
A continuación presento la transcripción íntegra del texto titulado El gran proceso de la madurez de la filósofa española María Zambrano, fechado en mayo de 1966 y contenido en sus manuscritos de Filosofía y Educación.
“Es el centro de la vida, la madurez. La edad donde todas las anteriores confluyen, el fruto en vista del cual se dio todo el proceso de crecimiento. Contrariamente a todo lo que con tanta superficialidad se ha dicho ─en las cosas de la vida la superficialidad comienza por falta de observación─ la senectud no desvanece el esplendor de la madurez sino que la lleva consigo de algún modo.
Se llega a la madurez a través de una larga y peligrosa crisis, sobre la que hoy se inclina la atención de los psicólogos y moralistas, aunque nunca suficientemente. Pues que en su dintel todo puede perderse. Ya que cada edad viene a ser como una estancia cuyo umbral hay que franquear. Y sólo puede ser franqueado si el que ha de hacerlo tiene esa especial ligereza que proviene de las cuentas cumplidas, de no arrastrar consigo el peso del remordimiento, el fardo de lo que se ha dejado de hacer y de cumplir. Mas la puerta de la madurez para ser pasada pide una especie de recapitulación de todo lo realizado y dejado de realizar; una liquidación total y el saldo que arroje será el fruto, la sustancia vital y moral de la persona en cuestión.
No es de extrañar pues, según lo dicho, que ante la entrada en la madurez tantas personas intenten echarse hacia atrás, demorar el momento, seguir haciéndose los jóvenes y no sólo por la fascinación que la juventud ejerce sino por el temor a esta recapitulación de toda su vida, por el temor de este juicio final ─con respecto a lo anterior─. Y juicio final es aquel en el cual la rectificación se hace imposible o por lo menos de extrema dificultad. Pues lo que se hace verdaderamente imposible es que la verdad, la verdad de una vida salte y se haga ostensible. Y así la entrada en la madurez anticipa como ningún otro pasaje de la vida la comparición [comparecencia] ante el juicio último. El paso a la madurez tiene mucho de postrimería. Y si se pasa buenamente este dintel, la madurez se hace sentir como una morada, como una casa. Es la edad en que la intimidad se logra, la vida familiar se remansa y se adensa sin pesar más por ello, en que las amistades se solidifican y las relaciones con el mundo se hacen al par más firmes y más simples; es el largo, hermoso momento de la certidumbre.
Y la certidumbre es algo más que la evidencia intelectual, es algo que desborda del conocimiento abstracto, teórico simplemente. Es, sí, conocimiento teórico, mas acompañado, enraizado en la que podríamos llamar evidencia del corazón.
Y esta certidumbre se extrae, la extrae la persona en una sutil alquimia en ese trabajoso período que es la crisis de la madurez de todo lo anteriormente vivido sin exclusión alguna, es decir, que servirán todas las situaciones y experiencias positivas y negativas. La alquimia consiste en extraer de lo negativo, desgracia, dolor, error, adversidad, lo positivo contenido en ello, es decir: conocimiento vivo y actuante, comprensión, fortaleza. Y en extraer igualmente de la alegría, del éxito, del triunfo, si lo hubo, la lección permanente del comedimiento [moderación], es decir: de los límites del entusiasmo y de la victoria.
Pues que lo característico de la lograda madurez es convertir el mal en bien, lo que significa entre otras cosas hacer toda derrota asimilable y toda victoria duradera.
Y no parece que sea discutible que si esta capacidad operante se logre, en la madurez, la senectud, última edad de la vida humana, vaya a quedarse desprovista de ella. Por el contrario será una especie de sublimación, de claridad inesperada. Pruebas de que así es hay muchas y que hablan por sí mismas. Esas grandes obras inacabadas, las clásicas inconclusas, sean de pensamiento, de poesía, de música o de artes plásticas; sean también una obra política, un último proyecto apenas esbozados. Sean los últimos años de la actividad de un maestro que ofrece a sus discípulos la totalidad de su mente y de su alma en cada una de sus más sencillas palabras.”
Referencia:
María Zambrano, Filosofía y Educación (Manuscritos), Ed. Ángel Casado y Juana Sánchez-Gey. Málaga: Editorial Ágora, 2007.


