La falacia de los padres, según James Hillman


FRIEDRICH (Las etapas de la vida, 1835)

¿Qué es la falacia de los padres según James Hillman?

Como padres y madres podemos facilitar o no el llamado que han recibido nuestros hijos. Hillman llama falacia de los padres justo a la tentación de adjudicarnos lo que en realidad corresponde al hado — “como si lo que el padre [o la madre] podría facilitar explicara el llamamiento que ha recibido el niño”.

Nuestros padres nos influyen, o influye la fantasía de ello, incluso si ya no viven: “gran parte de su poder procede de la idea de su poder”. Preferimos retroceder a las explicaciones paternas en las que nuestros padres han tenido un poder incuestionable en nosotros antes que enfrentar las exigencias del hado: entre la supuesta certeza (que pretenden los padres) y lo misterioso (de nuestro destino).

Los padres (Mamá y Papá) influyen, eso es innegable… pero no explican completamente la singularidad de un destino.


¿Qué es el llamamiento para James Hillman?

El llamamiento, para Hillman, es la vocación con la que cada persona llega al mundo — otro nombre que él mismo da a la bellota: “que cada persona posee un carácter único que pide ser vivido y que ya se encuentra presente antes de que pueda serlo”. No es un rasgo adquirido ni un ideal a perseguir; es el patrón, la imagen innata, que ya trae consigo antes de nacer, y que el daimon “recuerda” y hace valer a lo largo de la vida — “Es posible posponer una vocación, evitarla o perderla de manera intermitente […] De un modo u otro, finalmente se impondrá y reclamará lo que es suyo. El daimon no se marcha.”


… dicho lo anterior

La fantasía arraigada en la civilización contemporánea es que «somos hijos de nuestros padres» y que el instrumento principal de nuestro destino es el comportamiento que ellos tuvieron: un determinismo del que —según la creencia— es imposible liberarse.

Frente a esto, la teoría de la bellota invierte el orden causal: “tu daimon seleccionó tanto al óvulo como al esperma, de la misma manera que seleccionó a sus portadores, llamados padres”.

Esto significa para James Hillman que: ellos no nos formaron para que fuéramos quienes somos, sino que escogemos a nuestros padres por lo que necesitamos vivir con ellos para cumplir con nuestro llamado.


Madres

El carácter de la madre influye en los hijos “sin falta de pruebas”. Es “un ídolo grande y silencioso en el centro del escenario”. Pero la afirmación de que “la madre está detrás de todo” es, dice Hillman, parte de un mito (el mito de la madre norteamericana). Un mito sostenido por el arquetipo de la Gran Madre universal, “que sostiene el universo de ese sistema de creencias que llamo la falacia de los padres”.

Es importante aclarar que Hillman no niega que el mito exista o tenga fuerza real; lo que cuestiona es que lo tratemos como explicación causal en vez de como mito. Ella, la madre, “también tiene un daimon, pero su destino no es el de su hijo”.

Las biografías suelen presentar a las madres como “agentes del destino” tras los hombres y mujeres eminentes (el ejemplo de la madre de Edward Teller, que ya buscaba “el mejor lugar para levantar” el monumento de su hijo antes de que naciera.

Hillman no niega esa influencia, pero distingue: el daimon del hijo no es el daimon de la madre, aunque a veces se mezclen “mientras evolucionan hacia la mayoría de edad y la eminencia”. Las madres verdaderamente grandiosas serían las capaces de “reconocer y defender el daimon” de sus hijos, no de sustituirlo por el propio.

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Hillman duda de las relaciones causa-efecto entre madres e hijos: “no podemos suponer que una madre convencional origina un hijo excéntrico […] las dos generaciones no pueden estar atadas con un nudo pulcro”. Y remata, sobre la ideología detrás del mito: “no es la madre de usted quien domina su vida adulta, sino la ideología […] Esta ideología atrapa a las mujeres en la falacia de los padres y a los hijos en la culpabilidad de la madre.”


El padre ausente

Hillman pregunta por qué el padre “no está en casa”. No como reproche moral sino buscando “otro factor menos personal y más demoníaco, que se han apoderado de él y no lo sueltan”. La falacia de los padres, dice, ha enganchado también al padre a una “imagen falsa”: atrapado en la estructura de la “paternidad”, en un “orden moral” que exige ser de “buen tipo”, simpático, un “modelo insulso” que puede terminar por “traiciona a su [propio] ángel”. Incluso, yendo más allá, Hillman amplía el blanco de su crítica: no es solo el padre individual el que es atrapado, sino el sistema económico que lo sujeta, sustituyendo “más allá” (espiritual) por “más” (material).


La felicidad de los hijos como tarea imposible

La falacia de los padres ha convertido el fin de la paternidad en la felicidad de los hijos. Pero eudaimonia —felicidad— significa literalmente “daimon satisfecho”: sólo somos dichosos cuidando la propia alma, y no la ajena. Cuando el hijo se vuelve la vocación sustituta del padre —”tratando de llevar a cabo lo que exige la bellota de su hijo”— el padre descuida su propio daimon, y el hijo se convierte en representación de esa vocación no vivida. Dice Hillman que quienes sustituyen su daimon por sus hijos “terminan por odiarlos, a pesar de su buena voluntad y su ética superior”.

La tarea real de los padres, cierra Hillman, es “crear un mundo receptivo al daimon”, no ser la razón de vivir del hijo, ni que el hijo lo sea de ellos.


Los antepasados

Hillman sostiene que Occidente cometió un error al reducir “antepasados” a los padres biológicos, despojando a la vida humana de una dimensión cósmica más amplia:

  • La “concreción equivocada” (tomada de Whitehead): figuras míticas como Zeus y Hera, que representaban fuerzas universales, quedaron reducidas a la figura cotidiana de mamá y papá.
  • El mundo como padre y/o madre: si todo el poder formativo se lo damos a los padres personales, dejamos de percibir que el mundo mismo —naturaleza, entorno, paisaje— también forma y enseña (apoyado en la ecóloga Edith Cobb).
  • La pérdida de los antepasados: en otras culturas un antepasado podía ser un árbol, un animal, un lugar sagrado; Occidente lo redujo a pura biogenética.
  • El quinto mandamiento reinterpretado: “honrarás a tu padre y a tu madre” buscaba originalmente eliminar el culto politeísta a los antepasados, no instaurar la autoridad exclusiva de mamá y papá.

Consecuencias psicológicas y ecológicas

Esta falacia de los padres no es solo un error teórico: para Hillman es una de las causas del desastre ecológico. Al creer que nuestra naturaleza viene únicamente de nuestros padres, nos desconectamos del mundo que nos rodea. Ninguna campaña ambiental podrá remediarlo sin antes dar el salto de la “casa de los padres” al “hogar del mundo”.


La falacia de los padres en el amor romántico

Al hablar de los “mapas amorosos”, desde la falacia de los padres —que busca explicar lo que no se entiende— se podría argumentar que la relación con nuestros padres modela “su estilo de amar durante los primeros años”: la lectura freudiana clásica de que uno termina enamorándose de sus padres o de sustitutos suyos.

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Hillman lo rechaza con fuerza: “es un gran salto de fe y un insulto hacia la persona elegida por mi corazón creer que mis fantasías y estilos amorosos será una réplica de los de mis padres, excepto en el nivel socializado colectivo del mapa”. Para los junguianos, madre y padre son imágenes previas del anima y el animus — los imitamos, pero “no somos fotocopias”.


La fantasía paterna y materna, y los biógrafos

Retomas aquí el tema explícitamente: “los biógrafos suelen fijarse en la madre” — es habitual que en lo que hacen los hijos se dejen ver los ideales y ambiciones maternas. De ahí que respondamos a psicologismos como “la mala madre” o “la ausencia de padre”, que le quitan protagonismo a “la naturaleza del niño” y se lo devuelven al padre o la madre.

Esto genera, según Hillman, un narcisismo casi inevitable en quien cría: “¿Adopto la actitud correcta? ¿Soy demasiado estricto? ¿Demasiado indulgente? ¿Soy bastante bueno?” — todo eso revela “el narcisismo intrínseco y casi inevitable de la falacia de los padres”.

A partir de aquí Hillman se enfoca en un caso particular: la fantasía paterna y materna — no ya la influencia real, sino cómo imaginan los padres a su hijo, qué ven en él.

Las fantasías que nuestros padres tuvieron sobre nosotros son valiosas precisamente por el contrasentido que despiertan — nos “fuerzan [a] la oposición” y nos dan la oportunidad de reconocer que nuestro corazón es distinto. Es mejor tener ese deseo imposible de ellos que no tener nada, porque tener algo despierta un desafío real: “la realidad de la fantasía de los padres, la cual puede tener como resultado la posibilidad de ver a través de la misma falacia de los padres, ver que no estoy condicionado por mis padres y su resultado”.


La falacia de los padres y la responsabilidad personal

En el contexto de moira (“una porción”, el aspecto del hado que nos toca vivir), convendría advertir el hábito de encadenar excusas del tipo “es que mi padre nunca… porque mi madre tal o cual… y entonces yo por eso…”.

Hillman lo resume como el riesgo de “achacar la culpa a una cadena de causas que conducen de nuevo a la falacia de los padres”. Aquí la falacia aparece en su forma más cotidiana: no como teoría psicológica, sino como el relato que cada quien se cuenta para explicarse a sí mismo, y que, según Hillman, en realidad diluye la responsabilidad en vez de asumirla.


El propio Hillman parece sostener ambos registros a la vez: no niega que los padres influyan —muchas veces de forma decisiva—, pero insiste en que confundir esa influencia con explicación completa es lo que llama, precisamente, falacia.

Superar la falacia de los padres no es un ejercicio terapéutico, sino algo parecido a una conversión religiosa: abandonar el secularismo, el personalismo y la causalidad lineal para recuperar la conexión con lo invisible. Cita a Whitehead: “La religión es lealtad al mundo.”


DELACROIX (Medea Furiosa, 1838)

Referencia:

James Hillman, The soul’s code: In search of character and calling. New York: Ballantine Books, 1996.



Sobre el autor:

“Para encontrarse en lo infinito es menester discriminar y unir”.

I’Ching

Libro de las Mutaciones