Ejercicios espirituales: Askesis / Prosoche

“No pretendas que los acontecimientos sean como quieres, sino que intenta que los acontecimientos sean como son y vivirás en la serenidad”. Epicteto

Ejercicios espirituales: Una manera de ser

Con anterioridad he retomado el trabajo de Pierre Hadot sobre los ejercicios espirituales practicados por estoicos y epicúreos (Ejercicios espirituales, Aprender a morir, aprender a dialogar, poner atención y aprender a leer), prácticas con antecedentes que se remontan al siglo III a.c. En ese entonces no se hablaba de ejercicios espirituales sino de orientación hacia el interior.

Dice Hadot que “[…] tales ejercicios aspiran a realizar la transformación de la visión del mundo y la metamorfosis del ser. Cuentan por lo tanto con un valor no sólo moral, sino también existencial.” Es decir, invitan tanto a una dirección de cómo debemos actuar (un código de “buena” conducta) como también a “una manera de ser” en su sentido más estricto, es decir, está comprometido con estas prácticas la totalidad de nuestro espíritu.

Así, por ejemplo, podemos hablar de la askesis no el sentido moderno de ascesis («abstinencia completa o restricción en el consumo de alimento, bebida, horas de sueño, vestido y propiedades, mostrando especial continencia en lo relativo al ámbito sexual”) sino en el antiguo: “una actividad interior del pensamiento y de la voluntad”.

El «hombre despierto» en la Edad Media

En la edad media estar consciente de sí era (antes que nada) una consciencia moral que purificaba y rectificaba la actitud de los llamados filósofos, quienes rechazaban cualquier motivación “que no sea la voluntad de hacer el bien”. Así, para ellos, “[e]l hombre «despierto» es perfectamente consciente de continuo no sólo de lo que hace, sino de lo que es, es decir, de su lugar en el cosmos y de su relación con Dios.”

También presente en esa época una consciencia cósmica: “el hombre «atento» vive sin cesar en presencia de Dios y en el «recuerdo de Dios», entregado gozosamente a la voluntad de la Razón Universal y contemplando todo cuanto existe con los ojos del mismísimo de Dios.”

Prosoche

Prosoche es la atención a uno mismo: vigilancia continua, concentración de uno mismo estando en el presente, vivir el “momento presente como si fuera el primero, pero también el último”. Un ejercicio continuo de presencia divina que le recuerda a nuestro corazón la presencia de Dios.

¿La atención en uno mismo requiere sólo de nuestra voluntad? Para Hadot “la prosoche suponía una meditación y una memorización de la regla vital (kanon), de los principios que deberían ser aplicados a cada circunstancia concreta, a cada instante de la vida. Era necesario tener de continuo «a mano» los principios vitales, los «dogmas» fundamentales.”

Consciencia de muerte

«Ponte cada día la muerte ante la vista y nunca más serás asaltado por un pensamiento bajo ni deseo excesivo». Epícteto

«Es preciso actuar, hablar y pensar siempre como alguien que en cualquier momento puede abandonar la existencia». Marco Aurelio

La idea de que cada momento es apreciable y que hay que tener presente para qué utilizamos el tiempo presente.

“Las palabras de los ancianos”

Escuchar a los viejos sabios del desierto, que nos inquieren memorizar y meditar. Apotegmas y kephalaia: los primero son breves sentencias de ancianos que memorizamos; las segundas , sentencias relativamente cortas como por ejemplo las Meditaciones de Marco Aurelio, que nos invitan a una atención reflexiva. Meditaciones que deben de realizarse constantemente.

Sobre los exámenes de consciencia

De repasar por la tarde-noche (antes de descansar) la mañana y, en la mañana siguiente, la noche anterior. Tener presentes nuestras actividades y pasiones, en qué medida nos hemos dejado dominar por ellas. “[…] anotar por escrito todas las actividades y movimientos de nuestra alma […] aprovechar el poder terapéutico de la escritura”.

Referencia:

Pierre Hadot, Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Tr. Javier Palacio. Madrid: Siruela, 1a edición, 2006.

Por Gilberto Santaolalla

Ciudad de México (1977). Psicoterapeuta con 11 años de práctica. Maestro en Filosofía. Esposo y padre. Entusiasta de la filosofía, la escritura creativa, la carpintería, los oráculos y la fotografía. Aprendiz del fuego.

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