La atención como oración: una lectura de Simone Weil

Simone Weil

A partir de Simone Weil, “Reflexiones sobre el buen uso de los estudios escolares como medio de cultivar el amor a Dios”, en A la espera de Dios, reflexionaré en torno a la atención.


“La oración está hecha de atención. Es la orientación hacia Dios de toda la atención de que el alma es capaz.” Para Simone Weil, esto es lo que constituye la oración cristiana: no el sentimentalismo ni la calidez del corazón —eso no puede suplir la atención—, sino la calidad misma de la atención que se orienta hacia Dios. Sólo su parte más elevada entra en contacto con Él, cuando la oración es lo bastante intensa y pura como para que ese contacto se establezca.

Los estudios como gimnasio de la atención

Weil contrasta la oración con los ejercicios escolares. Éstos desarrollan una parte “menos elevada” de la atención, pero son eficaces para incrementar la capacidad de atender, siempre que conserven en el fondo esa única intención. La atención es una facultad que demanda formación, y deben ser (para ella) el verdadero objetivo y único interés real de los estudios: no las disciplinas en sí, sino la atención que se forma a través de ellas. No se trata de que no sintamos afinidad por los distintos conocimientos humanos; se trata de que, si los amamos, es porque están orientados a Dios.

La atención no se ejercita tanto en resolver los problemas como en la disposición frente a ellos. No importa la facilidad o preferencia que uno tenga por cierto tipo de planteamientos —el lenguaje matemático, por ejemplo—; lo favorable es hallarse frente a la resolución de un problema. La atención ya se ha ejercitado en el enfrentamiento, no tanto en la solución. Weil lo dice con claridad:

“Si se busca con verdadera atención la solución de un problema de geometría y si, al cabo de una hora, no se ha avanzado lo más mínimo, sí se ha avanzado sin embargo, durante cada minuto de esa hora, en otra dimensión más misteriosa. […] El fruto se encontrará algún día, más adelante, en la oración.”

Ese esfuerzo no es sólo “echarle ganas”, es un sostenimiento de la atención, un permanecer frente a un problema —académico, personal, espiritual— sin huir, sin inventar falsas soluciones, sin esperar recompensa inmediata. Y ese fruto revierte en la oración, porque orar es, para Weil, un acto de atención pura: una mirada sostenida, una espera silenciosa, una apertura a lo real sin apropiarse de ello. Incluso cuando el esfuerzo parece estéril, “algo seguro, sin la menor duda” se ha ganado: un movimiento de alma afín a la oración, vaciarse un poco del ego, aprender a recibir.

Lo vivimos en carne propia en Madrugada ’25, estudiando textos extraños y difíciles que no entendemos del todo. Aun así, buscamos mantenernos ahí con atención sincera, sin autoengaño. Para Weil, ese trabajo ya es oración en acto: no por el resultado, sino por la calidad de la atención.

Las certezas sobre todo esto son para Weil de carácter experimental: uno ha de actuar creyendo, y entonces experimentarlo, teniendo fe —lo cual puede resultar contradictorio, pero así son “todos los conocimientos útiles al progreso espiritual”. Con el tiempo, esa fe “tenebrosa y sin luz” se transforma en certeza. Cuántas veces alguien realiza un esfuerzo de atención con el único propósito de captar mejor la verdad, adquiere esa mayor capacidad, aun cuando el esfuerzo no produzca ningún fruto visible: “cada esfuerzo añade un poco más de oro a un tesoro que nada en el mundo puede sustraer”. A mi entender, es el oro de los alquimistas: la transmutación del plomo al oro, de nosotros mismos.

Estudiar sin buscar la nota

Weil pide algo radical: estudiar sin ningún deseo de obtener buenas notas, sin importar la dificultad de la materia, teniendo presente que todo sirve para formar la atención que constituye la sustancia de la oración. Lo que se nos pide es hacerlo correctamente —de un modo preciso, cabal, conforme a las reglas— y eso invoca una implicación de la voluntad que resulta en un verdadero esfuerzo. No importa el objeto que atendemos: lo relevante es la oportunidad de ejercitar la atención.

De ahí las dos condiciones para el buen uso espiritual de los estudios. La primera: excluir cualquier otro fin. La segunda, más exigente: “obligarse rigurosamente a mirar de frente, a contemplar con atención […] cada ejercicio mal resuelto en toda la fealdad de su mediocridad, sin buscar ninguna excusa […] tratando de remontarse al origen de cada error”. Creo que esta lectura se extiende más allá del aula: a la atención de nuestras faltas en cualquier ámbito de la vida, en vez de pasarles la página con una mirada de reojo.

Esto ejercita la humildad, pues “la contemplación de la propia estupidez es quizá más útil incluso que la del pecado”. Contemplar el pecado acarrea el sentimiento de ser malo —lo que alimenta cierto orgullo, porque incluso el orgullo requiere de una mirada exterior. Recuerdo a compañeros de secundaria que se sentían “bien” por ser malos estudiantes. Observar, en cambio, lo mal resuelto (lo malogrado) es evidencia simple de la propia mediocridad: de que podría hacerse mejor. Ese conocimiento es, para Weil, de lo “más deseable”. “Si se cumplen estrictamente esas dos condiciones, los estudios escolares son un camino hacia la santidad tan bueno como cualquier otro.”

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Las confusiones sobre la atención

Se cree que la atención es una especie de esfuerzo muscular: fruncir las cejas, contraer los músculos. Pero eso no es prestar atención —”es sólo una ilusión”, dice Weil—, sino sólo cansarse. “La fatiga no tiene ninguna relación con el trabajo.” Cuando Weil habla de “el trabajo” no se refiere a esforzarse mucho o a cansarse, sino a un esfuerzo bien orientado cuyo núcleo es la atención.


Un puente con Le Breton: la fatiga deseada

Esto me llevó de vuelta a lo que habíamos visto con David Le Breton sobre la fatiga. Las actividades que realizamos con gozo abren la posibilidad de fatigarnos y “borrarnos ligeramente” mediante un reposo voluntario que nos hace continuar con alegría —como cita Le Breton a Chrétien: “No hay fatiga feliz si no somos felices ya antes incluso de fatigarnos.” Cuando ponemos esfuerzo en algo hay ausencia de reposo; al terminar, descansamos por fatiga y desaparecemos un poco, lo que nos lleva a “un mundo limitado” donde “la implicación cotidiana en los acontecimientos del día a día no puede llevarse a cabo ya”. La fatiga es, así, un desapego: algo —el cuerpo— nos obliga a desatendernos.

En las actividades deportivas extremas, en cambio, uno busca fatigarse: un cansancio sin culpa, “una búsqueda de sentido que proporciona felicidad”, donde “se proyecta el propio cuerpo en el mundo […] para experimentar de nuevo la sensación de existir”. Hay ahí una delgada línea entre recobrar la plena consciencia o rozar el “preludio de la desaparición”. La diferencia, dice Le Breton, es si esa fatiga es impuesta o elegida y aceptada. Yo la oriento.


No es la voluntad la que mueve nuestra inteligencia, sino sólo el deseo: “para que haya deseo, es preciso que haya placer y alegría.” Cuando sólo hay voluntad esforzada, sin deseo, terminamos siendo “caricaturas de aprendices”. Sólo el deseo permite que la inteligencia sea movida y se prepare para la vida espiritual, “pues el deseo orientado hacia Dios es la única fuerza capaz de elevar el alma”. Pero precisa Weil: es Dios quien viene a recoger nuestra alma, “pero es el deseo lo que obliga a Dios a bajar” —un deseo nuestro, atendido cuando ha habido insistencia frecuente y prolongada, como la oración de la que hablábamos al inicio. (Aquí me parece conveniente considerar a un Dios más allá del Dios cristiano, más amplio. Esto no lo dice Weil; lo digo yo.)

Un esfuerzo negativo

“La atención es un esfuerzo; el mayor de los esfuerzos quizá, pero un esfuerzo negativo”: uno en el que no se hace nada, que no implica fatiga, porque si la fatiga aparece, el cansancio obstaculiza la atención. Es difícil atender, porque “hay algo en nuestra alma que rechaza la verdadera atención” —y atender, precisamente, “destruye algo del mal que hay en uno mismo”: el desgano, la apatía, el sin sentido.

“La atención consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable al objeto”, manteniendo a un lado, sin mirarlos, los conocimientos ya formados —como los “numerosos bosques y llanuras” a los pies de la cumbre que ya se ha escalado. “La mente debe estar vacía, a la espera, sin buscar nada, pero dispuesta a recibir en su verdad desnuda el objeto que va a penetrar en ella.” Por eso, cuando Savater cita a Weil, dice que la atención es “espera y vaciamiento que permiten acoger lo desconocido”… sin miedo, con confianza.


Un eco de Pirsig

Esto me recordó a Pirsig:

“Las montañas deben escalarse haciendo el menor esfuerzo posible y sin ansias. […] Cuando dejas de anticiparte con el pensamiento, cada paso no es solo un medio para conseguir un fin sino un evento único en sí mismo. […] Vivir solo teniendo una meta futura es superficial. Son las faldas de la montaña las que sostienen la vida, no la cumbre. Aquí es donde las cosas crecen.”

— Robert M. Pirsig, Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta (1974)


El pensamiento, con sus suposiciones, cree saber lo que es importante conocer, pero no hace más que llenarse de formas prematuras, indispuesto a acoger la verdad, por su pretensión de ser activo, de querer buscar. Se parece al “impulso de verdad” con el que Nietzsche critica a Platón… aunque mientras Nietzsche no pretende La Verdad absoluta, Weil sí, con Dios.

“Los bienes más preciados no deben ser buscados, sino esperados.” No estamos capacitados para encontrarlos por nuestra cuenta; no admiten una postura proactiva. Si nos obstinamos en buscar, podemos topar con “falsos bienes” y ni siquiera ser capaces de reconocerlos como tales.

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La geometría como imagen de la Verdad

“La solución de un problema de geometría no es en sí misma un fin valioso, […] pero es la imagen de un bien que sí lo es […]: esa Verdad que, con voz humana, dijo un día: «Yo soy la Verdad».” Weil dice —medio platónica, medio cristiana— que un ejercicio intelectual humilde puede funcionar como entrenamiento espiritual, aunque el resultado sea pequeño. Resolver un problema no te hace mejor persona ni salva a nadie, pero obedece la misma lógica que los bienes grandes: salir de uno mismo, someterse a una necesidad, aceptar una verdad que no depende del propio capricho. Una verdad geométrica es local, pero impersonal: no depende del ánimo ni del prestigio de nadie. Alinearse con ella es practicar, en miniatura, una relación con la Verdad con mayúscula —no porque la geometría “pruebe” a Dios, sino porque entrena la postura interior para recibir la verdad sin apropiársela.

Ahí está, creo, el puente hacia la desgracia (malheur): el lugar donde la necesidad ya no es un ejercicio elegido, sino que se impone —dolor, pérdida, humillación. Ahí la tentación es fabricar consuelos falsos o resentimiento. La geometría prepara porque habitúa a una obediencia libre a lo necesario: en vez de negar lo real, lo miramos de frente; en vez de poseer la verdad, nos dejamos corregir por ella. No vale por sí misma; vale porque forma un alma capaz de verdad —y eso es exactamente la atención-oración que se vuelve vital cuando llega la desgracia.

Atender al desdichado

La verdad se alcanza deseándola y no persiguiéndola —como decía Picasso: “Yo no busco, encuentro”. El deseo debe acompañarse de espera: prestar atención sin perseguir soluciones, para que “la palabra justa venga por sí misma”. Ser un “esclavo inútil” requiere obedecer, pero no basta: lo que se pide es, únicamente, la vigilia, la espera y la atención.

El poder de la atención requiere formación, y debe tener por sustancia el amor a Dios y el amor al prójimo —formados ambos por la misma sustancia. “La capacidad de prestar atención a un desdichado es cosa muy rara, muy difícil; es casi un milagro. […] El ardor, el impulso del corazón, la piedad, no son suficientes.”

¿Quién se atreve a preguntarle al otro que padece: cuál es tu tormento?

“La plenitud del amor al prójimo estriba simplemente en ser capaz de preguntar: «¿Cuál es tu tormento?». Es saber que el desdichado existe […] como hombre, semejante a todos nosotros, que fue un día golpeado y marcado con la marca inimitable de la desdicha. […] Sólo es capaz de ello quien es capaz de atención.”

Quien se enfrenta al error, al mal tino, ante los problemas que su estudio suscita, estará mejor capacitado para llevar a un desdichado, en el momento culminante de su angustia, la ayuda que requiere para salvarle. Weil ha querido mostrar, hacia el final de su ensayo, que los estudios tienen una “plenitud de eficacia espiritual”: que, vividos así, pueden trasladarse a la vida entera que quiere ser bien vivida.


Velar, despertar: la Pastorela de Oberufer

Algo de todo esto resuena, para mí, en los pastorcillos de la Pastorela de Oberufer. Vienen de caminar y trabajar, se quejan de cansancio, y se dan permiso de recostarse un momento: uno insiste en que sólo será un ratito, otro presume que puede mantenerse despierto, el tercero ya va cabeceando. Se interrumpen entre sí —”no me duermo, tú sí, yo no”— y caen, los tres, dormidos casi al mismo tiempo. Algo los despierta —ruido, luz, música, la llegada del anuncio—; se levantan confusos, se sacuden, y recuperan el propósito de ir a adorar.

Leída en clave esotérica, la transición al descanso es un descenso a lo instintivo: cuando la atención se agota, toma el mando lo automático. La negación cómica del sueño —”yo no me duermo”— es casi un lema del ego: creer que estamos despiertos cuando vivimos en semi-sueño. Que los tres se duerman a la vez sugiere una inercia colectiva, no sólo un fallo individual —el “yo” cae en identificación; se entra en la noche previa a recibir la señal. Y el despertar es la irrupción de lo superior: no sólo “me despierto”, sino que me reoriento hacia el centro, hacia la adoración. El giro no es moralista, es direccional: de la dispersión al propósito.

Quizás ahí esté, en otra clave, la misma enseñanza de Weil: la atención se pierde, se distrae —y aun así, algo puede despertarnos y devolvernos a lo que verdaderamente importa atender.


Referencia:

Simone Weil, A la espera de Dios. “Reflexiones sobre el buen uso de los estudios escolares como medio de cultivar el amor a Dios”. Madrid: Trotta, 5a edición, 2009.



Sobre el autor:

“Para encontrarse en lo infinito es menester discriminar y unir”.

I’Ching

Libro de las Mutaciones