CAMUS (El extranjero, 1942)

“Dejando aparte esas molestias, no me sentía demasiado desgraciado. Todo el problema consistía, una vez más, en matar el tiempo. Terminé por no aburrirme en absoluto desde el momento en que aprendí a recordar. Empezaba a veces a pensar en mi habitación e, imaginariamente, partía de un extremo para volver a él enumerando mentalmente todo lo que se encontraba en mi camino. Al principio, resultaba rápido. Pero cada vez que volvía a empezar, se hacía un poco más largo. Porque me acordaba de cada mueble y, por cada uno de ellos, de cada objeto que había en él, de todos los detalles, y en cuanto a los detalles mismos, de una incrustación, una fisura, un borde mellado, de su color o de su tono. Trataba a la vez de no perder el hilo de mi inventario, de hacer una relación completa. Con tanto éxito que, al cabo de pocas semanas, podía pasar horas tan sólo enumerando lo que había en mi habitación. Así, cuanto más reflexionaba, más cosas desonocidas y olvidadas emergían en mi memoria. Comprendí entonces que un hombre que no hubiese vivido más que un solo día podría, sin dificultad, vivir cien años en una prisión. Tendría suficientes recuerdos para no aburrirse. En cierto modo, era una ventaja”.

Albert Camus, El extranjero, Tr. José Ángel Valente. Madrid: Alianza Editorial, 10a reimpresión, 2004.

Por Gilberto Santaolalla

Ciudad de México (1977). Psicoterapeuta con 11 años de práctica. Maestro en Filosofía. Esposo y padre. Entusiasta de la filosofía, la escritura creativa, la carpintería, los oráculos y la fotografía. Aprendiz del fuego.

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