
Hay momentos en los que uno quisiera, simplemente, dejar de ser uno mismo por un rato. No necesariamente morir ni abandonar la vida, sino descansar de tener que responder, decidir, de sostener una identidad, de estar disponible y cumplir con aquello que se espera de nosotros.
David Le Breton reflexiona sobre esta tentación contemporánea de desaparecer de sí, es decir, esas pequeñas formas de ausencia mediante las cuales buscamos aliviar ─aunque sea provisionalmente─ el peso de existir.
¿Qué significa desaparecer de sí para David Le Breton?
En la hipermodernidad, la autonomía se vuelve carga: cada quien debe darse sentido y pertenencia sin la confianza de un sostén común. Pasamos de la conjunción a la disyunción: muchas conexiones, pero poco vínculo. El clima dominante es la insuficiencia, alimentada por la velocidad, urgencia y precariedad. Para aliviar el “esfuerzo de ser”, buscamos ausencias menores (caminar, leer, dormir, correr, etc.): pausas motivadas por nuestro deseo de restaurarnos.
A veces esto se expresa de maneras muy sencillas: llegar a casa y no querer hablar con nadie, no decidir nada ni explicar cómo estamos. No necesariamente queremos estar solos: queremos, durante un rato, dejar de tener que ser alguien: la que ha terminado una relación y ahora se encuentra sin pareja; el que ha perdido un trabajo y ahora es el desempleado; la que se encuentra en una situación sin salida y no sabe qué hacer y ahora es la extraviada, etc.
Le Breton llama blancura al estado intermedio donde el yo se “borra” un momento; si se cronifica, deriva en apatía, burnout y nihilismo del deseo: es como un mirar desde la orilla, sin proyecto ni participación. No es egoísmo: suele ser cansancio radical. Antídoto: enraizamiento y amistad como vínculos sólidos de reconocimiento. Riesgo: que la pausa se fije y vacíe el deseo.
En esta entrada me interesa detenerme primero en las condiciones que hacen comprensible ese deseo de desaparecer; en otra entrada abordaré específicamente aquello que Le Breton denomina blancura.
Peso de existir y autogobierno
En la hipermodernidad cada quien “se debe a sí mismo”. La autonomía deja de ser liberación y se vuelve carga: mantener sentido, valor y pertenencia exige un esfuerzo continuo del individuo individualista. Ya no nos sentimos en conflicto, o ya no solamente, sino además en insuficiencia.
“A veces, nuestra existencia nos pesa”. Todos tenemos una “actividad esencial” en la vida: “darle un valor y un sentido a nuestra existencia”, sentirnos vinculados (“ligados”) a los demás, tener y sentir un lugar en nuestras relaciones sociales, en el Mundo, en La Vida.
Lo vemos incluso en decisiones aparentemente menores: qué estudiar, dónde vivir, con quién estar o cómo ocupar nuestro tiempo libre, puede sentirse menos como libertad que como la obligación de «hacer algo al respecto» constantemente.
Como se ve en el tema del Nihilismo, nos hemos “liberado” de las tradiciones (“de los valores comunes”). Ya no respondemos a autoridades. Ahora, cada quien se asume como aquel o aquella que ha de convertirse en su propio amo, dejando de rendir cuentas a autoridades externas sino casi exclusivamente a sí misma.
Pero esta ruptura puede contener el aislamiento de cada una de nosotras, enfrentándonos con nuestra «libertad», encaramiento que puede resultar disfrutable o lamentable: disfrutamos de nuestra autonomía o lamentamos nuestra experiencia de insuficiencia. “El placer de vivir no es fácil de encontrar”.
Es entonces cuando surge la necesidad, el antojo, de desafanarse de uno mismo, de quitar el peso de las exigencias, aunque sea por un rato.
Insuficiencia como clima
Sin embargo, “[e]n una sociedad en la que se imponen la flexibilidad, la urgencia, la velocidad, la competitividad, la eficacia, etcétera, el ser uno mismo no se produce de forma natural, en la medida en que hace falta en todo momento estar en el mundo, adaptarse a las circunstancias, asumir su autonomía, estar a la altura.”
Estamos interpelados por una constante “construcción” de una misma, “una tarea ardua”, que puede ser dura y exigente. La experiencia común en nuestra época postmoderna es la “insuficiencia” por encima del “conflicto” que fue la experiencia común para las generaciones de la primera mitad del siglo XX.
Incluso el descanso puede convertirse en tarea: dormir mejor, hacer ejercicio, meditar, comer bien, aprovechar el fin de semana. También de nosotros mismos parece esperarse un rendimiento.
No nos es sencillo acceder a nuestra autonomía pues, aunque contamos con orientaciones diversas, multitud de posibilidades, “sólo” contamos con nuestros propios medios, y estos no siempre son suficientes pues somos distintos unos de otros, no nos es igual de fácil para todos encontrarnos, conocernos.
Además, ya no contamos con una fundamentación social que nos oriente, ni una reglamentación exterior y, sin embargo, nos tenemos que encargar de nosotros mismos (o es conveniente hacerlo) y, la mayoría de las veces puede ser que nos encontremos solos ante ello, ante esta responsabilidad.
Por eso podemos terminar el día habiendo cumplido muchas cosas y, aun así, con la sensación de que faltó algo: trabajar más, contestar ese mensaje, hacer ejercicio, leer, atender mejor a alguien.
“Situarse bajo la autoridad de sí mismo implica la renovación incesante de toda una serie de habilidades y de recursos internos, constituyendo una fuente de inquietud y de angustia, y requiriendo de un esfuerzo constante”.
De la conjunción a la disyunción
Antes, lo individual y lo común se articulaban; hoy predominan trayectorias separadas. El vínculo social se reduce a “escenario” para el desarrollo personal: conexión sin verdadera ligadura.
“El individuo hipermoderno está desconectado”; al mismo tiempo que “exige la presencia de los otros, pero también su alejamiento”. Mientras hace unos años, “la ciudadanía era una conjunción entre lo general y lo particular”, es decir, se esperaba que el individuo “se apropiara del punto de vista del conjunto”, siendo uno más de muchos ─pero que ni lo general ni lo particular se perdiera─ hoy en día rige la “disyunción”.
Es decir, somos individuos que no necesariamente damos nuestra opinión sobre la generalidad de las ideas y que, sin embargo, como individuos pretendemos ser reconocidos por esa generalidad, aunque, al final del día, ahora se espera que cada uno de nosotros nos las arreglemos por nosotros mismos: separación, disyunción, desunir, separación de dos realidades, cada una de las cuales está referida intrínsecamente a la otra.
De manera que “[e]l vínculo social [se ha convertido] […] más [en] una variable ambiental que [en] una exigencia moral”… Los otros no son más que un escenario, utilería de la obra en la que sólo se representa e importa el individuo que inicia y termina en sí mismo su sentido. La relevancia de los valores compartidos con los demás queda olvidada.
Dice Le Breton que el vínculo social “no es más que el escenario de su desarrollo personal”. El otro ya no es una “obligación” sino una “opción”. “[…] la mayoría de las relaciones no exigen compromisos”. “El individuo contemporáneo más que vinculado está conectado, se comunica cada vez más pero se encuentra con los otros cada vez menos”. El individuo prende o apaga sus relaciones a voluntad, con un click.
La trepidación, la vorágine, “la velocidad, la fluidez de acontecimientos, la precariedad del empleo”, todo cambia todo el tiempo. Lo anterior dificulta, entorpece que podamos crear relaciones significativas con los otros y, muchas veces, terminan por aislar a los individuos.
¿Qué hacer entonces?
Ante esto, dice Le Breton, sólo mediante la “resistencia y la solidez del vínculo social” ─que demanda enraizamiento─ es que podemos acceder a la posibilidad de “forjar amistades duraderas” que nos permitan “reconocernos” en la vida cotidiana.
El valor de la amistad.
Referencia:
David Le Breton, Desaparecer de sí: una tentación contemporánea, Tr. Hugo Castignani. Madrid: Ediciones Siruela, 1a. edición, 2016.


