La experiencia errática

La experiencia errática

La experiencia errática

Sáez Rueda, en su libro Ser errático: una ontología crítica de la sociedad, se refiere al ser errático (rae: vagabundo, ambulante, sin domicilio cierto) no como el individuo que es expulsado sino “a un estrato ontológico del ser humano”[1], algo que le constituye, pues es de suyo “la creación del mundo [su mundo] desde el mundo”[2]. Un mundo que, al mismo tiempo, habita y desde la excentricidad, es decir, porque mora en un lugar tiene un mundo, pero es un mundo que le es lejano no próximo. La lejanía de este mundo produce en el hombre una mirada de extrañamiento. Extrañamiento en un camino partido, fragmentado, que le hace pertenecer o no a él. Sin embargo, la condición de ser errático le hace también dignificarse, pues le coloca ante su “radical soledad”[3], que pone en duda lo establecido, buscando nuevas formas de construir y habitar su mundo.

En contraste al extrañado del mundo está para Sáez Rueda el “errático imponderable”[4], del que sus consecuencias no pueden ser estimadas. El primero  —el extrañado— vagabundea por el mundo, el segundo  —el errático imponderable— es consecuencia de la historia y sólo medida de lo que en ella sucede.

En opinión de Nietzsche, nadie pone en duda lo establecido, y dice: “[…] como uno que tiene tiempo, me hablo a mí mismo. Nadie me cuenta cosas nuevas: por eso yo me cuento a mí mismo”[5], de manera que “[t]odo es libertad: ¡puedes puesto que quieres!”[6]. Para el filósofo, en el pasado sólo hay ilusiones y no saber. ¿Será?

En consecuencia, apunta Sáez, nuestra sociedad —que se afana de la necesidad de estar en constante movimiento—, paradójicamente se muestra estática, orillando al errático a luchar desde su trinchera con aquellas ficciones con las que amenaza la mayoría.

Recuerdo a Nietzsche cuando señala el daño que hacen “los buenos” pues, a partir de que creen lo que es bueno y malo, lo justo e injusto, son los que mayor daño ocasionan. “¡Los buenos tienen que crucificar a aquel que se inventa su propia virtud! ¡Esta es la verdad!”[7]. Para Nietzsche, el bueno está en contraposición al creador, aquel que rompe tablas y viejos valores, las tablas antiguas y sus mandamientos contenidos en ellas. El creador, el que derriba una ley moral establecida y que “se le ha considerado en un primer momento un hombre malo”[8]. Los que se dicen buenos no pueden crear, “son siempre el comienzo del final”; buscan sacrificar a los creadores, sacrificando así no sólo su futuro sino el de toda la humanidad. La historia hace que aquellos que alguna vez fueron llamados hombres malos lleguen a ser hombres buenos, y viceversa.

El hombre creador, así como el extrañado del mundo, se interroga, pues descubre que la verdad no está afuera de él sino que se le revela en la acción de hacer su mundo, aprehendiendo sentido en un mundo que carece de él. Es ahí donde la libertad del hombre creador se manifiesta, en la significación de lo que le es excéntrico. El hombre libre experimenta consigo mismo. Dice Nietzsche que: “¡Tenemos el derecho a experimentar con nosotros mismos!”[9], sin embargo nos sacrificamos en aras del conocimiento: “¡Qué importo yo! —ésta será la divisa escrita en la puerta de los pensadores del futuro”[10]. Sugiere estar alegres de cara al conocimiento pues ya se tomó demasiada seriedad en esa búsqueda. En “Del leer y escribir”[11] acota Nietzsche sobre aquellos que llegan alto, “[v]alerosos, despreocupados, irónicos, violentos —así nos quiere la sabiduría: es una mujer y ama siempre únicamente a un guerrero”[12]. El extranjero, así como el creador, experimentan con su vida, renunciando a la efímera seguridad. Dice Nietzsche:

“Vivimos, pues, una existencia precursora o declinante, según nuestro gusto y nuestras capacidades. Por ello lo mejor que podemos hacer en este interregnum [13] es ser, en la medida de lo posible, nuestros propios Reyes, y fundar pequeños estados experimentales. Somos experimentos, ¡queramos también serlo!”[14].

De manera que, irresolublemente, el “hombre camina sobre abismos”[15]. Y, nuevamente, su soledad se manifiesta. El hombre está solo. Dice al respecto Sáez:

“Si no alcanza esta experiencia radical, una experiencia que tiende a ocultársela con las más variadas estrategias, se convierte en su propio sepulturero y se condena a una vida abúlica[16], sin auténtica pasión y sin deseo. Le ocurre en la vida cotidiana, donde establece relaciones de almidón si no se afronta a sí mismo primero solitariamente. Y le ocurre en la aventura del pensamiento”[17].

¿Qué es lo bueno entonces? “Ser valiente es bueno”[18], nos dice Nietzsche. Ser creador, errático, vagabundo, ser disidente, requiere de valentía, pues la extrañeza surge de ubicarnos en un lugar no habitual, que aunque aparentemente familiar, también nos puede resultar exótico, extraño, que nos haga sentir como extranjeros en nuestro propio mundo. Si confiáramos en un mundo externo predeterminado en el que nuestra función en él estuviera estipulada con anterioridad a nuestra llegada, el hombre sólo sería responsable de cumplir con dicho designio. Sin embargo, como hemos visto, el mundo no nos es dado, somos arrojados a él (sin previa petición) y queda en nosotros la construcción creativa o la repetición histórica, lo que quiero y deseo de mi mundo, pues “[e]l mundo no precede al sujeto; más bien es, en buena medida, su proyección, su obra”[19]. El mundo no nos es dado más bien hemos de hacerlo. O, de lo contrario, lo que pienso y puedo hacer, y que llevo a acto, será una repetición de costumbres.

Sin embargo, se corre un gran riesgo, de ahí la valentía a la que invita Nietzsche. Dado que no nos es dado el mundo y somos responsables de hacerlo, en ese hacer, en ese ser-en-el-mundo, podemos fracasar, construir un mundo endeble, que se venga abajo en cualquier momento y, con ella, la del hombre mismo. El hombre se juega a sí mismo en ese hacer su mundo pues “[q]uien es hombre vive en una posición que se extraña absolutamente de sí misma”[20], pues “[s]e ha topado uno consigo y no sabe manejarse”[21]. Ya antes ha rechazado otros mundos (los de la cultura objetiva), ha decidido hacer su mundo por sí mismo. Pero ahora, junto con el riesgo de perder su mundo y extraviarse a sí mismo, está un tercer riesgo, que espera en el fondo del acto libre: la nada.

Ante tal escenario bien se nos podría decir: «Es claro que, no sólo el egoísmo es un riesgo para los hombres, que los ofusca al hacerles ver por sí mismos antes que por lo otros, sino que además, el ser egoístas les implica buscar su propio mundo. ¿No es acaso una tarea de tontos exponerse tanto, arriesgarse tanto en desviar la mirada de las formas comunes que nuestra “sabia” sociedad nos brinda, para terminar, al final del día, sin nada?».

De lo anterior, es por eso que “… como seres que pueden extraviarse en el entorno, se esfuerzan en poner remedio a la certeza de estar fuera de lugar y no en su elemento…”[22].

Sin duda, preferimos lo habitual sobre lo desconocido y extraño… ¿o, no?


Referencias

  • Luis Sáez Rueda, Ser errático, una ontología crítica de la sociedad. Madrid: Trotta, 1ª edición, 2012.
  • Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Tr. Andrés Sánchez Pascual. Madrid: Alianza, 11ª reimpresión, 2008. III, “De los tres males”, p. 270. En lo consecutivo Así habló Zaratustra = AHZ
  • Friedrich Nietzsche, Aurora, Tr. Germán Cano. Madrid: Biblioteca Nueva, 1ª edición, 2000. §9. En lo consecutivo Aurora = A.
  • Sloterdijk, El extrañamiento del mundo. Trad. Eduardo Gil Bera. Valencia: Pre-Textos, 1ª edición, 2001.

[1] Luis Sáez Rueda, Ser errático, una ontología crítica de la sociedad. Madrid: Trotta, 1ª edición, 2012. p. 11 [2] Sáez Rueda, p. 11 [3] idem, p. 12 [4] ibidem [5] Nietzsche, AHZ, III, “De tablas viejas y nuevas”, 1. p. 278 [6] idem, p. 285 [7] idem, p. 98. [8] Nietzsche, A, §20 [9] idem, §501 [10] idem, §547 [11] Nietzsche, AHZ, I. [12] idem, I, “De leer y escribir”, p. 74. [13] Interregno: espacio de tiempo en el que un estado carece de soberano [14] Nietzsche, A, §453 [15] Sáez Rueda, p. 53 [16] Falta de voluntad, o disminución notable de su energía [17] ibidem [18] Nietzsche, AHZ, IV, “El grito de socorro”, p. 340. [19] Sáez Rueda, p. 55 [20] Sloterdijk, p. 29 [21] idem, p. 31 [22] idem, p. 91

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