Breves notas sobre el resentimiento y el rencor

Gerardo Murillo “Dr. Atl” (Erupción del Paricutín, 1943)

Odio y amor

Así como el amor el odio también desea. ¿Qué desea? Hacer daño. La manera en como nos relacionamos con aquello que odiamos exige una acción pues, de lo contrario, en caso de mantener una actitud más bien pasiva entonces estaríamos hablando más de tristeza. El odio demanda el movimiento; ir y destruir el objeto odiado. La tristeza no, nos inmoviliza.

Aquello que odiamos (o amamos) es plétora involuntaria de hipótesis, deseos, acciones, sentimientos y ensoñaciones que nos resultan placenteras por nuestra sed de venganza (de lo favorable en caso del amor). Mientras el amor es pura afirmación del objeto amado el odio es su negación sólo por el hecho de existir; a aquello que odiamos le mostramos nuestra repulsión y asco.

El odio es una ira crónica, es decir, un siempre (e “irremediable”*) sentirse indignado por una situación particular.

Rencor y resentimiento

Hay sutiles diferencias entre odiar y sentir rencor o resentimiento. Parece ser que la duración del sentimiento da una buena idea de qué es lo que experimentamos. El odio es frío y el rencor lo contrario. El rencor es rancio, capa tras capa se acumula en las esquinas obscuras. El rencor es una ira envejecida, que se ha rumiado.

El resentimiento, aunque también guardado en lo profundo del corazón, es ocasionado por una ofensa particular que se recibió en otro tiempo y que uno espera echar en cara al injuriador.

El rencor es una inflamación purulenta. Una hinchazón dolorosa que aguarda el momento para causar el mayor mal posible hasta destruir al contrario. El rencor es rumiar, reiterar el sentimiento en un momento presente que lo atrae y que arde con la misma intensidad con que lo hizo en el pasado. Los males y los daños se pueden sentir ahora como en aquel entonces.

Mihi

“Los hawaianos tienen una interesante concepción de los conflictos interpersonales. Una ofensa, por ejemplo, no fragmenta el grupo social, sino que enreda a los protagonistas en un intercambio cada vez más asfixiante de sentimientos heridos. Llaman hihia a esta escalada de rencor. Agravios llaman a agravios. La única solución para permitir la reanudación de los lazos afectivos y el poderse liberar de ese lazo infernal es cortarlo (‘oki) mediante el perdón (mihi) mutuo, que libera (kala) a cada parte del terrible círculo de viejas injurias y venganzas interminablemente renovadas”. J.A. Marina

(*) Por supuesto que tiene remedio… pero hace falta que uno se lo planteé como un objetivo claro y preceder a trabajar.

Por Gilberto Santaolalla

Ciudad de México (1977). Psicoterapeuta con 11 años de práctica. Maestro en Filosofía. Esposo y padre. Entusiasta de la filosofía, la escritura creativa, la carpintería, los oráculos y la fotografía. Aprendiz del fuego.

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