Desencantamiento del mundo

¿Qué entender por “desencantamiento”?

La modernidad Occidental está cubierta de un “escepticismo extraño”.[1] Los hombres que hacemos época en ella solemos evadirnos del presente y olvidarnos del porvenir, eventualidad que se estima débil, fatigada y con espíritu de pesadumbre. Para Charles Taylor son dos las fuentes de preocupación relacionadas con el desencantamiento de la época: el individualismo y la primacía de la razón individual, o como lo dice da Jandra: un desasosiego resultado de la desdivinización de lo trascendental a cambio de una nueva divinización del yo y la razón [2].

Comúnmente suele verse al individualismo como el logro de la civilización moderna. Se nos permite elegir las creencias que encontramos convenientes para vivir nuestra vida; formas convencionales que los hombres de siglos pasados desconocían. Inclusive nos protege un marco legal que consiente las formas de comportamiento social y (con menos fuerza) los “horizontes morales del pasado”.[3] Es decir, ya no respondemos a una jerarquía social justificada por lo divino sino que poseemos una libertad lejana de aquel orden mayor trascendental. De manera que carecemos de un sentido asignado en función de nuestro lugar social y del ingrediente secreto que nos hacía pertenecer a un orden estructurado con sus referentes en los distintos reinos de la vida. “Al descrédito de esos órdenes se le ha denominado «desencantamiento» del mundo”[4], a entender, la dilución de los horizontes de “acción, sociales y cósmicos” que establecían un sentido común.

Así, esta carencia de sentido trascendental hizo que los hombres del siglo XIX se centrasen en la vida individual, suscitando un ensimismamiento en el yo. Se les hace presente la sensación de angostarse; hacen a un lado a los demás y, por consecuencia, la vida se les encoge, es como una “autoabsorción”.[5] Había una falta de pasión para Kierkegaard o un anhelo de bienestar para Nietzsche.

Es el desencantamiento de una época que mató a Dios y que lo ha canjeado por la divinización del yo y su razón como fuente de significado autosustentable que organiza lo real.

Así, el conocimiento humano (con sus múltiples ramas del saber) pretendió hacer desde entonces las veces de Dios.


Referencias:

[1] Jean-Claude Guillebaud, La traición a la Ilustración, Tr. Horacio Pons. Buenos Aires: Manantial, 1ª edición, 1995. p.18.

[2] Leonardo da Jandra, Filosofía para desencantados. Girona: Atalanta, 1ª edición, 2014. p. 116.

[3] Charles Taylor, La ética de la autenticidad, Tr. Pablo Carbajosa Pérez. Barcelona: Paidós, 1ª edición, 1994. p. 28.

[4] Ibid., p. 39.

[5] Ibid, p.40.

Por Gilberto Santaolalla

Ciudad de México (1977). Psicoterapeuta con 11 años de práctica. Maestro en Filosofía. Esposo y padre. Entusiasta de la filosofía, la escritura creativa, la carpintería, los oráculos y la fotografía. Aprendiz del fuego.

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