
Enfermedades neuronales
El siglo XXI no es ni bacterial ni viral, sino neuronal. Enfermedades neuronales: depresión, TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad) o TLP (trastorno límite de la personalidad), son ocasionadas por un exceso de positividad, derivando en una violencia neuronal.
No responden a técnicas inmunológicas que buscan extraer “la negatividad de lo extraño”, a repelerlo, a hacer a un lado lo que es distinto.
Hoy en día (2010), en nuestra sociedad ─dice el autor de La sociedad del cansancio─, lo inmunológico reacciona frente a la otredad. Sin embargo, si no hay otredad no hay necesidad de lo inmune, no hay necesidad de atacar nada.
En lugar de la otredad (que, por cierto, aparece sin haberlo previsto) surge sin esperarlo la diferencia, a entender, una reducción, una devaluación, una sustracción. Es como decir coloquialmente: «y entonces, de la diferencia entre esto y aquello obtenemos tal». Un restar.
La diferencia
La diferencia “no genera ninguna enfermedad” pues la inmunidad no reacciona ante ella. Por el contrario, ante lo inmunológico la diferencia es vista como lo idéntico. La diferencia carece de “lo extraño”, no lo contiene: algo es sólo diferente de otra cosa y no se constituye de “lo raro” como eso que “ensancha nuestros sentidos, [pues] sólo ante el estremecimiento crece nuestra sensibilidad”, dice Zweig.
Como consecuencia de inflar lo diferente que no contiene lo extraño, lo extraño termina por también devaluarse como algo consumible, experimentamos formas debilitadas, vacías, en nuestra cultura Occidental: lo extraño se cambia por “lo exótico y el turista [que es el que] recorre” esto exótico con su afán de conocer más, y más, y más…
Lo anterior para argumentar que hoy en día ya no estamos bajo un paradigma inmunológico.
Dialéctica de la negatividad
“La dialéctica de la negatividad constituye el rasgo fundamental de la inmunidad”.
Lo otro inmune, es decir, lo otro como extraño que contiene una negatividad para nosotros (como lo es el Covid o la influenza o la hepatitis), entra en lo propio (en nosotros) y trata de ejercer su negatividad: es lo que hacen las enfermedades: el virus vs. nuestro cuerpo.
Si lo propio no es capaz de negar la negatividad de lo otro invulnerable, morimos. Si lo propio se autoafirma negando la negatividad de lo otro: es decir, si mi sistema inmune logra reaccionar de frente a la hepatitis, entonces logra su firmeza.
La vacuna, por ejemplo, es una pequeña cantidad de otredad que con su negatividad provoca la negación de esa pequeña cantidad de otredad mediante el sistema inmune de lo propio. De esta manera, mediante las vacuna, ejercemos “voluntariamente una pequeña autoviolencia para protegernos de una violencia mucho mayor, que podría ser mortal”.
Es así que Han puede afirmar que “[l]a desaparición de la otredad significa que vivimos en un tiempo pobre de negatividad”. A mi entender: donde no hay enfermedades no hace falta que algo en nosotros niegue un estado de enfermedad, no hace falta una dialéctica negativa que niegue estados amenazantes para nosotros.
Dialéctica de la positividad
Más bien… las enfermedades mentales del siglo XXI responden a una dialéctica de la positividad: responden al exceso de positividad, a la “sobreabundancia de lo idéntico”. Lo otro o lo extraño violentan, así como también lo idéntico, lo igual, lo homónimo, lo gemelo.
Podríamos decir que… si nuestro sistema de vida está dominado por lo idéntico (de manera que entonces no admite lo extraño, lo raro, lo diferente) sólo podremos hablar de defensas en un sentido que no es literal sino mediante asociaciones: de forma figurada, es decir, que aparentemente son defensas pero que en realidad no son necesarias. Pues una resistencia inmunológica sólo es posible cuando se identifica algo como un otro y no un igual. Lo que es idéntico en nuestra vida no hace necesaria la formación de anticuerpos en nosotros pues su presencia (de lo idéntico) no da a lugar reacciones de defensa pues no es visto como un ataque, sino como lo que ya está. De manera que, “en un sistema dominado por lo idéntico no tiene sentido fortalecer las defensas del organismo”.
Rechazo inmunológico vs. Rechazo no-inmunológico
Han diferencía entre Rechazo inmunológico (invulnerable) y rechazo no-inmunológico (vulnerable).
- El rechazo inmonológico (o invulnerable) no depende de la cantidad de otredad a la que se enfrenta pues su lucha está en reaccionar de frente a la negatividad contenida en lo otro: nuestro sistema inmune de cara a un virus (sea una gripe leve o fuerte) hace que nuestras defensas actúan. Su enfrentar expulsa la otredad pues supone una reacción inmunológica de cara a un ataque. En el rechazo inmunológico experimentamos el horror ante lo extraño, por ejemplo vernos cara a cara con Medusa, “la radical otredad que no se puede mirar sin perecer”.
- Por el contrario, el rechazo no inmunológico (o vulnerable) dirige su ataque a la saturación de lo idéntico (un exceso de positividad, una sobreabundancia de lo igual). Su enfrentar no expulsa, no es inmunológica, no niega nada, no niega la otredad porque no hay otredad que negar; tampoco busca crear un espacio interior que permita la defensa inmunológica pues no tiene sentido… pues no hay un otro.
- Estamos ante una violencia de positividad por los mandatos de la “superproducción, el superrendimiento o la supercomunicación” que no son virales, no son otredades amenazantes… sino consensuadas, anhelos de la sociedad de consumo. La inmunología no tiene lugar aquí pues no hay nada que rechazar. El rechazo ante el exceso de positividad es no inmunológico y actúa mediante “abreacción digestivo-neuronal” (una descarga de emociones y afectos ligados a recuerdos difíciles, generalmente experiencias infantiles dolorosas y traumáticas).
- Resulta entonces en un organismo agotado por exceso: nuestra fatiga y asfixia son violencias neuronales no virales, es decir, no es resultado de haber luchado contra lo otro extraño que quiere eliminarnos ─como lo es un virus, como lo es un jefe déspota, como lo es la cumbre de un volcán que nos hace cuestionarnos si somos capaces─, sino que enfrentamos una violencia hacia nosotros mismos que no presupone ninguna enemistad pues se dan en condiciones de una sociedad “permisiva y pacífica”.
Positividad del mundo
“La positivización del mundo permite la formación de nuevas formas de violencia”…
…formas que no vienen de otro mundo extraño sino parte de ese mismo mundo, “al sistema mismo” saturado de positividad. Y como son formas de violencia que son inmanentes al sistema, que le constituyen en aparente inseparabilidad (aunque nuestra razón si pueda distinguirlas), no tiene sentido el rechazo inmunológico.
Y es así que Han puede afirmar que “[a]quella violencia neuronal que da lugar a infartos psíquicos consiste en un terror de la inmanencia”, de algo que se acerca y viene en conjunto con nuestro mundo cargado de exceso de positividad, formando parte del sistema mismo que se alimenta de una dialéctica positiva.
Se da una violencia neuronal, un terror a lo inmanente no-inmunológico. Por ejemplo, «no soy lo suficientemente eficiente para sostenerme en mi proyecto personal de ser «la mejor versión de mi» pues yo soy el dueño de mi vida».
Importante: “La violencia de la positividad no es privativa, sino saturativa; no es exclusiva [que excluye], sino exhaustiva [que agota]. Por ello, es inaccesible a una percepción inmediata”. Es subrepticia. “La violencia neuronal no parte de una negatividad extraña al sistema”. Es sistémica, como se decía más arriba, una violencia contenida inherentemente en el sistema mismo: excesos de lo mismo, de lo idéntico.
Exceso de positividad…
… “el colapso del yo que se funde por un sobrecalentamiento que tiene su origen en la sobreabundancia de lo idéntico”.
Referencia
Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, Tr. Arantzazu Saratxaga Arregi. Barcelona: Herder, 1a. edición, 2012.


