La fortuna de la felicidad, una lectura de Jean Grondin

Caspar David Friedrich – Der Abendstern (1830)

¿De dónde procede nuestra felicidad?

¿Es el mismo lugar del que emergen nuestras preguntas existenciales? Sabemos (pues así algunos lo hemos experimentado) que la vida se nos aparece en ocasiones como amanecer y en otras como ocaso. Varias son las voces que nos invitan a «ser felices», como si ésta fuera una meta que se alcanza. Pero, “¿qué felicidad?” se pregunta Grondin. Entre la desgracia y la dicha encontramos distintas excusas para hablar de una u otra; sentimos cómo se forma una tensión entre lo que somos —de manera desgraciada— y lo que quisiéramos ser —esperanzados de gracia. Tendemos hacia algo, nos sentimos inspirados (o no) por alcanzar “aquello”.

¿Qué es la felicidad? ¿Es algo efectivamente (real) alcanzable?

Para la lengua francesa el bienestar es limitado, acotado temporalmente; es el bonheur, la “«buena hora»”. Para los alemanes glück es felicidad, compuesta de suerte y alegría. Se es feliz por azar. De manera que “[l]a felicidad no se controla, se recibe y nos llena de contento. Aquel que es glücklich («feliz») está colmado de felicidad, de alegría, pero sobre todo de suerte”. De lo anterior que Grondin pueda afirmar que la felicidad no es algo que se crea pues la suerte no se crea; más bien uno tiene «un golpe de suerte» que lo hace a uno sentir gozo por un tiempo limitado, por lo que se recomiendo sacarle provecho al momento cuando pasa. ¿Cómo? Gozándolo pues tiene duración. Una fortuna (en francés antiguo) que es siempre “muy frágil” pues nada del destino —sabemos por experiencia— puede tornarse en catástrofe. “Toda fortuna es precaria”, tiene poca estabilidad, se consume, tiende a acabarse por definición.

Es curioso como la palabra «fortuna» (que en estricto nos habla del encadenamiento de sucesos que se consideran como fortuitos o incluso, mucho antes, la divinidad mitológica que presidía a los sucesos de la vida, distribuyendo ciegamente los bienes y los males) ahora, en nuestro mundo capitalista, tome la acepción de riqueza financiera (“capital, caudal”), de manera, dice Grondin, podemos decir que «hemos asegurado una fortuna que nos dará tranquilidad en el futuro».

Felicidad y trabajo

Nos es conocido identificar la felicidad con la riqueza económica, decir que son lo mismo. Recordemos que para Calvino aquel que contaba con riqueza económica era cercano a un gracia divina, de manera que el trabajo era el vehículo con el que se lograba o no dicho mérito. De lo anterior que podamos escuchar que se dice que «cada cual tiene la felicidad que se merece»: si trabajas mucho te mereces la felicidad. Así que, en éste ámbito, la felicidad es un producto de nuestro trabajo.

Sin embargo, comenta Grondin, resulta problemática la idea “según la cual la felicidad debe y puede controlarse y producirse, como si no le adeudara nada a la «fortuna»” en el sentido que se explica arriba. Nos queda en las manos una felicidad producida, planificada, resultado de nuestro control, desligada de la fortuna, de la sorpresa, de lo incierto. No resulta difícil imaginar la situación en la que uno se dice «Muy bien, lo quise, lo busqué, hice todo lo que estuvo a mi alcance para lograrlo y ya lo tengo… ¿y ahora qué?».

Se sospecha una desesperación por querer salir de la condición humana y su fragilidad azarosa. ¿Por qué la muerte, por qué la enfermedad, por qué la discontinuidad, por qué el tiempo? «¿Qué puedo hacer yo para controlar lo incontrolable?».

Entonces, si la felicidad no es algo que se puede producir, ¿de dónde proviene?

Ya se dijo antes: de la cercanía con la fortuna, con el destino y la ventura. La felicidad nos viene, es algo que nos sucede, “pero a la manera de una aventura” dice Grondin. Es con lo que nos topamos de frente sorpresivamente y que nos cachamos envueltos en ella de repente; sumergido nuestro cuerpo en un fascinación. Y, también, lo que va bien, dice el autor, puede tomar un “mal rumbo”. Dos puntos de vista: la felicidad “es la evidencia de la vida” donde la infelicidad es su negación y, por lo tanto, su excepción; o la infelicidad (el sufrimiento) es lo común, lo habitual y la felicidad se mira con esperanza.

Referencia:

Jean Grondin, El sentido de la vida: un ensayo filosófico, Tr. Jorge Dávila. Barcelona: Herder, 4a reimpresión, 2017.

Por Gilberto Santaolalla

Ciudad de México (1977). Psicoterapeuta con 11 años de práctica. Maestro en Filosofía. Esposo y padre. Entusiasta de la filosofía, la escritura creativa, la carpintería, los oráculos y la fotografía. Aprendiz del fuego.

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