Berkeley y la existencia del mundo

Berkeley y la existencia del mundo

Berkeley y la existencia del mundo

Precursor del idealismo subjetivo, Berkeley establece que el mundo físico existe sólo en la experiencias que las mentes tienen de él. En otras palabras, la realidad es enteramente mental o panpsiquísmo (existen mentes en todo). A diferencia de Leibniz y Spinoza, el idealismo de Berkeley restringe la presencia de mentes a los humanos, Dios, animales y a cualquier otro espíritu que comúnmente pueda ser pensado como “que es”, mientras que todo aquello que es no-mental existe sólo como una característica de la experiencia de lo mental. Berkeley rechazaba la idea de intuición, es decir, el conocimiento inmediato de la existencia.

Algunos antecedentes de la época. A inicios del silgo XVIII la mayoría de los filósofos eran atomistas, es decir, creían que el cuerpo estaba hecho de pequeñas partículas que sólo poseían cualidades primarias y no secundarias. Descartes rechazaba el atomismo y, aunque estaba de acuerdo en que los cuerpos poseían cualidades primarias (tamaño, forma, movimiento e impenetrabilidad), descartaba que poseyeran color, sonido, sabor, dureza y olor (las cualidades dependientes de los sentidos). El mundo de las sensaciones era para Descartes diferente del mundo real que la ciencia descubría, pues no sólo tenían diferentes cualidades sino estaban en diferentes reinos. De aquello que podemos darnos cuenta es de la idea que surge en nuestra mente, de algo que vemos externo a nosotros, no de la cosa externa en sí (del mundo externo). Locke, por su parte, adoptó el término ‘idea’ para todos los objetos mentales, indicando su determinación para asimilar lo intelectual y lo sensorial, y hacer del modelo sensorial el modelo de ambos. Descartes sugiere que la experiencia del mundo podría ser producto del genio maligno para dramatizar la posibilidad de que no exista mundo externo. El materialismo y el ateísmo surgieron como dos nuevas amenazas en la época. La relación del mundo físico con el mundo inmaterial (el alma) se volvió un problema.

Si nos remitimos al sentido común, nos podemos dar cuenta que estamos conscientes de los objetos físico a nuestro alrededor y que los objetos físicos son independientes de nosotros y existen fuera de nuestra mente. Querer mantener la idea que tenemos en nuestras mentes sobre cómo es el mundo y no considerar el mundo externo, resulta un riesgo grande. Locke abandonó el realismo ingenuo ‘de uno mismo’ por el realismo representativo.

Propuesta Berkeley [1]

Berkeley pensaba que estamos directamente al tanto del mundo físico en sí mismo mientras que aceptamos que de lo que estamos conscientes deben de ser ideas que son dependientes de la mente, concluyendo que el mundo físico consiste esencialmente de ideas en nuestras mentes, resumiéndolo en la aceveración esse is percipi, es decir, «ser es ser percibido o percibir». De manera que Berkeley abandonó el principio de la independencia de la mente del mundo físico. Para él, la independencia de la mente respecto de los objetos no es absoluta sino relativa. Un objeto físico, a diferencia de una fantasía o alucinación, no depende de la percepción de alguien y, por lo tanto, es independiente de la mente.

Sin embargo, niega que algo exista afuera de todas las mentes puestas juntas, y dice:

 “… el mundo, no tienen ninguna subsistencia sin una mente; que su ser es ser percibidos o conocidos; que, por consiguiente, mientras no son actualmente percibidos por mí, o no existen en mi mente ni en de algún otro espíritu creado, entonces, o bien no tienen existencia en absoluto, o bien subsisten en la mente de algún otro Espíritu eterno…”[2].

Entonces, el mundo físico consiste para Berkeley en una serie de patrones de experiencia que están disponibles para todos. De manera que la independencia de la mente metafísica no es necesaria para garantizar la objetividad, y dice al respecto Berkeley que:

 “[…]todo lo que es real y substancial en la naturaleza desaparece del mundo, y su lugar es ocupado por una trama quimérica de ideas. Todas las cosas que existen, existen sólo en la mente, es decir, son puramente nocionales […] Todo lo que vemos, sentimos, oímos o concebimos o entendemos de cualquier modo, permanece tan seguro como siempre, y es tan real como siempre […] hemos mostrado lo que se entiende por cosa real, en oposición a quimeras, o ideas formadas por nosotros; sin embargo, ambas existen igualmente en la mente, y en ese sentido son igualmente ideas”[3].

El idealismo de Berkeley establece que no hay nada hacia el mundo físico excepto nuestra experiencia y patrones. Además, para él, este ordenamiento de la experiencia es sostenido directamente por Dios.

Entonces, se puede resumir su argumento en: 1) Todo conocimiento viene de la percepción ► 2) Lo que percibimos son ideas, no cosas por sí mismas ► 3) Una cosa por sí misma debe recaer fuera de la experiencia ► 4) De manera que el mundo sólo consiste de ideas y mentes que perciben esas ideas ► 5) Una cosa sólo existe si percibe o es percibida.

Para Berkeley, a diferencia de Descartes, no existe tal cosa como “causa física”, pues no hay tal mundo físico por detrás del mundo de las ideas que esté siendo causa de todas las ideas. El único tipo de causa en el mundo es la causa volitiva que es el ejercicio de la voluntad. Otra objeción que hace es sobre la ideas como entidades mentales y su no poder parecerse a entidades físicas, ya que los dos tipos de cosas tienen propiedades totalmente distintas. La idea de un barco no puede parecerse al barco mismo, no es lo mismo una pintura de un barco -que es igualmente algo físico-, a la idea del barco que es mental.

Entonces…

Si las cosas que no percibimos existen hasta que alguien las percibe, ¿qué sucede si nadie entra en una habitación con cosas diversas y la cierra durante 200 años, las cosas dejan de existir? Berkeley cree que las cosas no dejan de ser percibidas pues, aunque ningún humano las perciba aun está Dios para salir al ‘quite’, y lo expresa así:

 “… el mundo, no tienen ninguna subsistencia sin una mente; que su ser es ser percibidos o conocidos; que, por consiguiente, mientras no son actualmente percibidos por mí, o no existen en mi mente ni en de algún otro espíritu creado, entonces, o bien no tienen existencia en absoluto, o bien subsisten en la mente de algún otro Espíritu eterno…”[4].

 Su teoría, entonces, depende de la existencia de Dios, de un tipo de Dios particular, uno que está constantemente involucrado en el mundo, por cada cosa que el hombre hace y deja de hacer. Entonces, como veíamos en el apartado anterior, sólo la voluntad es causa de todas las ideas, por lo que ese Dios está al tanto también de nuestra voluntad, por lo que no soy libre de mi experiencia del mundo, sino que es Dios el que, al controlar mi voluntad, la direcciona hacia las ideas que Él quiere.

El mundo entonces se me presenta como es, me guste o no. Por lo tanto, los actos volitivos no me pertenece, le pertenecen a Dios. De manera que Dios no sólo nos crea como humanos que perciben, sino que también es la causa y constante generador de todas nuestras percepciones. Entonces ¿por qué es que en ocasiones percibimos erróneamente el mundo? ¿Acaso Dios nos quiere engañar?

Referencias:

  • George Berkeley, Tratado sobre los principios del conocimiento humano, Tr. Concha Cogolludo Mansilla. Madrid: Gredos, 1a reimpresión, 1990.
  • George Berkeley, Principles of Human Knowledge and Three Dialogues, ed. Howard Robinson. Oxford: Oxford University Press, 1a edición, 1996. Pp. ix –  xxxvii
  • George Berkeley, Dios, Tr. José Luis Fernández-Rodríguez. Pamplona: Universidad de Navarra, 1ª edición, 1999. Pp. 6-25

[1] Algunas citas, obtenidas de G. Berkeley (1990), son las siguientes: “Pero mi poder de concebir o imaginar no se extiende más allá de la posibilidad de existencia real o percepción. De la misma manera que es imposible que vea o sienta algo sin una sensación actual de esa cosa, es igualmente imposible que conciba en mis pensamientos ninguna cosa sensible u objeto, distinto de la sensación o percepción de él”. “[…] es imposible que ningún color o extensión o cualesquiera otras cualidades sensibles existan en un sujeto no pensante con independencia de la mente, o, en verdad, que exista un cosa tal como un objeto exterior”. “Pero, cualquier que sea el poder que yo pueda tener sobre mis propios pensamientos, encuentro que las ideas percibidas actualmente por los sentidos no tienen una dependencia semejante de mi voluntad. Cuando a plena luz del día abro los ojos, no está en mi poder elegir entre ver o no, o determinar qué objetos concretos se presentarán ante mi vista […] Existe, por tanto, alguna otra voluntad o espíritu que los produce”. “[…] el sol que veo de día es el sol real, y el que imagino de noche es la idea del primero”.
[2]G. Berkeley (1990), p. 55
[3]idem, p. 72
[4]idem, p. 55

Por Gilberto Santaolalla

Ciudad de México (1977). Psicoterapeuta con 11 años de práctica. Maestro en Filosofía. Esposo y padre. Entusiasta de la filosofía, la escritura creativa, la carpintería, los oráculos y la fotografía. Aprendiz del fuego.

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