El esfuerzo, según Tólstoi

Odilon Redon (Butterflies, 1910)

¿Qué significa el esfuerzo para Tolstói? En El camino de la vida, el escritor ruso vuelve una y otra vez sobre una idea: transformar nuestra vida requiere un esfuerzo de conciencia. No se trata de grandes acciones extraordinarias, sino del trabajo cotidiano sobre uno mismo, sobre nuestra conducta y nuestra alma.

Advertencia antes de seguir

Si al encontrarte con palabras como pecado, Dios, alma o Reino de Dios empiezas a sospechar que Tolstói se ha convertido aquí en una especie de mojigato decimonónico, conviene no abandonarlo todavía. Su lenguaje puede sonar religioso —y ciertamente lo es—, pero lo que está intentando pensar va bastante más allá: aquello que nos domina, la dificultad de vencernos a nosotros mismos y la posibilidad de vivir con un poco más de consciencia y libertad.


La liberación de los pecados, las tentaciones y las supersticiones está en el esfuerzo

Se refiere Tolstói a esfuerzos… pero de consciencia; vencerse a sí mismo, de tal manera que podamos des-cubrir nuestra alma pues ésta está raptada (podríamos decir) por “los pecados, las tentaciones y las supersticiones” y, entonces, el “Reino de Dios” (que está en uno mismo) es asequible.

En contraste, y citando a Giuseppe Mazzini, en la tierra no hay descanso pues ésta es “inmoral”.

Caminamos hacia “un objetivo” que jamás puede ser alcanzado en esta vida pero que sin él ─sin ése objetivo─ la vida sería un “disparate”, un sin sentido, “una mentira”. A ese objetivo inalcanzable “nos acercamos […] sólo mediante nuestro propio esfuerzo”.


¿Qué rapta nuestra alma según Tolstói?

Los pecados los identifica con los “deseos carnales”, es decir, aquello de nosotros que se las tiene que ver con el cuerpo y sus necesidades: impulsos, apetitos y pasiones físicas o sensuales, en contraste con lo espiritual o emocional; en este sentido, la abnegación es el remedio para los pecados.

Por tentaciones, alude al Yo y su “orgullo”, donde la humildad es el remedio.

Y por supersticiones hace referencia a la falsedad que desorienta y que encuentra su remedio inmediato en “la verdad”.

Sin embargo, no es suficiente con la abnegación, la humildad y la verdad, sino que hace falta el esfuerzo de la consciencia como un trineo que arrastra a aquellas tres. Así como el trabajo físico requiere de esfuerzo, la vida espiritual también lo necesita; siempre que aquello que nos propongamos sea una “buena acción” vale la pena el esfuerzo de realizarla, se logre o no el objetivo, pues “todo esfuerzo fortalece el alma”.

“La fuerza no está en poder hacer un nido con un atizador, ni en poseer billones o trillones de rublos, ni tampoco en conquistar con nuestros soldados a todo un pueblo. La fuerza, mucho más grande que todas éstas, está en que el hombre sea capaz de perdonar de corazón a su ofensor, en que pueda abstenerse de un deseo si sabe que ese deseo es pecaminoso, en que en todo momento recuerde que en él vive el espíritu divino”.

Hacer el bien (es decir el esfuerzo moral) tiene por recompensa “la alegría de la conciencia de la vida”, es decir, la alegría es consecuencia de nuestro esfuerzo. Cita a Cicerón: “La recompensa de la virtud está en el esfuerzo mismo de hacer una buena acción”.

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No hacen falta esfuerzos extraordinarios, sino todo lo contrario, esfuerzos de consciencia ordinarios, «pequeños» gestos que tienden al “bien”, pues “[l]as malas acciones (aquellas que acarrean nuestras desgracias) se realizan sin esfuerzo. Lo que es bueno y favorable para nosotros se realiza únicamente con esfuerzo. Nuestra virtud no se mide por medio de lo extraordinario sino por “los esfuerzos cotidianos”.

El bien es cercano a la verdad… ¡Búscala! sin negar la “inquietud y zozobra” que eso implica, y presta atención a lo que se te revela. “Busca la verdad, ella así lo quiere”, cita a Pascal.


Vivir para el alma requiere esfuerzos

Somos sólo un instrumento de Dios, en el que Él trabaja. Pero podemos “participar” “sólo mediante los esfuerzos de mi conciencia”, conservándonos (trabajándonos) “limpios y afilados”, así nuestro ser, nuestra alma. Nuestra apreciada “libertad” debe apuntar a “vivir para el alma”. Si hemos de defender nuestra voluntad por encima de la voluntad de lo otros, ésta debe de aprovecharse para nuestra alma.

De “la naturaleza baja, animal” a una consciencia cada vez más elevada, a la “vida espiritual”. “Y con el fin de vivir para el alma, el hombre debe dominar la lujuria del cuerpo”. En cuanto dejamos de esforzarnos por ir en contra de “pecados, tentaciones y supersticiones”, el cuerpo nos dominará.

Tolstói señala el esfuerzo que nos demanda esta vida nuestra que se ha vuelto insoportable. El “esfuerzo de consciencia para despertar a una vida nueva, superior, una vida espiritual”, que, como ya se dijo, requiere “vivir para el alma”.

El trabajo del alma no se ve, es invisible. “No es un asunto importante, se puede hacer y se puede no hacer”.

“Cuando en realidad, cualquier trabajo que no sea cultivar el alma, esforzarnos por ser cada día más espirituales y amar más, es un trabajo que no vale la pena. Sólo este trabajo es verdadero, y todos los demás trabajos son útiles únicamente cuando este trabajo principal de la vida se lleva a cabo”.

“Quien reconoce que su vida es mala y quiere comenzar a vivir mejor, no debe pensar que sólo puede comenzar cuando haya modificado las condiciones de su vida. Uno puede y debe mejorar su vida no con cambios exteriores, sino en uno mismo, en su alma. Y eso se puede hacer siempre y en todo lugar. Y cada uno tiene mucho trabajo propio que realizar. Cuando tu alma haya cambiado tanto que no puedas seguir llevando la vida que habías llevado, sólo entonces cambia de vida; no lo hagas cuando te parezca que te puede ser fácil corregirte si cambias de vida”. (II.7)

Lo importante en la vida, el asunto que importa: “mejorar la propia alma”, lo “demás son tonterías”…. Tarea que se siente jubilosa y sin obstáculos: el trabajo de nuestra alma.

“Sigue el ejemplo del gusano de seda: él trabaja hasta que puede volar. Y tú estás pegado a la tierra. Trabaja en tu alma y te saldrán alas”.


El perfeccionamiento de uno mismo se consigue únicamente mediante el esfuerzo de la conciencia

“[…] todo hombre debe hacer esfuerzos de consciencia por acercarse a la perfección”. La vida humana consiste no en ser como Dios (que es imposible) sino en “acercarse”, tender a… “Que el hombre haga el bien únicamente porque está acostumbrado a hacerlo no quiere decir que lleve una vida de bien. El esfuerzo no debe de lograr la perfección sino orientarse hacia ella y acercarse “cada vez más a ella”.

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Y, además, has de tener en cuenta que “[t]odo se crece poco a poco, no de golpe”.

“Lessing decía que no es la verdad la que da alegría al hombre, sino el esfuerzo que éste hace para alcanzarla”, dice el autor.

La regla de la continuidad del esfuerzo”… No desesperar ante las dificultades, ante lo que no termina de entenderse bien, de no tener éxito, ante lo que uno no deja de estar confundido, no deja de estar en la incomprensión, y donde las comparaciones con otros son relativas, innecesarias. “Quien verdaderamente siga esta regla […], por más ignorante que sea, acabará siendo culto, y por más vicioso que sea, acabará siendo virtuoso”.

La bondad trae alegría, y ésta se logra mediante la acción “buena” “con todos, personas y animales”. Las acciones buenas (“ser siempre bueno”) es un hábito al que uno se acostumbra, hace costumbre mediante el rechazo (incluso el reproche) de la “mala acción”. “Si lo haces así, pronto te acostumbrarás a ser bueno con todas las personas y los animales. Y si te acostumbras a la bondad, siempre habrá alegría en tu corazón”.


Para acercarse a la perfección el hombre sólo debe contar con sus propias fuerzas

Nadie nos puede sacar de la “mala situación” en que nos encontramos, ni siquiera corresponde «salir de esa situación». “Sólo necesita una cosa: realizar él mismo un esfuerzo de conciencia para librarse de los pecados, de las tentaciones y de las supersticiones”, así es como mejora la situación de uno. De manera que, nuestra salvación y felicidad surgen del propio esfuerzo no de algo ajeno a nosotros. “[…] la vida mala depende de nosotros, y de nosotros depende que se vuelva buena”.

Nuestros errores deben de ser corregidos por nosotros mismos y no más bien la esperanza en que sea una intervención divina la que encarrile.

“Eres tú quien peca; eres tú quien trama el mal; eres tú quien huye del pecado; eres tú quien purifica tus pensamientos; eres tú quien es malvado o puro; nadie que no sea tú podrá salvarte”. Dhammapada.

Si deseamos el bien de la sociedad hay que iniciar con uno mismo.


¿Qué significa este esfuerzo en la vida cotidiana?

Tal vez el esfuerzo del que habla Tolstói no deba buscarse en acciones excepcionales, sino en esos momentos discretos en los que algo dentro de nosotros se resiste a seguir el camino más fácil: callar una respuesta que nace del enojo, admitir un error, renunciar por un instante al orgullo o mirar con mayor atención aquello que solemos atribuir a los demás.

Son movimientos «pequeños», casi invisibles, pero quizá sea justamente ahí donde comienza el verdadero trabajo sobre uno mismo: en ese espacio íntimo en el que la conciencia nos pide actuar de una manera distinta a la habitual.


Referencia:

Lev Tólstoi, El camino de la vida, Tr. Selma Ancira. Barcelona: Acantilado, 2019.



Sobre el autor:

“Para encontrarse en lo infinito es menester discriminar y unir”.

I’Ching

Libro de las Mutaciones