El espíritu de pesadez / La Tierra

“[…] espíritu de pesadez. La carga que oprime está sobre la vida y la tierra, una pesadumbre moral, adversaria de los nuevos valores […]”.

Espíritu de pesadez
Käthe Kollwitz The Volunteers (Die Freiwilligen) from War (Krieg) 1921–22, published 1923

El siglo XIX de Nietzsche: ¿remanentes actuales en el siglo XXI?

Los hombres del siglo XIX, a través del punto de vista de Nietzsche, no vacilan sobre lo que se les ha dicho: «debes dejar de ver por ti y ver primero por el otro», «no seas petulante», «cuida tus excesos», de manera que pasan de largo de ellos mismos, olvidándose de sí. Y también, por aleccionamiento, son policías de la moral, limitan su vida a partir de reforzar un sistema de pensamiento que beneficia la mesura y menoscaba la vitalidad.

Nietzsche considera que su época (Europa, siglo XIX) está ensombrecida por el espíritu de pesadez. La carga que oprime está sobre la vida y la tierra, una pesadumbre moral, adversaria de los nuevos valores, encarnación del ideal antiguo que se revela como antagonista de la enseñanza del eterno retorno: la afirmación al ciclo natural de la vida y su repetición.

El espíritu de pesadez

El espíritu de la pesadez, dice Nietzsche, no ha hecho más que crear “coacción, ley, necesidad y consecuencia y finalidad y voluntad y bien y mal”1, criterios que obstaculizan que podamos conocer lo que tenemos. Que entorpecen el amor por nosotros mismos. Que insisten en que nos digamos que la vida es un pesado lastre, haciendo que vivamos de manera “modesta e irreflexiva […] indiferente e irónica”2. La consecuencia es que vivimos desinteresados respecto a lo que nos es propio pues, si vemos por lo nuestro, es posible que algunos otros nos castiguen llamándonos egoístas.

De esta manera el hombre termina siendo “para sí mismo una carga pesada”3, pues lleva demasiado ajeno. Es el espíritu del hombre de carga, simbolizado por la imagen del camello (ver más aquí) que sólo interpreta moralmente el mundo, actitud que le impide la ligereza que es necesaria para descubrirse y amarse a sí mismo. Es sacrificada la individualidad.

En este contexto, Nietzsche considera que el hombre está extraviado y vencido por la pesadez, ofreciendo devoción a lo sobrehumano (representado por la religión, la metafísica y la moral) y expresado en su confianza en la ciencia.

¿Qué entiende Nietzsche por ciencia?

En los escritos intermedios (Aurora y La gaya ciencia) Nietzsche toma una distancia respecto de aquella ciencia que, por su desconfianza en todo lo que no fuera razonable, amputaba la vida con certezas que costaban caro a los hombres. Este tipo de ciencia dice algo como: «sabemos que nuestros supuestos son hipotéticos, pero que no dudamos de que más razón nos dará la razón final, la razón de todo, la verdad última de las cosas». Una postura que promueve que la ciencia arañe la vida y crea que con ello se acerca más y más a la <<verdad>>.

Desencantamiento

Declive del horizonte establecido por el orden social y cósmico y, con ello, desaparición del sentido único al que apuntaba la cultura occidental, a partir de experimentar un desengaño tras haber matado a Dios y, en consecuencia, se diviniza al yo. Pero, como he señalado, al asumirse los hombres como responsables únicos de la construcción de sentido y organización de lo real, ocurre un agotamiento inminente, pues el conocimiento humano es siempre insuficiente ante lo que no siempre tiene una explicación.

Más al respecto en: Desencantamiento del mundo, Forja del Yo, Forja del Yo (2).

La Tierra

Nietzsche no coloca al hombre en lugar de Dios: no diviniza ni idolatra la existencia finita. En Su lugar —en el lugar del platónico reino de las Ideas y del Dios cristiano— coloca la Tierra, pues ella “es el último criterio; la gran prueba y el gran examen de todas las cosas humanas se realizan con fidelidad a ella”.4 La restitución de la Tierra es el restablecimiento de lo terrenal y mundano, del mundo espacio-temporal, en el que vivimos y ya no como un lugar sin valor, de paso, superfluo e inauténtico. Así, “cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será”.5

Con la reinserción del mundo en la Tierra (y por ende en el espacio y tiempo) el mundo se piensa, ocasionando la disolución de la moralidad aprendida pues hay una apertura del mundo. Así, bien y mal son sólo etiquetas, “[p]ues todas las cosas están bautizadas en el manantial de la eternidad y más allá del bien y del mal; el bien y el mal mismos no son más que sombras intermedias y húmedas tribulaciones y nubes pasajeras”.6 Desaparece el mundo más allá suprasensible y, con él, la interpretación moral-metafísica de lo que existe pues, pensar el mundo existente significa verlo temporalmente, pero poniendo a un lado las categorías humanas que se le han impuesto.

El resultado es un devenir continuo, de manera que:

la apertura de Zaratustra al mundo no es un simple estado de ánimo que se apodere de él casualmente; es una disposición anímica esencial y básica, es la manera en como el mundo mismo accede al pensador, como se le patentiza y le afecta, como abre el pensar —que de otro modo siempre está atado a los “objetos”— al gran espacio desde el cual éstos le salen al encuentro.7

Afectividad

Estamos en el mundo desde una afectividad. El problema (y la oportunidad) es que, a medida que seamos más ciegos a él (al mundo) —más herméticos a la vastedad que contiene las múltiples afecciones que podemos experimentar por habitarlo—, mayores impresiones de extrañeza se nos presentarán… y si no estamos preparados para apropiarnos de ellas, lo desconocido será un paraje más por el que transitaremos distraídamente sin que sepamos aprovechar su fuerza transformadora.

Y ahí, en la «gravedad de la vida» —porque así hemos decidido referirnos a ella, con ese calificativo sentido: <<gravedad>>— es que podemos ser, nuevamente, víctimas del espíritu de pesadez y de sus refugios conocidos: la moral, la metafísica, la religión. Hay que ser capaces (y para ello hay que trabajar en el conocimiento de uno mismo) de superar la reflexión de lo superficial, es decir, de las categorías humanas que hemos construido para resguardarnos del mundo tal como es.


Referencias:

1 Nietzsche, AHZ, III, “Del espíritu de pesadez”.

2 Nietzsche, La Gaya Ciencia, Tr. Germán Cano. Madrid: Gredos, 1ª edición, 2011.

3 AHZ, III, “Del espíritu de pesadez”.

4 Eugen Fink, La filosofía de Nietzsche, Tr. Andrés-Pedro Sánchez Pascual. Madrid: Alianza, 1ª edición, 1966

5 Mila Kundera, La insoportable levedad del ser, Tr. Fernando Valenzuela. México: Tusquets, 17ª reimpresión, 2005.

6 AHZ, III, “Antes de la salida del sol”.

7 Fink (1966).

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