
Hay personas que mueren mucho antes de que llegue la muerte. La muerte no es más que una formalidad. Entre esa primera desaparición y la biológica, hubo un largo trayecto en el que alguien decidió —o fue obligado— a dejar de implicarse en el mundo. Este texto explora esa zona de nadie: la defección, la impersonalización y el extraño alivio que prometen a quienes ya no pueden —o no quieren— seguir jugando el juego de ser alguien.
Desaparecer de sí,… la defección
Introduce Le Breton el concepto de defección como posibilidad para retirarse de una situación que parece sin salida. La palabra misma lo dice: una acción de separarse, con deslealtad —hacia los otros, pero también hacia uno mismo— de la causa a la que se pertenecía. La causa de estar en el mundo. La causa de ser alguien.
Cansados de intentarlo —de buscar un lugar en el mundo, en un círculo social o familiar, de seguir en pie tras el desempleo, la pérdida, la humillación repetida— algunos renuncian a seguir luchando y se abandonan a las circunstancias. Retirarse pareciera la única solución ante lo que aplasta al individuo, ante lo que no encuentra cómo lidiar, vencer, sobrellevar, y que lo avasalla.
Lo paradójico es que esta retirada se experimenta como control. “Por su propia cuenta se aleja, creyendo (falsamente) que tienen bajo control su propia existencia.” Pero lo que ha ocurrido es lo contrario: la existencia ya no tiene a nadie al mando.
El individuo en defección es como un fantasma: mera máscara, no hay persona detrás para encarar y darle rostro a su existencia. “Ya no hay nada detrás. Ya no hay nadie.”
Desaparecer de sí: ¿despersonalización o impersonalización?
Le Breton hace una distinción que vale la pena detenerse a mirar con cuidado.
La despersonalización es un fenómeno de experiencia interna: “No me siento yo”, “me veo desde fuera”, “mi cuerpo no es mío”, “mis emociones están como anestesiadas”, “todo es irreal”. El sujeto se siente extraño para sí mismo. Se altera la vivencia de la identidad. “Ya ni siquiera me siento alguien para mí mismo.” Es un sufrimiento. Una grieta en la textura del yo.
La impersonalización, en cambio, no es tanto un síntoma como una postura: ser impersonal, relacionarse de forma fría, distante. Una elección (consciente o no) de dejar de implicarse afectivamente. Lo que dice, desde adentro, suena así: “No quiero / no puedo seguir jugando del todo el juego de ser alguien ante los otros.” O más crudamente: “No voy a seguir esforzándome por ser alguien para los demás. Voy a bajar mi perfil al mínimo. Sigo aquí, pero no juego.” Lo que distingue a estos sujetos no es que su yo se desintegre —como en la despersonalización— sino que renuncian a sobreinvestirlo para la escena social. Reclaman, de facto, un derecho de abstención. Siguen en el mundo, pero en modo neutro, al ralentí.
“[…] a veces no se trata tanto de una despersonalización como de una impersonalización: deshacerse de todas las limitaciones de la identidad para existir solamente al ralentí.”
Desaparecer de sí,… la presión de ser uno mismo
¿Por qué ocurre esto? Le Breton apunta hacia una presión estructural de nuestras sociedades contemporáneas:
“El peso de la individualización, la necesidad de hacer el esfuerzo de ser uno mismo en todo momento y de crear las apariencias en el seno de la vida social, están siempre amenazados por la depresión, pero igualmente por una forma más discreta: la impersonalización, que consiste en no presentarse más a la comedia de estar disponible para los otros, ocupando así un ángulo muerto en el ámbito social.”
El individuo impersonalizado está desligado, indiferente, pero sigue estando ahí sin sentirse obligado a participar. Ante los movimientos de un mundo que ya no es capaz de seguir, reivindica un derecho de abstención, a mantener un silencio, a retirarse. Vivir a la escala de la vida en común se convierte en una exigencia demasiado insaciable.
Recluido, sale lo menos posible para ahorrarse todo encuentro indeseado, para (según su expectativa) preservar sus recursos internos. Se convierte en un ermitaño entre la multitud. Permanece en el circuito, pero ya no participa en él. Siente que ya no tiene nada más que ofrecer.
No interesa “ser uno mismo” —que eso requiere trabajo— sino fundirse en el decorado. Habitar un mundo en suspenso que no exige ya nada más, del cual es posible, al fin, descansar.
Desaparecer de sí,… Rust Cohle o el detective impersonalizado
True Detective (Temporada 1) nos da un retrato extraordinariamente preciso de lo que Le Breton describe.
Rust Cohle va al trabajo, investiga, interroga. Cumple la función. Pero su relación con colegas y con el mundo es hiper-ascética y distante. Contesta con monólogos filosóficos que lo colocan fuera del consenso social; no busca caer bien, ni integrarse. No le interesa.
Lo que Cohle ha hecho no es despersonalizarse —sabe perfectamente quién es, con una lucidez a veces insoportable. Lo que ha hecho es impersonalizarse: se niega a jugar el papel de compañero simpático, padre de familia, ciudadano “normal”. Elige una posición desencarnada, como si sólo fuera una mente que observa la podredumbre del mundo desde un ángulo muerto.
Está en el circuito, pero ya no participa. Siente que no tiene nada más que ofrecer al decorado social. Y eso, lejos de angustiarle, parece haberle dado cierta paz.
Desaparecer de sí,… ¿salida o callejón?
Le Breton distingue, con cuidado, entre dos formas de desaparecer: desaparecer para recomenzar a vivir y borrarse con discreción hasta terminar en un no-lugar.
La primera puede ser necesaria: retirarse del ruido para encontrar algo más verdadero, recuperar fuerzas, soltar lo que ya no sostiene.
La segunda es otra cosa: “No hay otra ambición que borrarse, desertar del vínculo social, pero con una discreción infinita.” El individuo que se impersonaliza no está en pausa. Está, quizás sin ser muy consciente de ello, en una lenta extinción de su presencia en el mundo. Ciertas personas que mueren, dice Le Breton, ya habían desaparecido mucho tiempo atrás.
La pregunta que queda suspendida —y que Le Breton no responde del todo, porque no es su trabajo responderla— es la que le toca al que acompaña, al que hace psicoterapia, al que está cerca: ¿cómo distinguir el retiro necesario del que ya no tiene retorno? ¿Cómo tocar a alguien que ha decidido, con toda coherencia, no ser tocado?
Referencia:
David Le Breton, Desaparecer de sí: una tentación contemporánea, Tr. Hugo Castignani. Madrid: Ediciones Siruela, 1a. edición, 2016.


