
“Los momentos perfectos no se viven por haberlos solicitado.”
Jean Grondin
El sentido del bien en Jean Grondin nos conduce hacia una pregunta fundamental: ¿podemos procurar nuestra propia felicidad o el Bien aparece, más bien, cuando nuestra atención se dirige hacia el otro? A partir de El sentido de la vida: un ensayo filosófico, exploro aquí esta relación entre felicidad, responsabilidad y otredad.
La felicidad que buscamos proactivamente
Creer que lo armado ex profeso nos traerá felicidad —pues lo hemos “producido” deliberadamente con ese fin— es dejar nuestra felicidad a las impresiones más que a los sentimientos, dice Grondin… ¿Qué significa lo anterior?
Pongamos el siguiente ejemplo: me desplazo miles de kilómetros a la India para conocer una de las maravillas de la arquitectura. Me han dicho que es magnífico, que te corta el aliento. Después de un par de días estoy ya en frente de El Taj Mahal y, para mi desilusión, me doy cuenta que no experimento «lo que se supone que debería de experimentar»: una emoción desbordada, un asombro que me enmudece, la grandeza del ingenio humano, etc.
¿Qué fue lo que sucedió? He buscado producir mi felicidad de manera anticipada y puesto empeño en hacer cosas en función de esa previsión, creyendo que, porque lo he anticipado así, entonces al estar efectivamente ya ahí se dará la felicidad.
Es como planificar la vida mediante relaciones causa-efecto: si hago “x” entonces obtendré “y”: e.g. me compro un coche nuevo entonces seré feliz.
¿Qué nos motiva a actuar así ? En opinión de Grondin, actuamos con tal grado de previsibilidad porque nos cuesta admitir la posibilidad de lo sorpresivo en nuestra vida.
De manera que, la felicidad no es algo que está ahí afuera, externo a nosotros y que lo podemos pro-curar, inclusive pro-ducir (el prefijo pro significa a favor de, delante de o en lugar de). Podríamos afirmar que no hay lugar para una actitud proactiva —palabreja tan gustada en ciertos entornos. La felicidad “se produce a sí misma”, dice el filósofo canadiense…
¡Qué enigmático! ¿Qué quiere decir Grondin con esta afirmación? Creo que mi hija tiene la respuesta a ello.
El Tótem y el níspero
Una vez por semana mi hija y yo salimos a pasear. En la última ocasión consideré ir a conocer el Tótem Canadiense que está en el Bosque de Chapultepec, en la Ciudad de México. A mí me animaba la idea, diciéndome que «de seguro le encantaría». Dispuse los preparativos: me anticipé a qué podríamos comer antes de dirigirnos al lugar (incluso lo que le pediría del menú y que le emocionara). Investigué también cómo llegar al lugar y me hice una idea de dónde estacionar el auto. Pero sobre todo imaginé su carita llena de emoción al ver ese tronco de cedro rojo tallado con animales espirituales.
Al salir de la escuela le dije: “Vamos a ir a un lugar a conocer algo especial, una sorpresa”. Sus ojos se iluminaron de intriga y no tardó en preguntarme a dónde nos dirigíamos tratando de aliviar su curiosidad.
Después de comer y de habernos desplazado al lugar, estábamos ya cerca del Tótem. Era una tarde hermosa, pronto la hora dorada nos bañaría de áureos rayos. Yo me comenzaba a emocionar, por ver el artefacto y ansiosas por confirmar la reacción esperada en mi hija. Estando ya ahí, enfrente de aquel portento, la expresión de mi hija fue algo como: “¿Y esto qué es?” Viéndolo de arriba a abajo y volteándome a ver para decirme unos segundos después: “Mejor vamos a los juegos”. Permanecimos ahí algunos minutos mientras ella me jalaba para irnos. Sentí frustración, mi plan no había surtido el efecto esperado.
Caminamos rumbo a los juegos y, para nuestra sorpresa, arribamos justo en el momento en que daban cierre a las instalaciones. Ella no dijo nada, como si aceptara la situación. Yo pude haber dicho en mi cabeza algo como: “y ahora qué vamos a hacer”. Nos sentamos cerca de la entrada lúdica. Le sugerí emocionado que volteara a ver la luna; lo hizo. Ella señaló un árbol de níspero, lleno de frutos verdes y amarillos. Se colmó de alegría y, levantándose y dirigiéndose hacia él, me invitó a que tomáramos algunos. Recolectamos y regresamos a nuestro lugar. Me sentí ancestral. Me pidió que limpiara un níspero y se lo diera. Era ácido y pensé que no lo querría. Nos dirigimos al árbol tres veces más. Incluso me pidió que lleváramos tres a casa “para regalarlos a Mamá”.
Ya en el coche, de regreso a nuestro hogar, me preguntó: “Y a ti papá, ¿qué fue lo que más te gustó?”. “Bueno, el Tótem, la luz de atardecer, y estar contigo, claro”. ¿Y a ti? —le pregunté. “A mí, haber comido las frutitas… y bueno, también estar contigo”. El niño habló, el maestro actuó.
La felicidad no se persigue como lo hice con la construcción que traté de detallar arriba. Por más que me anticipé y planeé el momento idóneo para «recibir la felicidad en nosotros», mi hija tuvo otra experiencia pues, en efecto, no le sorprendió; no tanto como los nísperos, y esa es su verdad. Lo cierto también es que nunca hubiera podido anticiparme al encuentro con ese árbol mágico que, con su florecimiento y sus regalos, nos invitaba a zambullirnos en el gozo de la vida, que no se puede producir pero sí aventurar el recibimiento de lo desconocido con asombro y tal vez ahí la felicidad.
El sentido del bien: buscar la felicidad del otro
Podemos tener el interés de que el otro esté feliz, de “obrar su felicidad” dice Grondin. Por ejemplo, cuando deseamos salud a alguien después de que ha estornudado. Es así que, si nosotros no podemos producir nuestra propia felicidad por lo menos podemos buscar acompañar a otros a aligerar su carga. “Dignos de ser felices” procurando nuestro servicio a los otros. Un actuar con otros que conforma una “ética del sentido de la vida” donde la felicidad está relacionada al deber, a la obligación y a la responsabilidad… con los otros. Un deber que me demanda responsabilidad por el otro pues “no puedo permanecer insensible frente al sufrimiento del otro”. Una “severidad” (para Levinas) que hemos traducido por «amor al prójimo». Una “moral de la felicidad del otro “con orígenes religiosos” que es “herencia directa de la ética judía de la justicia y de la ética cristiana de la caridad”. (Grondin retomando a Habermas)
El Bien, la conciencia y el otro
El Bien para Platón, “que se sitúa más allá de las convenciones, de las fórmulas y de los códigos. La ética no se deriva de los códigos”. Para Levinas, “no es la consciencia la que funda el Bien sino que más bien es el Bien el que funda y apela a la consciencia”. En este sentido, es distinta la consciencia moral que la consciencia de sí y en el español no tenemos cómo distinguirlas. “Tengo con-ciencia de mí porque tengo consciencia de mi deuda con el otro”.
Para Grondin el término latín conscientia hace alusión a un conocimiento que es común a un cierto número de personas, lo que los hace ser “confidentes”, es decir, que se dan mutuamente confianza y que comparten un saber común. Y dice: “[…] la conciencia es de entrada una relación con el otro, pero que se expresa en una llamada interior que me ata y me conduce así a una conciencia de mí mismo”. Una voz interior que me llama al Bien del otro, “[…] es una voz que me humilla, que me golpea con la nada cuando me centro sobre mí mismo, aún cuando este centrarme sobre mí mismo domina mis acciones. La moral, fundamentada en la angustia del otro me transporta fuera de mí, al sentido del otro”.
Para Levinas “la santidad es incontestable”, es decir, “la trascendencia de sí mismo en el sentido de vivir para y por el otro” es irrefutable. Grondin deja abierto lo que la santidad pueda significar, aunque apunta que se encuentra “en el horizonte de toda ética”.
Hay un llamado a suspender la idea del individualismo para dar paso a una ética de la otredad.
Referencia:
Jean Grondin, El sentido de la vida: un ensayo filosófico, Tr. Jorge Dávila. Barcelona: Herder, 4a reimpresión, 2017.


