La gratitud

Sebastião Salgado, Rezo de Acción de Gracias al dios Mixe Kioga en gratitud por la buena cosecha, 1980.

Difícil y escasa, pero la más dulce de todas las virtudes. Sorprende lo difícil que puede llegar a ser. La gratitud alarga un primer placer: ¡qué alegre me siento de estar alegre! “La gratitud es el placer de recibir y la alegría de estar alegre”. Y, sin embargo, aunque uno trabaje en uno mismo para ser agradecido puede uno no serlo. Resulta entonces importante tener en cuenta que toda gratitud siempre vence un obstáculo y, de ahí, su carácter misterioso.

Contrario a la generosidad (donde se “supone una pérdida”) en la gratitud uno no pierde nada. Por el contrario, la gratitud nos da placer por haber recibido, es un “agradecimiento exaltado pero no se sabe de qué”. Si la gratitud es difícil es tal vez por nuestra incapacidad de dar… pues en la gratitud damos las gracias, “obtenemos” algo pues compartimos con el otro o gracias al otro. «Esta alegría que siento es gracias a nuestro encuentro y comparto mi alegría contigo: la alegría de estar alegre». En este sentido, la gratitud es un reconocimiento que se dá gracias al encuentro con lo otro, de lo que brota un conocimiento y no más bien una imaginación como sí lo es en la esperanza.

La gratitud es una alegría que se deja acompañar por aquello que sentimos que la ocasiona: puede ser, por ejemplo, la generosidad que el otro muestra con nosotros. “Alegría y amor a cambio de lo que nos han dado”. “[…] sólo podemos sentir gratitud hacia los seres vivos”. Toda alegría, hasta la más íntima, “tiene un motivo exterior”: la flor, el cielo, El Sol, los astros, Dios, la naturaleza.

“La gratitud se ve movida a actuar, a su vez, en favor de quien la suscita”, pero no en una dinámica de «toma y daca» (como es el interés comercial), sino por un amor que queremos devolver mediante alegría a quien me alegra (conocido o desconocido) o cualquier cosa. Gratitud, “la gracia de una gracia más alta, que es la de existir, que es la existencia misma, que es el ser mismo”.

Pero ojo… nadie ha podido existir a causa de sí mismo, si fuera así contraeríamos una deuda impagable y diríamos entonces algo como: «estoy en deuda con la vida que tenemos». No, la vida es gracia, “ser es gracia, y ésta es la mayor lección de la gratitud”.

La gratitud se aleja de la pesadumbre ( e.g. melancolía, sufrir por lo que no fue o nostalgia, sufrir por lo que ha dejado de ser y que fue) y también se aparta de la esperanza y de la angustia, que desea y que teme, respectivamente, un futuro que aún no es. Por el contrario, la gratitud agradece el presente y no se inquieta. Los ingratos e inquietos son los insatisfechos que esperan o extrañan lo que no han vivido. “La gratitud es esta alegría [la que se alegra de vivir y de lo vivido] de la memoria, este amor por el pasado, no este sufrimiento por lo que ha dejado de ser, ni el lamento por lo que no ha sido, sino el recuerdo alegre de lo que fue”.

Lo que hemos vivido nadie nos lo quita, ni la muerte; ella sólo nos priva del futuro, que ni siquiera existe. La gratitud entonces nos ayuda a liberarnos del temor por el futuro pues nos sabemos felices por lo que hemos vivido. Nos ayuda también a concretar el duelo de lo que fue y que ya no es más: “«Hay que sanar a los desgraciados por el recuerdo agradecido de lo que se ha perdido y por saber que no es posible hacer que no haya sucedido lo que ha sucedido”. Aceptación de lo sucedido, amarlo tal cual es en su verdad contenida. “El trabajo del duelo es el trabajo de la gratitud”.

Ojo con el odio y el rencor que encuentran sus maneras de permanecer por encima de la gratitud, lobos que se esconden en trajes de oveja como intereses disfrazados con los que agradecemos para recibir mayores favores. “Gratitud no es complacencia. Gratitud no es corrupción”: no es gratitud agradecer el no haber haber sido evidenciado de un robo, por ejemplo.

Agradezco que existas, que estés cerca de mí pues en ti me reconozco y eso me alegra y lo comparto contigo, de manera que la gratitud es el “secreto de la amistad”: a los amigos les agradecemos no por que les debemos algo sino por la alegría que nos suscita la relación con ellos.

Referencia

André Comte-Sponville, Pequeño tratado de las grandes virtudes, Tr. Berta Corral y Medcedes Corral. Barcelona: Paidós, 2005.

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