¿A qué se refiere James Hillman cuando habla del “pensamiento del corazón”? (I)

PICASSO (Desayuno, 1953)

El titulo del libro me atrapó sin ni siquiera conocer su contenido. Recuerdo haber pensado en Pascal y su frase “el corazón tiene sus razones que la razón no comprende”. Después me enteré que James Hillman fue un psicólogo y analista jungiano estadounidense nacido en 1926 y muerto hace apenas una década.

Leí el libro por primera vez hace un par de años; dejó en mi algunas intuiciones pero en mayor medida una inquietud por el significado de sus afirmaciones. Al terminar el libro —en aquella ocasión— me seguía preguntando: ¿A qué se refiere James Hillman cuando habla del “pensamiento del corazón”?

Comparto a continuación algunas anotaciones sobre una segunda lectura y estudio. En particular sobre el primero de los ensayos contenidos en esta bella y cuidada edición de Atalanta: “El pensamiento del corazón”. Siendo el segundo titulado “Anima mundi: El retorno del alma al mundo“.

Mi intención con los siguientes apuntes es compartir mi interpretación y abrir un diálogo, no afirmar una exégesis concluyente sobre el vasto pensamiento de Hillman, del que comprendo muy poco pero en el que encuentro un elixir.

La modernidad tardía tiene prisionero al <<corazón>>

Hemos de tener presente que el corazón es el órgano de la imaginación; que el corazón tiene su propia filosofía.

Sin embargo, en Occidente carecemos de “una psicología y una filosofía adecuadas del corazón y, por lo tanto, también de la imaginación”. Tenemos corazones que son imaginativamente pensantes y, además, no nos damos cuenta de ello. Para nosotros la mente piensa y el corazón siente. Nos decimos que la imaginación confunde. Denostamos al que imagina cuando la imaginación es la “mediadora entre el mundo y Dios”

En consecuencia, para Hillman nuestro corazón está enfermo. ¿De qué padece? De sentimentalismo personalista, de brutalidad por la eficiencia, de grandilocuencias de poder y por “la simple efusión religiosa”.

Fantasías habituales del corazón

I. <<El corazón del león>>: “Mis virtudes más nobles emanan del corazón: la lealtad, la audacia heroica, la compasión”.

II. <<El corazón de Harvey>>: un órgano del cuerpo, un músculo, una bomba, un complejo mecanismo y “un depositario secreto de mi muerte”.

III. <<El corazón de San Agustín>>: mi corazón como mis sentimientos, como amor, el lugar de mi intimidad, el corazón personal.

A continuación detallaré la última de las fantasías, por ser la que nos arrebata de la posibilidad de la inteligencia del corazón.

<<El corazón de San Agustín>>

El que más ha influido en la psicología del pensamiento y de la vida cotidiana. El corazón de Agustín remite a frases como <<nuestros sentimientos son lo más íntimo de nosotros>>. Es la “filosofía del corazón personal”. En sus Confesiones San Agustín elabora “la experiencia interior”, “la persona como sujeto experimentador”. La palabra persona no existía previo a San Agustín. El corazón como interioridad auténtica, abismal. Mediante los sentimientos conocemos este corazón. El corazón es un mar de emociones que nos hacen gozar o sufrir.

El corazón de san Agustín es cristianismo agustiniano y no es el mismo del que hablan los griegos, ni los judíos ni los persas (quienes creen que la actividad característica del corazón es la vista y no el sentimiento).

“El amor pertenece al espíritu, dice Hillman, y estimula el interés del alma por las imágenes que se presentan en el corazón. El corazón no es tanto el lugar de los sentimientos personales [como lo cree San Agustín] como [sí] el lugar de la verdadera imaginación, la vera imaginatio que refleja el mundo imaginal en el mundo microcósmico del corazón. Los sentimientos se agitan a medida que se desplazan las imágenes. Por lo tanto, recurrimos al corazón no porque éste sea el lugar donde reside la verdad de los sentimientos o el lugar donde sentimos nuestra propia alma. No. Apelamos al corazón porque en él es donde lo imaginal presenta a la imaginación la esencia de lo real.”

Así, el corazón personalista exilia la imaginación de él para dar paso a imágenes ya reveladas y que conocemos como dogma. Parece decir Hillman que nuestra imaginación se exilia a lo inferior, a lo superior y a lo exterior: es decir, la fantasía sexual, las ideas metafísica o los hechos absolutos (recuerdos? Anhelos basados en recuerdos? Toda vida es recuerdo). Interpreto que es una manera denigrada pues carecen de corazón al ser sólo imaginación sin corazón: instinto, especulación y datos huecos, respectivamente. Un corazón sin imaginación equivale a la subjetividad. A la experiencia personal que, me parece, racionaliza el sentimiento (que es subjetivo).

Los sentimientos son rectores que enjuician nuestras imágenes, si estas son buenas o malas (como en el caso de los sueños). De manera que, dice Hillman, el corazón de san Agustín se centra en la experiencia personal de aquel que se motiva y reacciona ante la “introspección de la confesión”; que en su hablar está la proyección de quien es.

¿Qué olvida este corazón?

Olvidamos el análisis de la “impresión” que nos produce algo, a sopesar sus imágenes. Es la diferencia entre los sentimientos subjetivos que ganamos mediante la introspección y que carecen de formas imaginativas y el “literalismo de las imágenes como sensaciones, ideas, datos sin subjetividad”. Lo anterior como lo entiendo: lo literal, es decir, la transcripción (reproducción) escrita/oral/mental, aunque ya no estoy tan seguro… Me hace recordar esos momentos donde estoy medio dormido medio despierto y que llegan imágenes que parecen querer “decir” algo de mi niñez; y que se sienten en toda su dimensión; pero eso es subjetivo. Parece que Hillman apela a “sensaciones, ideas, datos” ajenos a la subjetividad, a la confesión: Yo, yo, yo, yo, yo: “la retórica del yo”.

Todo interés en la proyección como recurso de autoconocimiento está fundamentado en lo personalista. Las proyecciones, dice Hillman, no son “más que un intento por parte de la psique de experimentar las cosas que no están a nuestro alcance como si fueran presencias imaginales, o sea, un intento de devolver a las cosas el corazón y la imagen”.

Nuestro encanto por las confesiones

Confesión: mostrar, lucir, brillar. Exponer. Dice Hillman que es el género literario de la exposición el que “crea la experiencia del corazón como abismo”, el individuo aislado del que nada se puede averiguar, espacios cerrados insondables y finitos. Surge la creencia (diría yo no sé si Hillman) de que existe un verdadero “yo” oculto en esa habitación obscura.

“La psicología de la confesión pasa por alto el hecho de que yo ya me revelo en mi Selbstdarstellung [autopresentación]. La revelación no es un cometido, sino que viene dada con la existencia”.

La desvalorización de “la vida cotidiana”. En contraste, Hillman sugiere la relevancia de lo que yo podría entender por “lo próximo”: “El corazón se manifiesta en las fantasías presentes en mi vida, y no se limita a permanecer oculto en mis profundidades” y dice en otro lado “[c]ada movimiento que hacemos, cada frase que pronunciamos, es una confesión de nuestro corazón porque revela nuestras imágenes”.

¿Qué es lo que realmente siento, cuáles son mis verdaderos motivos? ¿Es verdad o ficción lo que siento? Es el sujeto buscando unificar mediante su experiencia propia lo que es múltiple. Así, según nosotros nos volvemos fanáticos de la confesión; nos gusta ser intensamente personales, Yo me siento, Yo me siento, Yo me siento. Es el hombre occidental que se unifica frente al mundo que es “múltiple, disgregado y caótico”.

Entonces… ¿A qué se refiere James Hillman cuando habla del “pensamiento del corazón”?

El corazón “percibe las correspondencias entre las sutilezas de la conciencia y los niveles de existencia”. El corazón construye un conocimiento particular que se encuentra “entre la mente y el mundo”. Es como si en una imagen convivieran lo distintivo de un fenómeno de nuestra consciencia y lo distintivo del mundo; mediante una representación visual se “compenetran”, es decir, que la consciencia y sus minucias se mezclan con las sutilezas del mundo y viceversa, creando una “imagen fundamental de esa combinación”. La inteligencia del corazón conlleva al mismo tiempo “conocimiento y amor por medio de la fantasía”. El corazón y su filosofía pueden esconderse.

Referencias:

James Hillman, El pensamiento del corazón, Tr. Fernando Borrajo. Girona: Atalanta, 1a. Edición, 2017.

Henry Corbin, Acerca de Jung. El Buddhismo y la Sophia, M. Cazenave (ed.), Tr. Xavier Nueno, Siruela, Madrid, 2015.

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