El granado

Cientos de simientes en la indiferencia de una maceta. Sólo unas cuantas brotan aunque árbol en potencia eran todas. Sólo unas fueron puestas en agua y ensancharon su raíz. Sólo tu… me tienes.

Si este granado dará fruto depende de tanto que no me atrevo a afirmarlo. Pero de lo que sí puedo estar seguro es de mirada, pausada en el estado de tus hojas; de mi presencia, advirtiendo tu cambio; de mi cuidado, presagiando el granizo que asoma el cielo gris… esa nube que amenaza y que ambos confirmamos… porque tu lo has sentido desde siempre… porque yo sé escuchar y sentir lo sutil.

No cabe en la razón cómo una semilla tan pequeñita contiene el fruto. Pero antes debe permitir la flor. Y ésta ha de negarse si decide perseguir el ovario de néctar. Las plantas no deciden, son pura voluntad de poder que les hace afirmar lo que son para ser. Nosotros, en cambio, arrebatados por el miedo y el deseo, rechazamos el esplendor.

Dice aquel loco que “cuanto más quiere elevarse el árbol hacia la altura y hacia la luz, tanto más fuertemente tienden sus raíces hacia la tierra, hacia abajo, hacia lo oscuro, lo profundo, —hacia el mal”. Haz de cuidar tu mal, haz de perseguirlo pues la luz surge de la obscuridad. No hay fruto sin raíz. No hay raíz sin dificultad, sin gusanos, sin ahogo, sin muerte… no hay vida sin muerte. Ser y no-Ser son unidad.

Gilberto Santaolalla

Por Gilberto Santaolalla

Ciudad de México (1977). Psicoterapeuta con 11 años de práctica. Maestro en Filosofía. Esposo y padre. Entusiasta de la filosofía, la escritura creativa, la carpintería, los oráculos y la fotografía. Aprendiz del fuego.

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