Crítica a la concepción constructivista del sentido

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John Sell Cotman (Mountainous landscape, North Wales, (1782-1842)

Creer que el universo tiene una construcción amplia es una creencia moderna. Según los modernos, el espíritu —es decir lo humano en el contexto de este resumen—, con sus categorías y representaciones, construye de alguna manera su mundo.

Así, Kant busca explicar la concepción newtoniana imponiendo el entendimiento a la naturaleza (e.g. las orbitas planetarias responden a la constante de gravitación universal “G”). Surge entonces con mayor fuerza el sujeto humano.

Cabe recordar que…

El nacimiento del yo moderno

El Yo moderno nace hace quinientos años. Pico della Mirandola (1486): el hombre sin formas exclusivas dadas por Dios, sin arquetipos. Sería por medio de su deseo y juicio que el hombre se daría su propia forma. “[…] ordenarás por ti mismo los límites de tu naturaleza”. Un cuarto de siglo más tarde Leonardo, Miguel Ángel y Rafael crean sus obras maestras en el apogeo del Renacimiento con las que manifestaron la aparición del nuevo ser humano. La Reforma. Todo se transformó pues de la mano de la transformación del ser humano se dio el nacimiento del cosmos moderno

Grondin rechaza la idea de un mundo construido, poseedor de estructuras ordenadas, códigos y sistemas simbólicos, cercana al lenguaje de las matemáticas, a las representaciones esquemáticas. Estructuras que gobiernan “todas las <<producciones de sentido>>”: es decir el sentido gobernado por las estructuras. ¿Qué estructuras? Las del orden del lenguaje y el orden social. Bajo el paraguas del constructivismo todo ha de responder a una estructura pues “ya no hay nada natural, y no es la naturaleza misma más que una construcción”. Sucede lo mismo con los valores, con la ética y con “cualquier relación con el mundo”.

De manera que para el filósofo canadiense Jean Grondin, “[…] ese mega-sujeto moderno —autor de su mundo— está más bien muerto”. Basta ver las noticias para confirmar ese mundo construido que se nos está cayendo a pedazos.

Los modernos (Galileo y Descartes)

Galileo sabe sobre aquello que le permanece oculto y a lo que no tiene acceso. Así, sólo podía comprender aquello que podía concebir, disponerlo ante sí. ¿Cómo lo dispuso? Matemáticamente.

Descartes, por su parte, duda de sus sentidos, de las cosas externas; pero no duda de aquello que procede de su espíritu. Busca una correspondencia entre orden y reconocimiento mediante su espíritu. Si algo tiene orden en el mundo mi espíritu podrá reconocerlo pues es también ordenado.

“Para el pensamiento moderno, sólo ese mundo que es <<construido>> por el espíritu merece ser calificado como <<sistema>>”. Un espíritu (un ser humano) que se pone por proyecto (re)construir el mundo desde distintas visiones. Para ellos el mundo es quien se corresponde con un sistema y es tarea del espíritu humano y su pensamiento desentrañarlo. Para Kant dicho “sistema” se corresponde con los principios del entendimiento, es decir, regresa al ámbito del espíritu humano: demostrar la racionalidad del mundo partiendo de la razón del espíritu. ¡Colapso!

¿Es el sentido terreno propicio para el constructivismo?

Entonces, para el constructivismo el ser humano es percibido como resultado de las estructuras, no hay nada que responda a una autonomía. Construcciones sociales, lingüísticas y culturales que, históricamente, se han edificado. Parece estarle hablando críticamente al empeño foucaulteano.

En este mismo orden de ideas, el estructuralismo antepone las estructuras al sujeto, en particular las del lenguaje y de las interacciones sociales. El lenguaje es un código: “una red de diferencias, de oposiciones y de relaciones lógicas”. Si la intención es ser objetivo entonces uno podrá estudiar esas estructuras (“que no tienen nunca nada de natural”) con independencia del sujeto que las habla. Así, el que habla desconoce algo muy objetivo de él (las estructuras) pues ella o él es, “desgraciadamente” (para las intenciones del estructuralismo), muy variable y difícilmente observable.

Así, lo que busca aportar una mirada como la de Claude Lévi-Strauss es: “lanzar una mirada predeterminadamente objetiva sobre realidades que, en principio, no lo son, porque implican «vivencias» individuales”. Incluido en lo anterior, y ahí la crítica de Grondin, el sentido de la vida y del hombre. Se ganaría objetividad mediante estructuras, ese es el fin último.

Según el marxismo, apunta Grondin, “el individuo no es dueño de su destino, pertenece a un orden social del que su conciencia no es más que un reflejo”. Es similar al psicoanálisis cuando éste confía en las “«estructuras» del inconsciente” como revelaciones que un experto (el psicoanalista) saca del inconsciente a la consciencia reflexiva.

De manera que, la confianza en las estructuras justifica la orgullosa autoproclamación —de las distintas disciplinas que a ellas se apegan— de ser llamadas «ciencias».

¿Es factible la «construcción» de un orden de sentido?

Estructura, del verbo latino struo, que significa disponer o arreglar algo. Dos suposiciones, nos dice Grondin: un algo (conjunto de cosas) preexistente (e.g. dispongo los ingredientes del pastel para hacer el pastel) y una intención de quien dispone (hacer un pastel o, tal vez, hay algo llamado ‘pastel’). Las estructuras (como son las propias de la ingeniería civil) son autónomas, se sostienen por sí mismas gracias a la cohesión de sus distintas partes y que perduran por un ensamblaje intencionado.

Lo que el espíritu objetivador termina por “encontrar” en las supuestas estructuras del orden del sentido, los mitos y lo relatos, es aquello mismo que él construyó. Es una “proyección en las cosas” de lo que en “principio y ante todo es una construcción del pensamiento”. No hay un cuestionamiento por parte del constructivismo al afirmar que el mundo no es más que una construcción. Si afirman eso es porque ellos lo han dicho y lo han argumentado mediante la estructuras “«objetivas»” que supuestamente subyacen a todo lo humano, con el precio de hacer a un lado la experiencia subjetiva, es decir, la tuya, la mía y la de otros.

Así, dice Grondin:

“[…] urge recordar que el orden del sentido no tiene en sí nada de «construido», y que lo que importa «deconstruir» en una filosofía del sentido de la vida es quizás, antes que nada, esta idea de una construcción del sentido”.

Entonces…

Recuerda Grondin que la primera acepción de sentido es la de arrastrar, la de dirigirse hacia una dirección. Así, dice, “el viento y la planta brotan y se dirigen ajenos a nuestro deseo, así como también un suspiro nuestro se escapa de un alma humana que no quiere (en el mejor de los casos) ser apresada por una estructura explicativa.”

Es por lo anterior que, para Grondin (siguiendo a Heidegger) “el sentido no tiene nada construido”, no es un algo que “tomo y me pongo”, que “como y digiero”, sino un algo que me sostiene y con lo que (de facto) estoy comprometido. Sentido como: dirección de un movimiento, un significado, una posibilidad de sentir la vida y una “apreciación reflexiva de las cosas”.

Referencia:

Jean Grondin, Del sentido de la vida: un ensayo filosófico, Tr. Jorge Dávila. Barcelona: Herder, 4a reimpresión, 2017.

Por Gilberto Santaolalla

Ciudad de México (1977). Psicoterapeuta con 11 años de práctica. Maestro en Filosofía. Esposo y padre. Entusiasta de la filosofía, la escritura creativa, la carpintería, los oráculos y la fotografía. Aprendiz del fuego.

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