La muerte de Dios

WIENE (El gabinete del doctor Calagari, 1920)
La muerte de Dios: modernidad, alienación y nihilismo

La modernidad, con sus intérpretes y grandes pensadores, ha colmado de ímpetu humano el espíritu de nuestro tiempo. No importa si ha sido la confianza en la madurez del intelecto, en la concepción científica del universo o en su contemplación; o si ha defendido la humanidad y su felicidad —con su razón ilustrada, con su evolución económica, con su deseo de dar libertad a los pueblos o mediante la dominación de la naturaleza—. Sea cual sea, cada noción ha sido inherentemente limitada, respondiendo a una manera particular de pensar lo que es (sin efectivamente dar cuenta de ello), con criterios de validez corresponsables con la forma de concebir la vida. Una intimidad temerosa que ha hecho distinción, mediante la fe en galimatías metafísicas, entre lo objetivo y lo subjetivo.

La construcción cartesiana del orden humano —por sobre el hallazgo de un cosmos regulador del orden divino— inicia la caída definitiva del orden cristiano medieval para dar paso a la secularización de la vida. A partir de ese momento el hombre se asumirá a sí mismo, a los otros, a la naturaleza y a la vida, de una manera radicalmente distinta a como lo hicieran su ancestros. Muere Dios y con ello la dotación de sentido que, si antes Su autoridad respaldaba, ahora será garantizada por medio de la Razón, cónsul que buscará organizar y regular el mundo humano ante lo real.

De dioses a hombres

La modernidad, el antropocentrismo y la secularización de la vida promovieron un hombre que busca autocomprenderse, pues los referentes del pasado le resultan obsoletos. Dios deja de ser omnipresente y omniabarcante, dotador de sentido absoluto, garantía y respaldo de lo político y la autoridad; deja de ser el sancionador, el punto de referencia y organizador.

El énfasis desesperado del hombre frenético nietzscheano (“«¡Busco a Dios, busco a Dios!»”[1]) no desea negar la existencia de Dios sino anunciar Su muerte, pues ha dejado de ser eterno. Busca dejar de hablar de aquel Dios que, por efecto de nuestras múltiples representaciones se ha vuelto obsoleto: nosotros los hombres lo hemos matado. Es para Nietzsche un momento fundamental de la Modernidad: el Dios cristiano[2] ha perdido su credibilidad, minando la fe que servía de sustento significativo. La fe está agotada y los hombres pierden sus referencias conocidas. Su ausencia será razón de derrumbe, comenzando por la moral construida sobre ella. A partir del deicidio lo humano buscará encargarse de su propio destino terrenal.

El yo soberbio

Esto tiene por consecuencia que la autoridad no recaiga más en un principio trascendental sino en la consciencia moderna, que se encarga de dicho poder (lo trascendental) al hacerlo inseparable de sí misma. No se trata más de un saber cerrado del mundo (agotado en la confianza metafísica de un mundo trascendental más verdadero que este) sino de su interpretación abierta. Un continuo despliegue de significados que la subjetividad (el yo), exacerbada y soberbia, busca acomodar (dotar de sentido), mostrando una “tendencia a aferrarse a falsas completitudes”.[3] Es el desencantamiento de una era que ha matado a Dios para divinizar al yo, donde su razón toma el papel de llave maestra en la que se confía la apertura significativa y organizativa de lo real.

Es así que, en opinión de Savater, a partir de la muerte de Dios Nietzsche busca razonar en contra la Razón, “quebrar el Círculo Lógico, de alcanzar un pensamiento que no sea producción de Ideas[4], y lo hace desde un plano metafísico-ontológico al cuestionarse sobre lo que hemos afirmado que es, con la única seguridad (sin saberlo) de que, muy probablemente, sea sólo ficción.

Nihilismo

Derivado de la muerte de Dios, Nietzsche anuncia un peligro inminente y, al mismo tiempo, una oportunidad liberadora: el nihilismo. Así, desde su uso frecuente a finales del siglo XVIII, el nihilismo se refiere a “la pérdida de fe con respecto a una instancia superior con el resultado de una absolutización del sujeto y una disolución de la interpretación moral del mundo”[5], así como la desvitalización de las teorías metafísico-morales y la aproximación del ser “a la nada”.[6]

Alienación

La muerte de Dios puede tener por consecuencia la alienación[7] de los hombres, estado individual o colectivo en que su consciencia se transforma haciéndola contradictoria con lo que debía esperarse de su condición existencial. Un mundo que promueve dicha pérdida de identidad mediante la negación de la misma muerte de Dios (conservador-reactivo[8]). Individuos pasivos que violentan mediante la moral y la religión, que obedecen y cargan con los mandamientos de comportamiento y cordura de los que ya tuvieron oportunidad de alejarse.

Por el contrario, es también una oportunidad de renunciar a las viejas ataduras y formas de vida, “una victoria sobre la vieja identidad responsable y las viejas ansias, podrá utilizar esa muerte en el sentido de su fuerza ascendente: no habrá perdido nada, sino que se habrá desatado”.[9] Es decir, el nihilismo puede ser también una ocasión para liberarse. Desatarse plantea una oportunidad que, aunque violenta, no es determinante, sino también una excepción en la que el sujeto puede tomar consciencia de su participación activa por medio de una intervención efectiva (responsable) de su existencia.

Referencias:

[1] Friedrich Nietzsche, La Gaya Ciencia, Tr. Germán Cano. Madrid: Gredos, 1ª edición, 2011. §125.

[2] Cuando Nietzsche habla de la muerte de Dios está pensando en el Dios de la tradición judeo-cristiana (monoteísta) que tiene injerencia no sólo en el ámbito religioso sino también en el orden a través de la ética y la moral. Cfr. Herbert Frey, Nietzsche, eros y Occidente: La crítica nietzscheana a la tradición occidental. México: Porrúa, 1ª edición, 2001.

[3] Leonardo da Jandra, Filosofía para desencantados. Girona: Atalanta, 1ª edición, 2014. p. 59.

[4] Ibid., p.70.

[5] Pavel Kouba, El mundo según Nietzsche, Tr. Juan A. Sánchez Fernández. Barcelona: Herder, 1ª edición, 2009., p. 201.

[6] Gianni Vattimo, Introducción a Nietzsche, Tr. Jorge Binaghi. Barcelona: Nexos, 2ª edición, 1990. p. 96.

[7] Para el antipsiquiatra británico R.D. Laing es necesario desaprender para experimentar el mundo con inocencia, sinceridad y amor, pues “los terrenos de la experiencia” nos parecen extraños. Lo nuevo nos demanda una apertura de mentalidad para comprender su existencia, pues “[n]adie puede empezar a pensar, a sentir, a actuar, a no ser que lo que haga partiendo del punto inicial de su propia alienación”. La condición de estar alienado, dormido, inconsciente, de estar fuera de la propia mente, es la condición del hombre normal. Todos estamos expuestos a ser arrastrados hacia sistemas de fantasía social en lo que corremos el riesgo de perder nuestra propia identidad en el proceso y, sólo retrospectivamente, darnos cuenta de qué nos ha ocurrido. Corremos el riesgo de caer en una posición falsa, al haber perdido las propias percepciones y valoraciones, e inclusive doblemente falsa por no darnos cuenta en qué lugar estamos. Al estar ahí, sin darnos cuenta, y muy probablemente hasta cómodos, pues es lo acostumbrado. Cfr. R. D. Laing, La política de la experiencia, Tr. Silvia Furio. Barcelona: Grijalbo, 1ª edición, 1977.

[8] Fernando Savater, Nietzsche. México: Aquesta Terra, 1ª edición, 1993. p.58.

[9] Idem.


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