Nuestra enfermedad: rendimiento

sn (sa), Jean Michel Basquiat

Nuestra enfermedad: rendimiento

¿Cómo describir la enfermedad? Para Sáez Rueda, “[s]i la vida es potencia, la enfermedad es la vida como im-potencia”[1], de manera que esta “no es lo contrario de la salud […], sino la vida aconteciendo en su impropiedad […] una ficcionalización de sí[2]. Esto ocasiona que vivamos en un como si, es decir, en un engaño hacia nosotros, donde lo que posibilita que fingamos es nuestra elección de la impropiedad.

Como puede corroborarse en los primeros capítulos de Ser y Tiempo, que el Dasein esté entregado a sí mismo y a su poder ser, caracterizan su condición de arrojado: puesto en un “mundo” que ya es antes que él y con otros que están también ahí. Así, inmediata y regularmente el Dasein no se es propio sino está más en lo uno, lo que Heidegger caracteriza como una situación de impropiedad. Lo uno hace referencia a las maneras públicas y medianas (ambiguas) que el Dasein puede cuestionar o no. Si llegase a dudar el hombre (reducción del concepto Dasein) podría comprender por las maneras en que ve y aprende en el mundo. “Comprender significa [dice Heidegger] proyectarse hacia un determinada posibilidad del estar-en-el-mundo, es decir, existir como tal posibilidad”.[3] Así, pienso que la impropiedad (el estar enfermos) implica un no comprender que se es finito, condición paradójica que el Dasein requiere asir para tomar la senda de lo que le es propio. Al alejarnos de la consciencia de finitud nos desposeemos de nosotros, nos hacemos intrusos de nosotros mismos, ampliando la ajenidad de nuestra “propia identidad”.[4]

Entonces, estar enfermo es un discurrir por lugares comunes a todos que nos distraen de nuestra condición existencial de finitud, convirtiéndonos en representaciones engañosas que nos alejan de nuestra propiedad.

Exceso de positividad

¿Cómo hemos llegado a enfermar? ¿De qué estamos enfermos? El siglo XX estuvo caracterizado por un paradigma condescendiente con el “discurso inmunológico”[5], el cual procuraba alejar lo que resultase extraño al organismo (al Estado, a la Institución, al individuo). La extrañeza era aquello con lo que se luchaba, sin que interesase su intención. En este sentido, la vacuna era una otredad que, violentándonos, buscaba eliminar lo diferente en nosotros. Una dialéctica negativa, lo llaman algunos autores.

Sin embargo, en el siglo XXI la categoría de otredad se cambia por diferencia, estado que no genera enfermedad a los organismos pues lo que se hospeda en ellos es idéntico al huésped. Es decir, mientras lo otro generaba rechazo por respetar lo extraño, ahora lo idéntico permanece inalterable por no provocar una reacción inmunitaria violenta. Así, para el filósofo Byung-Chul Han “vivimos en un tiempo pobre de negatividad”[6], pues la acción de inmunidad sólo es posible en la negatividad de la negatividad, es decir, en la anulación de lo que busca eliminarnos: lo extraño.

Las enfermedades características del siglo XXI ya no son bacterianas ni virales (otredades), sino neurológica (mismidades), dolencias que no son propiamente infecciosas sino originadas “por un exceso de positividad[7]: una saturación de lo mismo. En este sentido, las enfermedades neuronales siguen una dialéctica positiva pues se originan como violencia de lo mismo que suma en nosotros, que acumula sin límite aparente. A esta violencia le corresponde una ausencia de cualquier acción inmunológica pues, al estar acosumbrados a más de lo mismo, el hombre se acostumbra a que nada extraño le invade, nada diferente invade su consciencia. Nos inmunizamos ante la novedad.[8]

Irónicamente “la violencia de la positividad no presupone ninguna enemistad”[9], incluso le abrimos la puerta, se acepta sin interrogatorios, se vuelve inclusive invisible, de manera que “la violencia neuronal […] se sustrae de toda óptica inmunológica, porque carece de negatividad”.[10] De la violencia de la positividad no nos damos cuenta pues, al no quitarnos —la salud, el bienestar, la comodidad— pasa desapercibida, se instala en nosotros, se acumula y nos satura. No erradica lo incompatible, sino que agota todo por exceso y debilitamiento.

La nuestra no es más una sociedad disciplinaria (en tónica foucaultiana) inmersa en la prohibición, el control, la obligación y el deber, sino de rendimiento, con proyectos, iniciativas y motivaciones. No es una sociedad que se caracteriza por disminuir al sujeto mediante la negatividad del deber, sino por facilitar mediante el verbo poder: «vive sin límites», «tus posibilidades son infinitas», «explota tu capacidad», «libera tu potencial», y un gran etcétera. Hemos cambiado la idea de ser sujetos sometidos por ser proyectos libres que se reinventan constantemente.

Libertad… para el rendimiento

La proyección requiere de la sensación de libertad. Para Han el hombre proyecto ya no responde a formas de coacción externas —se cree liberado de ellas— pero no se percata que sigue sometido… pero ¿a qué? A sí mismo, al rendimiento y a la optimización de sí mismo. El sujeto de rendimiento es “un emprendedor de sí mismo”.[11]

La sociedad disciplinar se sometía al no y su control sobre lo que podía y no hacerse; esta negatividad propiciaba dementes y criminales. Ahora, la sociedad del rendimiento, con su exceso de positividad, favorece “depresivos y fracasados”.[12] La sociedad del rendimiento con su positividad del poder “es mucho más eficiente que la negatividad del deber”[13], dice Byung-Chul Han. Es un poder que antes transitaba por el deber. Ahora la obligación ha sido sustituida por la iniciativa personal.

Así, los quiebres psíquicos no sólo encuentran razón en la falta de vínculos afectivos —como imperativos a la pertenencia— sino en mayor medida por la propia demanda que se autoimpone el sujeto de rendimiento. En este sentido, no son los proyectos, iniciativas y motivaciones los que causan nuestros quiebres psíquicos, sino el mandato que nos imponemos nosotros mismos de rendir.

Enfermos por debilitamiento

El debilitamiento se da en el momento en que el sujeto de rendimiento “no puede poder más”.[14] Sin embargo, nos aleccionamos que no se puede no poder más dentro del marco de una sociedad que grita que nada es imposible. El sujeto se deprime y al mismo tiempo se reprocha no poder poder más. Es el esclavo absoluto, amo de sí mismo, exceso de trabajo que no lo libera sino todo lo contrario: lo hace más esclavo. Lucha contra sí mismo (pues para la sociedad neoliberal[15] del rendimiento el sujeto es el único responsable de sí mismo) y adolece más. El sujeto de rendimiento está obligado a ser libre, obligado por sí mismo. De manera que “el exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación […] mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad”.[16] Es una libertad paradójica pues juez y parte son el mismo: libre para obligarse a ser libre.

La prerrogativa del rendimiento es un aleccionamiento autoinflingido en el que el hombre —en busca de su optimización y un «¡hay que estar mejor!»— se somete a todo lo que bajo su convicción interpreta como catalizador en su proceso de optimización, relegando cualquier indicio de negatividad que amenace dicho cumplimiento cuando, la vida humana… para serlo, requiere de una tensión irresoluble entre lo positivo y lo negativo, lo agradable y desagradable, lo lejano y cercano[17], opuestos que en otro momento se encontraron unidos. El ímpetu de curación del sujeto neoliberal termina en un asesinato de lo humano.[18]

Referencias:

[1] “Enfermedades de occidente: Patologías actuales del vacío desde el nexo entre filosofía y psicopatología” en Occidente enfermo: Filosofía y patologías de civilización, Luis Sáez, Pablo Pérez Espigares, Inmaculada Hoyos (eds.). Granada: Universidad de Granada, 2011. p.76.

[2] Idem.

[3] Martin Heidegger, Ser y tiempo, Tr. Jorge Eduardo Rivera C. Madrid: Trotta, 1ª reimpresión, 2014. §75.

[4] Jean-Luc Nancy, El intruso, Tr. Margarita Martínez. Bueno Aires: Amorrortu, 1ª edición, 2006. p. 37.

[5] Idem.

[6] Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, Tr. Arantzazu Saratxaga Arregi. Barcelona: Herder, 1ª edición, 2012. p.17.

[7] Ibid., p.12.

[9] Ibid., p.20.

[10] Ibid., p.23.

[11] Ibid., p.25.

[12] Ibid., p.27.

[13] Idem.

[14] Ibid., p.31.

[15] En opinión de Han y sobre el tema del Capital, el neoliberalismo se aprovecha de la libertad individual, explotando eficientemente al sujeto, es decir, sin forzarlo, y con esto asegura la reproducción del capital.

[16] Ibid., p.32.

[18] Byung-Chul Han, Psicopolítica, Tr. Alfredo Bergés. Barcelona: Herder, 1ª edición, 2014. p. 51.

Gilberto Santaolalla

Autor: Gilberto Santaolalla

Psicoterapeuta