La existencia de Dios según Descartes

La duda en la filosofía cartesiana

La duda permite suspender (no niega) aquellos antiguos fundamentos sobre los que nuestras opiniones están apoyadas; aquellos paradigmas que hemos aprendido por medio de los sentidos. Sentidos que se remiten a algo real, sea esto en sueños o en vigilia, pero que sin embargo podría estar siendo obligado a engañarse por parte de Dios.

Los pasos que Descartes sigue en su dudar son:

1) Libera de prejuicios (suspender mí juicio); “Todo lo que veo es falso”. Recordar los prejuicios que alguna vez tuvo y ahora suspende pues, si alguna vez fueron tomados por verdad (sin serlo) entonces son probables de existir y, por lo tanto, hay razón de creer en ellos más que en negarlos.

2) Un proceder contrario fingiendo que todas las opiniones son falsas e imaginarias; “nada de cuanto mi mendaz memoria me representa ha existido jamás”.

3) Balancear opiniones, purificarse al separar espíritu de sentidos y no tener duda cuando estemos de frente a la verdad y

4) Acceder al conocimiento de la verdad, no obrando sino meditando y conociéndola; verdades claras y distintas. Llegar al primer principio, pues si bien las sensaciones son verdaderas para mí no es la verdad en sí.

La existencia de Dios

  1. Hay cosas claras y distintas que me parecen verdades.
  2. Además, esas cosas claras y distintas, son sencillas y fáciles.
  3. Si se pusieran en dudas esas cosas, no habría otra razón de ponerlas más que Dios haya querido engañarme.
  4. Dios tiene el poder de engañarme aún en lo que me es evidente.
  5. Pero aún y cuando fuera engañado por Él, me pensaría en la posibilidad de ser engañado, y porque me pienso engañado es que pienso, y por lo tanto, porque pienso entonces existo.
  6. Entonces, ¿existe Dios? Pues parece que mi existencia sólo depende de mí pensar, entonces ¿hay un Dios?
  7. “La idea de un Dios infinito […] tiene en sí más realidad objetiva que las que me representan sustancias finitas”.
  8. El efecto, que yo piense en un Dios, debe tener correspondencia con una “causa eficiente”, igual o de mayor verdad que el efecto.
  9. La causa no puede ser menos perfecta que el efecto, por lo tanto, la causa no puede ser menos real que el efecto. Si lo que pienso es real (el efecto), entonces la causa contiene más realidad.
  10. Toda idea tiene una causa, no puede no tenerla (“haberlo recibido de la nada”).
  11. Toda idea viene de otra idea, y así infinitamente (proceso que lleva a la verdad) hasta llegar a una idea primera.
  12. Esta idea primera es el “arquetipo”, “que contiene toda la realidad o perfección”.
  13. La anterior, poseedora de toda verdad objetiva, verdad que no se encuentra en mis ideas, entonces no estoy solo en el mundo. Hay otro que es causa de esas ideas que yo tengo.
  14. El Dios omnipotente, infinito, eterno, etc., no puede proceder sólo de mí, pues yo soy finito, y de lo finito no se puede originar lo infinito, pues no me reconozco como substancia infinita.
  15. No me reconozco como sustancia infinita, pues por negación del finito no puedo llegar al infinito, de la misma manera que la no luz es la noche.
  16. Lo infinito se reconoce por manifestación que es más que lo finito, por lo tanto lo infinito es antes que lo finito.
  17. Por lo tanto, si el infinito es Dios y lo finito soy yo, y lo infinito es más que lo finito, entonces, Dios es más que yo.
  18. Dudo y deseo, porque algo me falta y no soy perfecto, porque hay una idea en mí que puedo saber más.
  19. Por comparación de lo que soy con lo que podría ser (tarea infinita) es que hay Dios.

Entonces, la percepción que tiene Descartes del infinito es anterior (ontológica) a sí mismo. La primacía ontológica es la sustancia infinita, pues a todo lo que es (a todo ente) le falta algo, estamos en insuficiencia ontológica. Yo que soy falta requiero el complemento cierto para ganar la perfección. Perfección ante el horror al vacío. Si Descartes fuera por sí, no dudaría, ni desearía, ni le faltaría nada, estaría completo, sería infinito, fin de la historia, no habría un algo y más bien nada.

Referencia: René de Descartes, Meditaciones Metafísicas, Tr. Vidal Peña. Madrid: Alfaguara, 1ª ed., 1977.

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