El mundo del héroe por P.L. Travers

P.L. Travers (1899 – 1996)

P. L. Travers es conocida principalmente como la autora de Mary Poppins, pero una parte importante de su obra estuvo dedicada a explorar el mito, el símbolo, los cuentos tradicionales y su relación con la experiencia humana. En “El mundo del héroe”, incluido en What the Bee Knows: Reflections on Myth, Symbol, and Story, Travers se pregunta qué significa realmente ser un héroe y qué lugar ocupan todavía los mitos en nuestra manera de comprendernos a nosotros mismos.

Su reflexión se aleja de la idea del héroe como una figura excepcional o invulnerable. Para Travers, el héroe es profundamente humano: alguien que parte sin conocer del todo el camino, que acepta responder por su propia vida y que, precisamente a través de sus límites, errores y contradicciones, emprende una búsqueda de identidad y de sentido. El mito aparece así no como una narración perteneciente únicamente al pasado, sino como una realidad que continúa actuando en nosotros.

El texto que sigue es una traducción íntegra al español del ensayo de P. L. Travers. He procurado conservar fielmente su estructura, argumentos, ejemplos y sentido, sin agregar ni eliminar contenido del texto original. Únicamente algunas de las imágenes que acompañaban la publicación han sido sustituidas por versiones en color o por imágenes más actuales, manteniendo su función ilustrativa.


El mundo del héroe por P.L. Travers

Voy a anteponer a lo que voy a decir unos cuantos versos de e. e. cummings:

«Que mi mente pueda vagar libre y flexible, y aunque sea domingo, pueda yo estar equivocado, pues cuando los hombres tienen razón, dejan de ser jóvenes.»

Esto les da permiso para dudar de mí y para tomar lo que digo simplemente como una pista, una indicación, y de ningún modo como una afirmación. Está pensado como un susurro al oído interior, destinado a tocar esa parte de ustedes a la que no llegan las cosas de las que se habla en los periódicos. Pero antes de comenzar a buscar al héroe, creo que deberíamos observar el elemento en el que se mueve, el mundo en el que actúa: el folclore, los cuentos de hadas, la alegoría, la leyenda, la parábola, incluso las canciones infantiles; pues todos ellos son, por así decirlo, los principados que en conjunto conforman la patria del mito, ese país que en los antiguos relatos rusos se llama Al Este del Sol y al Oeste de la Luna, y para el cual no existe ningún mapa conocido.

Pero antes considero importante aclarar qué quiero decir con la palabra mito. Hemos traicionado y maltratado tanto el lenguaje que hemos olvidado que, en sí mismo, es, de algún modo, mítico: en el sentido de que es sagrado en su esencia, un don que, en algún tiempo inmemorial, nos fue concedido misteriosamente. Incluso los conductistas están comenzando a cuestionar su propia teoría de que el lenguaje es simplemente una función humana que evolucionó, a lo largo de milenios, a partir de los gruñidos de osos y simios. Hemos perdido el respeto por este tesoro que nos fue dado y ahora nos preocupamos tan poco por favorecer su crecimiento que todos nos hemos convertido en una especie de Humpty Dumpty: «Cuando yo uso una palabra», dice en Alicia en el país de las maravillas [más preciso aparece en A través del espejo y lo que Alicia encontró allí], «significa exactamente lo que yo quiero que signifique». Eso puede estar muy bien, quizá, para alguien que vive en una madriguera de conejo, pero no para nosotros. Si de verdad queremos comprendernos unos a otros e intentar comunicar ideas, tenemos que admitir que las palabras existen por derecho propio; que tienen antecedentes, largos árboles genealógicos, y que no son simplemente expósitos abandonados en una puerta para que cualquiera los recoja y haga con ellos lo que le venga en gana. Si yo fuera un héroe, la doncella que saldría a rescatar sería el lenguaje.


Humpty Dumpty on the wall | Sir John Tenniel | V&A Explore The ...
Humpty Dumpty

La palabra mito, por ejemplo, se acepta y utiliza ampliamente como sinónimo de mentira. «Es un mito», decimos, queriendo decir algo que no debe creerse, una patraña, un cuento fantástico, una imposibilidad. Incluso el Oxford Dictionary lo describe como un «relato ficticio». Yo habría preferido decir «no verificable», aunque tampoco eso sería exacto. Porque, lo sepamos o no, lo queramos o no, todos —como el héroe— vivimos en el mito o, más bien, en el contexto del mito, del mismo modo que la yema vive dentro de la clara del huevo; y si nos lo proponemos, podemos verificar y confirmar este hecho en nosotros mismos. Si comenzamos a buscar el origen de los mitos, quizá escuchemos primero la respuesta de victorianos como Frazer, autor de La rama dorada, y Andrew Lang: que son vestigios de un antiguo mundo bárbaro, las ocupaciones, incluso las aberraciones, de los salvajes. Pero cuando uno piensa en Gilgamesh, en las construcciones chinas que se remontan a los libros conocidos más antiguos, en el I Ching, en los mitos hindúes, en los africanos o en los de los indígenas americanos, solo cabe decir: «¡Qué bárbaros eran aquellos!», y rogar ser convertido de inmediato en un salvaje.

Malinowski, más cerca del blanco, los llamó la reaparición de la realidad primordial en forma narrativa. Y Nietzsche, quien en todo lo que hizo y escribió estuvo profundamente implicado en el proceso mítico, dijo que el mito no era simplemente portador de ideas y conceptos, sino también una manera de pensar, un espejo que nos refleja el universo y a nosotros mismos. Uno de nuestros contemporáneos, Robert Graves, escribió que «todos ellos son registros solemnes de antiguas costumbres religiosas, acontecimientos o rituales, y lo suficientemente fiables como historia una vez que se comprende su lenguaje». Y William Blake dijo: «Los Autores» —y escribió la palabra con A mayúscula— «los Autores están en la Eternidad». Y creo que es en la eternidad donde debemos dejarlos si lo que buscamos son sus inventores. Nunca sabremos qué especie de hombre fue la primera que desplegó, desde su propia comprensión subjetiva, este arte órfico y objetivo. Y en cuanto al significado de los mitos, cuanto más se los estudia, más se comprende que esta herencia del hombre arcaico —los rituales y conceptos que guiaban su vida consciente— sobrevive milagrosamente y continúa presente en las capas subterráneas de nosotros mismos. Se le puede sondear del mismo modo que se sondean las aguas bajo la tierra; se le puede interrogar como nuestros antepasados interrogaban a los oráculos, buscando una respuesta a algo que, en esencia, quizá no sea tan diferente de nuestra propia pregunta. Acudimos a los mitos no tanto por lo que ellos significan como por nuestro propio significado. ¿Quién soy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo puedo vivir de acuerdo con la realidad?

Ahora bien, este problema del significado puede literalmente abrumarnos, especialmente en nuestros días, cuando ya no existen rituales ni ritos de paso, como los llamaban los antiguos, que nos ayuden a realizar la transición de una etapa de la vida a la siguiente. En un momento somos niños y, al momento siguiente, según parece, somos adolescentes y después adultos, enfrentándonos solos a nuestra propia existencia y a toda la incertidumbre de las cosas. Y, sin embargo, quizá no estemos tan solos como imaginamos. Los mitos tienen algo que decir al respecto; no una afirmación absoluta, no una única palabra definitiva, ninguna fórmula que lo abarque todo, aunque cada religión, cada tradición —por no mencionar a cada antropólogo, cada arqueólogo y, por supuesto, cada psicoanalista— reclama los mitos como su territorio particular, su posesión privada. «Nosotros sabemos», dicen, con esa clase de voz que hace que uno busque inmediatamente su sombrero para marcharse. «Sabemos y vamos a interpretarlos. El mito significa esto, el mito significa aquello; significa, por supuesto, lo que nosotros decimos que significa».

Bien, para ser sinceros, puede que así sea; pero ahí no termina la cuestión. Una de las características del arte antiguo es que no cabe en ningún bolsillo particular: no puede ser coaccionado ni poseído. Los mitos nunca tienen un único significado, establecido de una vez y para siempre. Tienen algo mejor: poseen el significado mismo. Si se cuelga una esfera de cristal en una ventana, desprenderá luz desde todas sus partes. Así son los mitos: tienen significado para mí, para ustedes y para todos los demás. Un verdadero símbolo siempre posee esta multidimensionalidad. Tiene algo que decir a todos los que se acercan a él.

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Podría decirse, creo, que los mitos nunca fueron y siempre son, y que por eso son indestructibles. Dondequiera que haya seres humanos, existen mitos; y no importa en qué lugar del planeta surjan, estos mitos poseen una sorprendente semejanza entre sí. En algún momento determinado, siempre desconocido —porque no están sujetos a la prueba del carbono y no pueden fecharse; además, pueden aparecer en épocas diferentes entre pueblos distintos—, parecen surgir exactamente los mismos temas, como si algo en la psique de una raza hubiese madurado y producido un fruto que correspondiera, no en su forma pero sí en su sustancia, con el fruto de todas las demás razas. El hecho de que las mismas historias aparezcan en la India, Oriente Medio, Europa y América, así como en China y Japón, sugiere que su verdadero suelo y el lugar donde se siembran no se encuentra en ninguna localización geográfica, sino en el propio ser humano. Solo esto podría asegurar —si creyéramos en ello; hablo, por supuesto, ideal y mitológicamente— que ninguna persona del planeta tuviera que ser extraña para otra. De hecho, existe un mito hindú que lo ilustra. Se dice que el gran dios Indra creó una vez una red para envolver el mundo y que, en cada nudo o intersección, colocó una pequeña campana. Si imaginan una red de pesca con una campana en cada nudo de la cuerda, comprenderán lo que esto significaría. Nada podría moverse —ni un hombre, ni el viento, ni siquiera un pensamiento en la mente— sin hacer sonar una de las campanas; y esa campana, a su vez, pondría en movimiento a todas las demás. Es una manera maravillosamente gráfica de decirles a personas que no sabían leer, y que recibían las cosas a través del oído más que de la vista, que todo está inevitablemente conectado con todo lo demás.


Una estatuilla de una figura caminando, considerada un héroe o un demonio. Hecha de cobre, de Irak [Proto-Elamita o Mesopotámico], del 3000 – 2800 a.C. Exhibida en el Art Institute of Chicago.

Pero si los mitos están siempre ahí, ¿quién los representa? ¿Quién los sostiene? ¿Quién los mantiene vivos? Basta con abrir el New York Times para ver los mitos agolpándose en sus páginas con sus actos espléndidos y terribles. Las revelaciones cotidianas de los periódicos nos muestran el material sobre el que el proceso de creación mítica inherente al ser humano trabaja constantemente, aunque de manera inconsciente: no solo entre poetas y místicos —Boehme, Bunyan, Blake y tantos otros—, sino también, y sobre todo, entre la gente común; y con gente común me refiero a ustedes, a mí y a cualquiera que camine por la calle. Tomemos como ejemplo la historia de Galileo. Galileo no es un mito; aparece en todos los libros de historia, donde se puede leer el hecho indudable de que, en una época en la que se creía que el Sol giraba alrededor de la Tierra, Galileo se atrevió a afirmar que la verdad era exactamente la contraria: que la Tierra giraba alrededor del Sol. Sin embargo, bajo presión y ante la amenaza de muerte, se vio obligado a negar su verdad. De este modo pudo salvar la vida; pero, según se cuenta, al darse la vuelta después de retractarse, murmuró firmemente entre la barba: «Eppur si muove» —«Y, sin embargo, se mueve». Todo el mundo conoce la historia. Galileo es famoso por su Eppur si muove; pero esa retractación de su retractación no quedó registrada en ninguna parte. ¿Cómo podría haber quedado registrada? Las únicas personas lo suficientemente cerca como para escucharlo eran sus inquisidores y, si lo hubieran oído, se habría metido en serios problemas. Nunca dijo Eppur si muove —excepto, por supuesto, en la verdad de su propio corazón. Pero, en su configuración inconsciente del héroe, el pueblo necesitaba que se dijera; la historia necesitaba que se dijera. De algún modo debía expresarse la verdad de que Galileo no era un mentiroso. Así que, mitológicamente, Galileo tenía que pronunciar esas palabras. Es una verdad, pero no es un hecho.

Luego está el caso de Lady Godiva. Todo el mundo conoce la historia: para obtener de su tacaño marido la concesión de tierras para los pobres de Coventry, ella se ofreció a cabalgar desnuda por las calles, tomando antes la precaución de ordenar a todos los habitantes que permanecieran dentro de sus casas y cerraran todas las contraventanas. Todo Coventry obedeció, excepto un hombre llamado Tom, que la observó a través de la rendija de una puerta y, como castigo, se le marchitó el ojo. De él procede la expresión inglesa “a Peeping Tom”, «un mirón». Pero lo cierto es que Tom no entró en la historia hasta que esta llevaba ya unos doscientos años circulando. Gradual y mitológicamente, la gente debió de llegar a comprender que la desnudez sin un ojo que la observe carece de significado —como la vaca del obispo Berkeley, que no existía hasta que alguien la contemplaba— y que una orden sin alguien que la desobedezca resulta, de algún modo, incompleta. Una historia no puede vivir solamente con una heroína; necesita un villano que le dé vida. Así que, naturalmente, la cuestión terminó por corregirse y Peeping Tom pertenece ahora al mito. Él también es verdadero, pero no es un hecho.


"Jonah and the Whale", Folio Probably from a Jami al-Tavarikh (Compendium of Chronicles), Ink, opaque watercolor, gold, and silver on paper
Jonás y la ballena: folio de un Jami’ al-tawarikh, aproximadamente 1400, Irán.

Así pueden ver cómo funciona la mente creadora de mitos: equilibrando, aclarando, ajustando, haciendo que los acontecimientos correspondan de algún modo con la necesidad interior de las cosas. Es esta tensión, esta insistencia inflexible en ambos extremos de la vara —negro y blanco, bien y mal, positivo y negativo, activo y pasivo— la que da a los mitos su poder ambivalente. En nuestro mundo aristotélico y apolíneo, donde aplaudimos constantemente lo bueno, defendemos la ley y el orden y nos colocamos del lado de lo correcto —mientras guardamos la bomba atómica en el bolsillo—, la sangre de los mitos, su espíritu vengativo y su brutalidad, su temeridad dionisíaca y, por otro lado, su esplendor, resultan difíciles de aceptar. Son demasiado grandes para nosotros, demasiado poderosos. Quizá sea por eso que se los damos a los niños, quienes, con sus estómagos fuertes y sus mentes todavía no contaminadas por el conocimiento, tienen más posibilidades de comprenderlos. Comprender: durante años reflexioné sobre esa palabra e intenté definir el efecto que producía en mí. Finalmente llegué a la conclusión de que significa justamente lo contrario de lo que parece decir: en inglés, to understand sería literalmente «situarse debajo» (to stand under). Más tarde descubrí que, de hecho, ese era su significado en inglés medio. Así que, para comprender, me acerco a algo desde mi no-saber —desde mi desnudez, si se quiere—: me coloco debajo y dejo que me enseñe, que derrame su verdad sobre mí. Eso, creo, es lo que hacen los niños; permiten que el mito abra dentro de ellos un espacio para un sentido de la justicia: para el Hada Malvada tanto como para la Bella Durmiente, para los dragones tanto como para los príncipes.

Esta capacidad de abarcar los dos extremos de la vara es una característica esencial del héroe. Entonces, ¿qué es, o más bien quién es el héroe? Todos conocemos a los paladines del mito: Teseo matando al Minotauro y encontrando la salida del laberinto gracias a un único hilo de lino; Eneas encontrando el camino al inframundo con ayuda de una pequeña rama dorada; Daniel enfrentándose a su foso de leones; Jonás midiendo la oscuridad en el vientre de la ballena. Pero ¿cuál es el denominador común entre estos y, en realidad, entre todos los héroes? ¿Podría ser —y esto es una pregunta, no una afirmación— que, antes que nada, el héroe es aquel que está dispuesto a partir, a dar el primer paso, a cargar con algo? Tal vez el héroe sea aquel que pone el pie en un camino sin saber qué puede esperar de la vida, pero sintiendo de algún modo, en los huesos, que la vida espera algo de él. Creo también que ningún héroe protestaría jamás diciendo que él no pidió nacer. Si no está seguro de haberlo pedido, por lo menos está dispuesto a comportarse como si lo hubiera hecho; como si, habiéndosele dado la vida, estuviera dispuesto a responder por ella. Y por eso tiene que abandonar su hogar, o la seguridad, o su propia manera condicionada de pensar y sentir, y ponerse, desnudo, al servicio de cualquier necesidad que surja: un dragón que matar, una Gorgona que decapitar, el fuego que traer desde el Cielo. Todas las tareas son diferentes, pero, si se examinan atentamente los mitos, se verá que fundamentalmente la búsqueda es siempre la misma. Vista desde el punto de vista de la historia, la tarea del héroe consiste en rescatar a una doncella sitiada de un destino innombrable, recuperar algún tesoro acumulado después de matar una serpiente de siete cabezas o traer una copa del Agua de la Vida desde el pozo situado en el fin del mundo; y todas estas tareas exigen nada menos que la totalidad de uno mismo. Pero ¿qué significan esencialmente? Quizá los mitos estén diciéndonos que estas empresas no son tanto viajes de descubrimiento como de redescubrimiento; que el héroe no busca algo nuevo, sino algo antiguo: un tesoro que se perdió y debe encontrarse, su propio ser, su identidad. Y al encontrarlo, al lograrlo, participa de la única tarea, de la exigencia mítica esencial: la restauración del mundo caído. Es un viaje largo y peligroso de regreso desde el nadir hasta el cenit, desde yacer entre las vainas y los cerdos hasta comer el becerro cebado.

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Teseo mata al Minotauro

Ahora bien, el héroe no es un dios, ni siquiera un santo, aunque muchos santos hayan sido héroes. Tiene un corazón humano y, por lo tanto, una dimensión de fragilidad y la posibilidad de fracasar. La idea de una imperfección en la creación es fundamental para el mito. Y solo estudiando los mitos se llega a comprender que precisamente a través de esas imperfecciones —porque son ellas las que generan las tensiones— la creación puede continuar. Lo mismo ocurre con el héroe. Cada uno de ellos es un hombre falible. Cada uno posee un orgullo desmedido; pero ¿dónde estaría el fervor de su batalla sin ese mismo orgullo? Lancelot, quizá el héroe más querido de toda la mitología, envidiado por los hombres y amado por las mujeres, partió en busca del Santo Grial mientras, al mismo tiempo, traicionaba a su amigo y rey con la esposa de ese rey y amigo. Nunca encontró el Santo Grial; este pasó junto a él por un pelo. Pero gracias a su fidelidad heroica a su búsqueda no solo conservó su lugar en la Mesa Redonda, sino que fue su ornamento más brillante. Y su hijo, Galahad —o quizá su propio yo inmaculado— fue quien encontró el Grial. Ulises, a quien podríamos llamar el segundo en popularidad después de Lancelot, sucumbió a la tentación en todos los puertos conocidos del mundo hasta que finalmente echó el ancla en su propio refugio, Ítaca. Sucumbió, sí, pero, a diferencia de sus hombres, a quienes fue dejando atrás en distintos estados de bestialidad, era consciente de lo que hacía; mantenía un ojo sobre sí mismo —el hombre astuto, el taimado— y regresó a casa convertido en héroe. David, espiando a Betsabé desde los tejados, dispuso que su marido, Urías el hitita, fuera colocado en el frente de batalla para poder casarse él mismo con ella; y nos sorprende —aunque al mito no— que el resultado de este desagradable acto fuese Salomón el Sabio. Generaciones más tarde, el descendiente directo del árbol de David dirá al hombre que lo amó y lo traicionó tres veces: «Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia». Esta roca, esta matriz de tierra burda y cristal, es la materia esencial del héroe. Porque es a través de sus fracasos humanos y de sus triunfos humanos como el héroe cumple su propósito: convertirse en un canal a través del cual los dioses puedan descender hasta los hombres. En el proceso de descubrir su propia identidad, se convierte para nosotros, mitológicamente, en el elemento mediador o reconciliador y, en realidad, en el modelo. Y también, mitológicamente, de una manera antigua, nos consolamos y sostenemos a nosotros mismos mediante aquello que en nosotros corresponde al héroe.

Pero ¿es suficiente? Quizá, si realmente pudiéramos escuchar lo que los mitos nos están diciendo, oiríamos lo que yo misma me descubrí diciendo no hace mucho: «Todo el mundo tiene que ser el héroe de una historia: la suya propia». Lo dije a la ligera; o, más bien, algo dentro de mí lo dijo, porque sabemos más de lo que sabemos que sabemos, más de lo que comprendemos. Y si esto es verdad, ¡qué empresa tan sobrecogedora! Todos esos dragones —llámenlos como quieran—; esos viajes a nuestro propio y oscuro inframundo; todas esas princesas prisioneras que hay que rescatar. Uno se echaría atrás ante semejante obligación si la alternativa no fuera igualmente sobrecogedora. No ser el héroe de la propia historia: ¿podría uno aceptar eso? ¿Podría yo dejar de ser una especie de Deméter, recorriendo el mundo en busca de mi hija, de mí misma, de mi Perséfone perdida? No es una pregunta que deba contestarse, sino una pregunta a la que hay que responder con la propia vida, situándose bajo ella, por así decirlo, con una especie de temor y temblor. Porque, para intentarlo, tengo que encontrarme en la misma situación que el héroe del cuento ruso llamado Ve, no sé adónde; tráeme, no sé qué. Es desde este no-saber desde donde tengo que partir para encontrar la patria del mito, esa patria tan bien descrita en Rumpelstiltskin, donde se la llama «el país donde el zorro y la liebre se dan las buenas noches». Esta frase contiene todo lo que necesitamos saber. Porque, en efecto, este es el país, la condición, donde los opuestos se reconcilian, el lugar en el que uno va más allá de ellos. Buenas noches, zorro. Buenas noches, liebre. Me pregunto dónde podemos encontrar ese lugar, en qué parte de nosotros mismos podemos buscarlo.

Y, sin embargo, ¿no está siempre ahí? ¿Acaso estamos realmente alguna vez fuera de esa tierra mítica situada al Este del Sol y al Oeste de la Luna? ¿Podemos escapar de ella, incluso si lo deseamos? Si consideran que, en lo que he dicho acerca del mito —cuyo ropaje apenas he rozado—, he tensado demasiado el arco, deben recordar que el arco largo mismo procede de un mito, el mito de Filoctetes. Y si, como dije al principio, desean tomar cualquier cosa que yo haya dicho con un grano de sal, háganlo, recordando siempre que la sal también es un ingrediente mitológico esencial.


Referencia:

Referencia original: P.L. Travers, What the Bee Knows: Reflections on Myth, Symbol, and Story, Wellingborough: Aquarian Press, 1989.

Traducción al español: Gilberto Santaolalla. Traducción íntegra realizada a partir del texto original; las imágenes pueden diferir de las de la edición consultada.



Sobre el autor:

“Para encontrarse en lo infinito es menester discriminar y unir”.

I’Ching

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