Lo paradójico

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“El precio que debe pagarse para desarrollar percepciones que permitan mantener el contacto con un medio dinámico es la ilusión”.

Lo paradójico

Lo paradójico suele referirse a aquellos hechos que “resultan contrarios a las expectativas razonables”[1]. Es aquello que sucede contrario a lo que se opina que debería de suceder, es decir, al sentido común. Las paradojas son consideradas el fermento de la filosofía, el punto de partida para la reflexión. Son para Sorensen, “preguntas […] que nos dejan suspendidos con demasiadas buenas respuestas”[2].

Contrario a los enigmas, las paradojas suelen ser claras en cuanto a su significado (“Qué fue primero, el huevo o la gallina”), ahorrándose las metáforas y ambigüedades de los enigmas, pues las paradojas brindan demasiadas buenas respuestas a la persona que busca resolverla. Nos vayamos por la gallina o el huevo, tendremos principios aparentemente forzosos (“toda gallina viene de un huevo” o “todo huevo viene de una gallina”) para argumentar la validez de nuestra respuesta.

¿Qué solemos hacer ante las paradojas? Buscamos más evidencias pues las que tenemos suelen ser contradictorias entre sí o endebles a los cuestionamientos. También traemos testigos adicionales, nuevos cálculos y mediciones, aminorando la ambivalencia de nuestra respuesta.

Y sin embargo las paradojas son persistentes… Siempre que parece que hemos resuelto la paradoja alguien más vendrá a plantear un contradesarrollo que desestabiliza la aparente conclusión, para lograr nuevamente la simetría de fuerzas iguales o, de argumentos igualmente válidos.

¿Qué hacer con la contradicción a la que somos arrojados por el pensamiento paradójico? Heráclito dirá que aceptarla, que están ahí, en el mundo; Hegel y Marx, siguen la misma línea. Otros dicen que la inconsistencia se debe a “la confianza en nuestros sentidos”[3], línea que encuentra su origen en la totalidad uniforme de Parménides, quien considera que la multiplicidad es sólo apariencia, es unidad. Demócrito, por su parte, concebía un universo cambiante de objetos complejos constituidos por átomos inmutables e indivisibles que se mueven en el vacío. Para los racionalistas, las paradojas son consecuencia de una falta de explicaciones previas a encontrarnos con una. Para los empiristas, las paradojas son resultado de un exceso de información.

Independientemente de lo anterior, “[q]uien formula la paradoja no necesita encubrir su significado bajo ambigüedades y metáforas. Puede permitirse ser claro porque el enigma funciona debido a que da la posibilidad de demasiadas respuestas buenas al que debe resolverlo”[4].  Por lo anterior, es recomendable formular la paradoja. Una buena respuesta a ellas podría sostenerse en lo que uno ve o en el sentido común. Sin embargo, también, “para poder resolverse, una paradoja debe tener un elemento cognitivo”[5].

Referencias:

  • [1] Luis Vega Reñón y Paula Olmos Gómez, Compendio de lógica, argumentación y retórica. Madrid: Trotta, 1ª edición, 2011. p. 442
  • [2] Roy Sorensen, Breve historia de la paradoja: La filosofía y los laberintos de la mente, Tr. Alberto E. Álvarez y Rocío Orsi. Barcelona: Tusquet, 1ª edición, 2007, p. 13
  • [3] Sorensen, p. 14
  • [4] Sorensen, p. 19
  • [5] Sorensen, p. 23
Gilberto Santaolalla

Autor: Gilberto Santaolalla

Psicoterapeuta