La voluntad para Fichte

voluntad para Fichte

La voluntad para Fichte

A la par de Kant y Herder, Fichte (1762-1814) –a quien Isaiah Berlin nombra “el verdadero padre del romanticismo”– incorpora la voluntad como particularidad del por qué actuamos como actuamos. La voluntad para Fichte es “razón dinámica, la razón en acción”. Argumentaba que, todos razonamos de la misma manera, sin embargo actuamos desde diferentes lugares. La voluntad se empata entonces con la búsqueda de la libertad individual.

Para Fichte, ni la contemplación ni el pensamiento hacen más conscientes al hombre, al contrario, mientras más dedicado está a un objeto, menos lo está de sí como sujeto. Para Fichte la autoconsciencia sólo surge de una resistencia de un Otro, de algo exterior a nosotros, donde el esfuerzo para resistirlo es la condición para saber que soy quien soy y que quiero lo que quiero en un mundo con otros hombres. De eso que es externo a mí, “extraigo” lo que necesito en función de quien soy yo. Cita Berlin a Fichte: “No acepto lo que me dé la naturaleza por obligación, creo en ella porque es mi voluntad”. El mundo depende de cada quien, no es un mundo para todos. No es lo mismo el mundo del poeta que el del banquero que el del médico, e inclusive, no el mismo el de Paz, que el de Bukowski, que el de Pacheco.

Además, para Fichte, los fines no son impuestos al hombre por medio de la naturaleza ni por Dios, sino es el hombre el que determina sus fines. “El fin no me determina: yo determino el fin”. Para el filósofo germano debemos vivir, no ser una repetición; más libertad que naturaleza, aunque ésta sea siempre un arma de doble filo. “[…] en el sistema de Fichte la virtud y el vicio tan sólo existían hasta el punto en que los concebía la conciencia individual”.

Fichte es el primer filósofo en establecer que los fines, aquellos utópicos pilares (aquellas ideas) que se resguardaron durante dos milenios, no se descubren en un reino trascendental, es decir, no están ahí afuera los valores esperando a ser develados, sino que los valores se crean. Y de la misma manera el hombre, sus valores no están en ideas externas a él sino que su “vocación sagrada […] consiste en transformarse a sí mismo y a su mundo por medio de su voluntad indomable”.

Entonces, la voluntad para Fichte es aquel ejercicio de libertad con la que el hombre se apropia de la idea de que aquel que no se hace no existe, pues descarta las reglas objetivas, las que dicen lo que se tiene que hacer. La creación se crea, para Fichte, de la nada.

Referencias:

  • Isaiah Berlin, Árbol que crece torcido, Tr. Jaime Moreno Villareal. México D.F.: Vuelta, 1ª edición, 1992.
  • H.G. Schenk, El espíritu de los románticos europeos, Tr. Juan José Utrilla. México: FCE, 1ª edición, 1983
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