Nietzsche y su crítica al lenguaje

Untitled (sin año), Jackson Pollock
Untitled (sin año), Jackson Pollock

Nietzsche y su crítica al lenguaje

La cultura se construye relacionalmente en la vacuidad existente entre los hombres, que es llenada por comunicación y comportamiento. Buscamos ordenar lo que no tiene un orden humano al darle un significado. Nos remitimos a reglas compartidas, donde el lenguaje es una de ellas, la más cultural, la más fabricada por el hombre. Una edificación gramatical que busca hacer de todo un asunto inteligible (comunicable para mí y para los otros) sin reparar que el lenguaje peligra de estancamiento y, por lo tanto, de que seamos engañados por él. Bajo este contexto se pregunta Nietzsche si ¿[e]l lenguaje es “la expresión adecuada de todas las realidades”[1]?

El lenguaje es como un instrumento que nos ayuda a resolver los problemas humanos, conflictos que, paradójicamente, se propician a partir de su uso, pues pretende desentrañar “nuestros problemas ontológicos”[2], cuando en realidad ha contribuido a fabricar esos mismos embarazos al “inventa[r] las cosas, su perennidad, su sustancialidad, su “existencia””[3], mientras sólo indagan tangencialmente a la vida.

Para Nietzsche el lenguaje ha influenciado el desarrollo de la cultura occidental[4], pues con él hemos creído adueñarnos del mundo, confundiendo conceptos[5] con verdades eternas en vez de asumir aquellos como juicios que, más que definir, denominan. Para él la lógica del lenguaje no es una correspondencia uno a uno con los hechos, sino el resultado de una relación que tiene el hombre con el mundo. Sugiere que el lenguaje es arbitrario pues indica lo que algo es a partir de atributos que clasifican a los objetos, sin llegar “jamás a la verdad ni a una expresión adecuada”[6], sino es sólo una asignación humana y, por lo tanto, una mirada parcial. Una manifestación que se convierte en un modo consensado de describir el mundo, y de aquí lo que llamemos y compartamos como realidad. De tal suerte que, para Nietzsche, nuestra fe en el lenguaje se ha propagado como un error: la identidad entre lenguaje y cosa a lo largo del tiempo. Al respecto, para Savater, “la ilusión que fomenta el lenguaje es la ilusión ontológica por excelencia, la de la identidad[7], a entender, la identidad entre Ser y logos.

El lenguaje es asunto de los seres humanos, que se expresan mediante el uso de metáforas[8] y que tropiezan necesariamente con las palabras en su intento de conocer.[9]  Así, mediante el engaño de identificar el Ser con el logos, propiciamos un conocer por conocer sin que éste sea para la vida. Una interpretación acomodaticia del hombre, discriminante de los cuestionamientos incómodos al hacer de la vida una elección angosta de conocimientos estrechos.

Como sociedad requerimos de un lenguaje (aunque sea arbitrario) con el que podamos comunicarnos, aunque, en crítica de Nietzsche, las palabras que utilizamos traen ya una carga de censura de costumbre.[10] Al utilizar un lenguaje una y otra vez mantenemos aquel impulso platónico (y también cristiano) hacia la verdad. En este sentido, dice da Jandra, “[l]a duda es indisociable de la condición pervertidora de la palabra; la duda y la palabra son resultado de la misma deficiencia: la imposibilidad racional de alcanzar la verdad”.[11] Nos hemos aferrado a una verdad acomodaticia que nos conserva, de la que desnatamos (mediante el lenguaje) las incomodidades de la vida, haciéndonos estrechos.

Las cosas son sin la necesidad de nuestro señalamiento. Apartarse momentáneamente del uso corriente del lenguaje y saber que es sólo una construcción cultural podría aligerarnos del peso valorativo y sentimental de él. También, deconstruir los pronunciamientos de verdad que le hemos adjudicado, sobre todo históricamente. Quiero decir con esto que el lenguaje no sólo trae consigo una carga moral sino también un lastre histórico, es decir, fijamos nuestra identidad mediante palabras que permanecen inmutables a lo largo del tiempo pues empoderamos al lenguaje como reflejo fiel de nuestra identidad. El lenguaje y su poder metafórico no deben de ser confundido con la verdad pues no todo puede ser dicho con palabras.

Referencias:

  • [1] Friedrich Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, Tr. Joan B. Linares. Madrid: Gredos, 1ª edición, 2011. pp. 187-201. p. 191
  • [2] Fernando Savater, Nietzsche. México: Aquesta Terra, 1ª edición, 1993. p.71
  • [3] Idem.
  • [4] Friedrich Nietzsche, Humano, demasiado humano, Tr. Alfredo Brotons. Madrid: Akal, 3ª reimpresión, 2013. §11.
  • [5] Los conceptos se forman al hacer a un lado las vivencias individualidades que acompañan a las palabras. Así, la palabra estrella puede tener muchas connotaciones afectivas que dependen de quien la utiliza (pronuncia), que es diferente al concepto de estrella. Bajo el concepto todo es igual, no hay distinciones: surge la “representación”. (Cfr. SVMSE, p.193) Con esto Nietzsche critica la idea platónica de representación, que tiene como modo de operar hacer a un lado las muestras que provee la naturaleza para decir que una hoja puede ser así o asado, pues lo que es una «hoja» es inalcanzable para los nosotros los seres humanos, de manera que todas las hojas encuentran un solo referente: «hoja», donde “la hoja es causa de las hojas” (Cfr. SVMSE, p.193), una especie de forma primordial que sirve de referencia para las demás hojas.
  • [6] Ibid., p.192
  • [7] Savater, p.73
  • [8] Para Nietzsche la aprehensión de la realidad sólo puede hacerse mediante una interpretación prelógica (estética) donde ilusiones y sueños juegan un papel fundamental, pues se va por sobre las cosas, como en un tanteo. La realidad entonces es aprehendida por medio del conjunto de sensaciones que convergen en la noción de metáfora. Las metáforas son, para Nietzsche, “[…] un bien prestado que se toma de otro, porque uno no lo posee en sí mismo” Cfr. ER, p.106) o “[…] una prueba del poder del espíritu para saltar por encima de lo que se tiene a los pies y agarrarse a lo que está distante” (Cfr. SVMSE, p.198) con el riesgo de hacer uso excesivo de ellas y convertir nuestro hablar en obscuro y enigmático. Las metáforas son el fermento del intelecto y el lenguaje, donde el primero es un desarrollo humano necesario para conservar la especie, un modo de estar en el mundo que le permite al hombre salvaguardarse en él; y, el segundo, es un aparato “formado por unas cuantas figuras retóricas”. (Cfr. María Eugenia Piñero, “Dioniso en sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Lo dionisíaco en la metáfora como fenómeno prelingüístico”, en Estudios Nietzsche, SEDEN, año 13, num. 13, 2013, pp. 135-147. p.137)
  • [9] Para Nietzsche la matemática, con su propio lenguaje, cae en este mismo error al decir que una recta es recta cuando ninguna recta en el mundo es una recta perfecta. Cfr. HH, §11.
  • [10] Cfr. Friedrich Nietzsche, El Caminante y su sombra, Tr. Alfredo Brotons. Madrid: Biblioteca Nueva, 1ª edición, 2000. §221. §60
  • [11] Leonardo da Jandra, Filosofía para desencantados. Girona: Atalanta, 1ª edición, 2014. p. 25
Gilberto Santaolalla

Autor: Gilberto Santaolalla

Psicoterapeuta