Ética como meta-política anárquica, Simon Critchley

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Apuntes sobre “Ética como meta-política anárquica”, Simon Critchley

La democratización como acción basada en una demanda ética. La acción política no fluye del juicio de la razón, de una filosofía materialista o idealista de la historia o de una escatología secularizada, sino que se alimenta de lo que Critchley llama “el momento meta-político” (p. 119). Requerimos de una ética para saber qué hacer ante situaciones políticas.

  • Un momento ético meta-político.
    • Sujeto ético, la manera en la que el Yo (self) se une voluntariamente con una concepción de “bien”.
    • Una ética, para Critchley, basada en una “hetero-afectividad” (hetero – “otro”, “distinto”) de la demanda de los otros. “Una hetero-afectividad anterior a cualquier auto-afirmación o distracción que reclame autonomía” (p. 119). Ética como primera filosofía, como pretendía Lévinas.
    • La experiencia ética también puede ser entendida en términos de la conciencia, comprendida como la división misma en el Yo, un deshacer y una desposesión del Yo.
      • Deshacernos: conmovernos de deshacernos a nosotros mismos, un conmovernos doloroso, de pesadumbre.
      • Siguiendo a Judith Butler, nos deshacemos por cada otro. Una experiencia de dolor que no despolitiza (Quitar carácter o voluntad política a alguien o a un hecho), “sino por el contrario nos muestra nuestra esencial interconectividad y vulnerabilidad a la demanda de los otros” (p. 120).
    • Una hetero-afectividad que divide la subjetividad entre sí y una demanda que no puede ser cumplida. Una demanda cuya aprobación me hace ser el sujeto ético que soy y que al mismo tiempo me divide de mí mismo. El rostro del otro.
    • Una demanda ética que nos “dividuates” (dividualiza) con humor y humanamente.
    • Las experiencias de dolor y el luto nos llevan a una propia-desposesión afectiva (o un propio deshacer) que “puede proveer la fuerza motivacional para entrar en una secuencia política” (p. 120).
    • Este momento meta-político que nos impulsa a hacer frente (o no) a una situación injusta, no por medio de normas legales soberanas que hace uso de la amenaza de violencia, sino con una capacidad de respuesta a la precariedad pura del rostro del otro. “Una política ética fluye desde nuestra impotencia constitutiva ante el rostro del otro” (p. 120).
    • “Si una ética sin política está vacía, entonces una política sin ética es ciega” (p. 120).
    • Requerimos de una ética para saber qué hacer ante situaciones políticas. Critchley conecta con el anarquismo de Lévinas:
      • Anarquía como nombre de aquello que precede cualquier principio (arché).
      • Para Lévinas el sujeto, con su propia postura soberana, ha dominado la filosofía moderna, a la que llama Critchley “la autonomía ortodoxa”. Una autarquía, como la propia-creación o propia-legislación o propia-satisfacción.
      • “Por el contrario, para Lévinas, la subjetividad ética es la experiencia de ser afectado por otro de una manera que precede la consciencia y que pone un duda nuestra espontaneidad y soberanía” (p. 121). Nuestra propia postura soberana es destituida.
      • Por lo tanto, para Lévinas la relación con el “vecino” es anárquica pues el otro me pone en una postura que está bajo su demanda aun por el hecho de ser yo y antes de cualquier acto de mi voluntad. Es una experiencia ética heterónoma[1].
    • “La Anarquía […] no debe de buscar establecerse como el nuevo principio hegemónico de organización política, sino permanecer como negación de la totalidad y no la afirmación de una nueva totalidad. La anarquía es un disturbio radical del estado, una ruptura del intento del estado por establecerse a sí mismo como el todo. En nuestros términos, la anarquía es la creación de la distancia intersticial dentro del estado, la duda continua desde debajo de cualquier intento de establecer un orden desde arriba […] la anarquía ética es la experiencia de las múltiples singularidades del encuentro con otros que definen la experiencia de la sociedad. Cada una de estas singularidades nos abruman y nos deshacen y nunca podemos hacer suficiente para responder a ellas. Cualquier intento por ordenar estas singularidades […] está destinado a fracasar. Este es el núcleo anti-autoritarista del trabajo de Levinas” (p. 122-123).

[1] 1. adj. Dicho de una persona: Que está sometida a un poder ajeno que le impide el libre desarrollo de su naturaleza.

Referencia: Simon Critchley, Infinitely Demanding – Ethics of Commitment, Politics of Resistance. Nueva York: Verso, 2007, 1a edición. Pp. 88-132

Por Gilberto Santaolalla

Ciudad de México (1977). Psicoterapeuta con 11 años de práctica. Maestro en Filosofía. Esposo y padre. Entusiasta de la filosofía, la escritura creativa, la carpintería, los oráculos y la fotografía. Aprendiz del fuego.

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