga”.4

¿Qué entiende Nietzsche por horizonte?

Es el límite interpretativo de todo lo existente (“[…] mis ojos no ven más que hasta una determinada distancia”5) que le sirve al individuo (así como al pueblo o al organismo) para decidir si algo le es útil o no en su búsqueda de “lo propio para el crecimiento vital, para el aumento de su fuerza”.6

El camello

En este contexto, el camello7 es la representación del hombre que respeta al dragón. Es el animal que se inclina ante Dios, que arrastra y carga (voluntariamente) los grandes deberes. Es el espíritu sufrido, el hombre que está bajo el peso de la metafísica, que resiste sin queja, que busca continuamente tareas difíciles para demostrar a los demás su resistencia. Vive agobiado, se alimenta de conocimientos y anhela «verdad», aunque acepte por ésta lo que dice la multitud.

En este sentido, Nietzsche refunfuña acerca de la vanidad del hombre que se afirma como sujeto de conocimiento. El hombre moderno deglute erudiciones que no le nutren, que lo empalagan al no alcanzar exterioridad quedándose en su interior. De manera que los hombres se vuelven pesados, arrastran una gran cantidad de conocimientos inútiles que les causan “esa «falta de estilo» en que consiste propiamente la decadencia”.9

El león

Sin embargo, el camello, estando en la soledad del desierto, puede transformarse en león, que es el hombre que arroja sus cargas y lucha con su último dios: la moral objetiva. El león, aunque dice “«yo quiero»” (y ya no «yo debo» como el camello) aún sale de un hombre endurecido. El león se mantendrá impenetrable pues mantiene su lucha contra el dragón y, aunque libera su libertad, ésta es libertad negativa, es decir, la libertad de y no la libertad para, que es la libertad positiva para Nietzsche.

Al respecto, en El caminante y su sombra (1880), Nietzsche se pregunta en dónde realmente nos sentimos libres. En común solemos buscar nuestra libertad en donde está nuestro sentimiento vital, que para él opera al mismo tiempo como atadura. ¿Qué significa esto?

Para él somos como el gusano de seda que busca libertad en su voluntad de hilar, es decir, encadenado a la doctrina de libertad de voluntad que acepta seguir hilando seda. Sin embargo, la libertad de voluntad es sólo “una invención de las clases dominantes”10. A partir de ella damos por hecho que somos independientes cuando lo efectivo es que nos sentimos dependientes y que, como pensamos ser independientes, cualquier circunstancia que nos haga “advertir y reconocer”11 que podríamos no serlo hace que notemos un “contraste del sentimiento”.12 Esto es, pensamos con tal énfasis que somos independientes que dejamos de notar nuestra dependencia sentida. Así, la libertad de voluntad es la necedad de convencernos de cualquier justificación que nuestra voluntad quiera afirmar, sin que efectivamente sea libertad.

La importancia de la novedad y su relación con la libertad

Si lo anterior es acertado, si la libertad de voluntad es un engaño, entonces ¿podría ser la novedad la disposición que verdaderamente pone a prueba nuestra libertad y no la costumbre? La novedad toma una posición privilegiada para Nietzsche pues “[s]ólo las cadenas nuevas nos hacen sufrir”.13 La novedad, en mi interpretación, está en la aceptación del flujo continuo de los fenómenos contenidos entre el “actuar y el conocer”14, actitud incompatible con la necesidad de libertad de voluntad que quiere interpretar los hechos de manera idéntica, convencerse sobre lo bueno y malo.

De lo anterior que, el «yo quiero» del espíritu leonino se trivialise, pues no hace de su espíritu uno creador ni la expresión superior de su ser hombre pues sólo es un proyecto de posibilidad para crear lo nuevo, sin concretarlo. Piensa su libertad pero no la siente. Lo nuevo que posibilita al león es el des-cubrimiento de lo “razonablemente comprendido y aceptado por todo el mundo”15, sin que esto asegure que pueda librarse de ello; su lucha está condicionada por el dragón. El león es sólo un ensayo de independencia que prepara el terreno para crear novedad. Su victoria consiste en cuestionar al dragón, aunque no pueda quitarle los ojos de encima. Sus cuestionamientos “resquebrajan”16 al dragón y, derivado de ello, éste se vacía, sin que el león sepa con qué llenarlo, pues no ha creado nuevos valores. Su voluntad leonina se agota en el combate que —esporádicamente— destruye algo del dragón. El espíritu del león, aunque no es libre, respeta la libertad de los otros. Puede identificarse la revolución leonina con la resistencia dromedaria pues ambos “innovan cosas haciendo su vida y su tiempo dependientes de ellas, es amontonar cacharros [cosas viejas], contaminación, opresión y destrucción”.17

El niño

El niño, a diferencia del león, quiere su voluntad y no está dispuesto a entregarla en combates leoninos, sino que reclama su querer sin condiciones frente al dragón. Es el innovador que posee la libertad como proyección de nuevos valores. Es el que juega y jugando crea pues el juego es entusiasmo. El niño no aparenta ni brilla. La condición de posibilidad de la novedad de vida es la afirmación y plenitud de ella misma pues, como dice el solitario francés, “[e]]l provecho de la vida no reside en la duración, reside en el uso”.18 El niño es poderoso y así vive. Lleno de energía ayuda a vivir a los demás y es pura realización de su vida fuera del tiempo. Se entrega profuso y abundante más que dedicar su tiempo a reclamar. El niño es acción satisfecha y no altavoz que busca notoriedad. Ya no requiere estar en contra ni mostrar nada a los demás ni a sí mismo, sino que dice «sí» a todo. “Vive por y para sus realizaciones”.19 De tal manera que el niño juega y deviene en espíritu libre.


Referencias:

1 Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Tr. Andrés Sánchez Pascual. Madrid: Alianza, 11ª reimpresión, 2008. “De las tres transformaciones”.

2 Friedrich Nietzsche, Aurora, Tr. Germán Cano. Madrid: Biblioteca Nueva, 1ª edición, 2000.

3 Friedrich Nietzsche, El caminante y su sombra, Tr. Germán Cano. Madrir: Gredos, 1ª edición, 2011.

6 Gentilli

7 Fink

9 Vattimo

10 El caminante y su sombra

13 Idem. Vid. El caminante y su sombra, §11 dice que la “libertad de voluntad” es “la creencia […] en hechos idénticos y hechos aislados.” Nietzsche contrasta la libertad de la voluntad —lo estático, aprehensible, aislado, seriado— con el “flujo continuo” —la fluencia “continua, uniforme, indivisa [no separado o dividido en partes], indivisible [que no se puede dividir].”

15 Luis Jiménez Moreno, Hombre, historia y cultura: Desde la ruptura innovadora de Nietzsche. Madrid: Espasa-Calpe, 1ª edición, 1983.

18 Michel de Montaigne, Los ensayos (según edición de 1595), Tr. J. Bayod Brau. Barcelona: Acantilado, 1ª edición, 2007. Capítulo XIX, Que filosofar es aprender a morir. p.122.

19 Jiménez Moreno

Por Gilberto Santaolalla

Ciudad de México (1977). Psicoterapeuta con 11 años de práctica. Maestro en Filosofía. Esposo y padre. Entusiasta de la filosofía, la escritura creativa, la carpintería, los oráculos y la fotografía. Aprendiz del fuego.

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